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“A mí no me va a pasar nada”: la osadía juvenil frente a la educación sexual

El desarrollo neurológico de los adolescentes hace que se comporten de una manera más impulsiva que racional

“A mí no me va a pasar nada”: la osadía juvenil frente a la educación sexual

Cuando una mujer se queda embarazada su vida cambia radicalmente. Si se trata de una adolescente, las consecuencias son mucho mayores. La educación queda en entredicho, las posibilidades de trabajar en el futuro se ven mermadas, y las relaciones sociales y familiares pasan a otra dimensión. Si ese embarazo se produce, además, en un país en vías de desarrollo, lo más probable es que la joven quede más expuesta a la pobreza.

El despertar de la sexualidad es un componente crucial de la adolescencia, tanto por las manifestaciones biológicas y los cambios hormonales que los jóvenes experimentan, como por el deseo de afirmar su identidad y su lugar en el ámbito social. Por todo ello es fundamental que los jóvenes experimenten de manera segura tanto afectiva como sexualmente.

A veces se afirma que los adolescentes son temerarios porque confían exageradamente en su invulnerabilidad. Jess P. Shatkin, psiquiatra de la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York y padre de dos adolescentes, sostiene que a esa edad las decisiones obedecen más a un comportamiento impulsivo que a la razón debido a desequilibrios en el desarrollo neurológico. Por lo tanto, es inútil prevenir el riesgo infundiendo temor o castigando, la clave está en el apoyo y la empatía. Muchos adolescentes piensan que ellos saldrán indemnes de los riesgos que toman o, incluso, ni siquiera son conscientes de estar asumiendo riesgo alguno.

Las actitudes, preferencias y prácticas de los adolescentes son claves para evitar resultados indeseados en su vida sexual como embarazos e infecciones de transmisión sexual. Sin embargo, esto no depende únicamente de decisiones personales. Los jóvenes, en especial, las niñas y adolescentes, son muy vulnerables a la violencia sexual y de género. Los abusos, la explotación y los entornos culturales que toleran la iniciación sexual temprana o el matrimonio precoz incrementan los riesgos. De igual forma, la ausencia de educación sexual en los colegios o la falta de acceso a métodos anticonceptivos condicionan la libertad de decisión de los adolescentes, en particular de las mujeres.

América Latina y el Caribe es la segunda región del mundo con las tasas más altas de embarazos en mujeres menores de 18 años. Para atajar esta realidad, se han puesto en marcha múltiples iniciativas que parecen confirmar el planteamiento de Shatkin que sugiere que los programas que más contribuyen a la mejora de la salud sexual y reproductiva adolescente combinan la difusión de información útil, el desarrollo de las habilidades socioemocionales de los adolescentes y el acceso a métodos de cuidado, tanto en las escuelas como en las clínicas de salud.

La empatía, y no la prohibición, es la forma de abordar conductas arriesgadas, especialmente si afectan a su sexualidad

Hay que aplicar estrategias bien definidas que puedan contribuir a que los adolescentes adopten conductas sexuales y reproductivas seguras en las que hagan uso sistemático de métodos anticonceptivos, se abstengan de consumir alcohol o lo hagan de manera moderada para no exponerse a relaciones sin protección o mantenidas sin consentimiento y busquen asesoramiento cualificado para la prevención y protección.

Esta tarea es un desafío para todos los países, no solo los de menores ingresos. Costa Rica, por ejemplo, a pesar de gozar de un alto nivel de desarrollo humano presenta una tasa de fertilidad de 56 hijos por cada 1000 mujeres con edades comprendidas entre los 15 y los 19 años, datos muy por encima de los índices de la OCDE, las economías más desarrolladas del planeta. Por ello, desde 2014 la Iniciativa Salud Mesoamérica, financiada por el Banco Interamericano de Desarrollo con el apoyo de otras instituciones, trabaja en la prevención del embarazo adolescente en este país centroamericano.

Los nuevos protocolos de atención en este programa se alejan de la prohibición o la intimidación. Trabajan con adolescentes y proveedores de servicios para lograr una mayor aceptación y un uso continuado de métodos modernos de anticoncepción de larga duración. El secreto para llegar a los 43.000 adolescentes que ya han sido atendidos ha sido la cercanía de los profesionales para compartir información con ellos, ayudándoles a discriminar entre prácticas de riesgo y seguras y, sobre todo, subrayando la importancia de la salud y el autocuidado.

No se trata de criar jóvenes temerosos, pero sí de ampliar la idea juvenil de “a mí no me va a pasar” por la de “a mí también me podría pasar”.

*Patricia Jara, especialista en de la división de Salud y Protección Social del Banco Interamericano de Desarrollo.

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