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En defensa del catalán

Si alguien pretende fraguar una unanimidad en la rebeldía, lo tiene fácil, toque el trigémino de la lengua

El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera.
El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera. EL PAÍS

Al tirar a la basura la placenta del separatismo, cuiden de no eliminar también la criatura catalana por él secuestrado.

Cataluña es el catalán.

No busquen eliminar —en el fragor del pulso contra la secesión— la riqueza económica, cultural y lingüística que aportan los catalanes, su acento europeo, ese talento para emprender y contrapuntear, que a buen seguro sobrevivirá a todas las asechanzas: las propias y las ajenas.

No lo busquen esos del nacionalismo español a los que se les adivina el cuidado por aprovechar la metástasis nacionalista catalana para imponer a don Pelayo, que quién sabe si existió.

Es un consejo de doble anclaje. Primero, porque el esfuerzo inútil conduce a la melancolía. En la defensa, promoción y emoción del idioma catalán están, de una u otra forma, todos: los de socarrel y los charnegos; los de comarcas y los metropolitanos, los federales, los autonomistas y los pluscuamperfectos, además de los soberanistas. Si alguien pretende fraguar una unanimidad en la rebeldía, lo tiene fácil, toque el trigémino de la lengua.

Y segundo, porque la pujante pluralidad lingüística es lo que asimila más a la España real con la Europa de la diversidad real —una riqueza, no una catástrofe— y confiere a España un hecho diferencial respecto a los demás grandes Estados miembros de la Unión.

Cuando algunos, como los de Ciudadanos, pretenden que el catalán no sea un requisito para acceder a la función pública, sino un mero mérito, una asignatura maría, mellan —quizá sin quererlo— el patrimonio cultural español global, no solo el catalán.

Y apuntan un sesgo iliberal en un partido que se proclama liberal: lo decisivo no es el proveedor público de servicios (el funcionario), sino su cliente (el ciudadano); aquel debe estar presto para servir a este en todos los idiomas oficiales.

Cuando otros —como el Gobierno— exploran normas sobre la enseñanza que pudieran quebrar el equilibrio escolar, fracturar en dos la sociedad (catalanes antiguos bienestantes, plurilingües; los más precarios procedentes de la inmigración, solo monolingües) y abrir paso a una guerra incivil, toda llamada a la prudencia será poca. El sistema podrá y deberá mejorarse. Pero la pasión por el catalán no se toca.

 

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