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Todos contra todos

Estamos huérfanos de un asidero común con el que emprender un proyecto colectivo

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, durante la sesión de control al Gobierno en el Congreso, el pasado
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, durante la sesión de control al Gobierno en el Congreso, el pasado

Los dos elementos más corrosivos para las democracias son las políticas identitarias y el sectarismo partidista. Unas, porque quiebran el demosen nombre de políticas redentoras de uno o varios grupos; el otro, porque es incapaz de ver más allá de lo que en cada momento convenga al partido.

Lo malo es que, como ocurre ahora mismo en España, a veces vienen juntos: las guerras de banderas, lenguas o identidades se suman a las disputas partidistas. Y a estos efectos de poco sirve decir que la culpa es de uno u otro. Lo que importa es el resultado. A la vista está. La derecha compitiendo por ver quién de los dos partidos es más españolista; los partidos nacionalistas catalanes con más de lo mismo, pero disputándose la hegemonía en su bloque; y la izquierda... Bueno, la izquierda silenciada porque piensa que si se mete en ese charco no tiene nada que ganar, pero apelando no obstante a otras identidades en las que se siente más cómoda: la clase, lo local, la mujer (aunque esto último debería ser de todos). Lo común, el interés general, la cohesión de la pluralidad y diversidad del país no tiene quien la represente.

Ya ni siquiera se habla de reforma constitucional porque la cultura de pacto interfiere en las luchas agonísticas. La obsesión es el sorpasso, vencer al otro, aunque todos perdamos. Porque todos estamos perdiendo. El conflicto catalán se dirime en los tribunales, no en la política. El impacto demoscópico importa más que el Parlamento o la gobernabilidad. Estamos en una legislatura moribunda que sin embargo nadie quiere liquidar. Pero, eso sí, cargada de retórica, emocionalidad virulenta, antagonismo primario y grandes dosis de surrealismo —Puigdemont en Bruselas, Anna Gabriel en Suiza, Marta Sánchez y el himno—. La teatrocracia ha vencido a la política, el espectáculo a la acción, el enmarque y la descalificación gratuita a la argumentación.

Es como si hubiéramos desaprendido el arte de colaborar unos con otros, el presupuesto de toda política con sentido. Nos salva que las sociedades complejas funcionan casi con piloto automático. Pero eso no es política, es administración. Estamos huérfanos de un nosotros, de un principio vertebrador, un asidero común a partir del cual emprender un proyecto colectivo. Cada cual se orienta a partir de algún otro visto siempre como adversario. Y ya lo dice el proverbio ruso, “el alma del otro es una selva oscura”. Nadie se atreve a adentrarse en ella.

Sería ridículo negar que toda política es siempre confrontación. No es malo que así sea. Pero siempre que opere dentro de un marco acordado que regule los desacuerdos. Me temo que eso es lo que ya se ha desvanecido. Sin ese consenso de fondo los actores políticos quedan como meras marionetas descabezadas que emprenden sus disputas a garrotazos. Política sin rumbo ni guión. Sólo el eterno retorno de lo mismo.

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