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Que nada cambie, para que todo pueda cambiar realmente

Podemos parece haber llegado "para que nada cambie" con el objeto de que en algún momento súbitamente todo cambie realmente

El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, al finalizar la reunión del Consejo Ciudadano de Podemos, en Madrid, el pasado 13 de enero.
El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, al finalizar la reunión del Consejo Ciudadano de Podemos, en Madrid, el pasado 13 de enero. EFE

Giuseppe Tomasi, duque de Palma y príncipe de Lampedusa, es uno de esos extraños genios a los que ha bastado publicar una sola obra para pasar a la historia: El Gatopardo. En realidad, le bastó una frase: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. En esa frase se condensa la vocación del conservadurismo inteligente por encauzar cambios inevitables de modo que no arrastren consigo estructuras de poder que aspiran a la permanencia. Un cambio lampedusiano es aquél que anticipa el curso de los acontecimientos, y desactiva su potencial subversivo. Frente a la torpeza y la soberbia de los conservadores apolillados, aferrados a un mundo que se desvanece, los astutos lampedusianos están dispuestos a travestirse para que todo siga igual.

La izquierda se ha mostrado siempre suspicaz ante los cambios lampedusianos, y ha temido que sus vanguardias políticas terminaran infiltradas por agentes conservadores disfrazados de reformistas entusiastas. Esa suspicacia ha provocado que algunos caigan en una dinámica perversa. Parafraseando al genio siciliano podría formularse de la manera siguiente: “que nada cambie, para que todo pueda cambiar realmente”. Y subrayo, realmente.

El listón del cambio debe elevarse tanto que en el proceso no encuentren acomodo lampedusianos que malogren un proceso de verdadera transformación. No basta reformar, hay que romper y constituir. Aprovechar procedimientos reglados o incluso resquicios institucionales para cambiar pequeñas cosas que mejoren la vida de las personas es, desde este punto de vista, contraproductivo. Y sospechoso. La posibilidad de que siniestros lampedusianos se hagan con las riendas y condenen el proceso a la irrelevancia es, a su juicio, muy elevada. Aliarse con lampedusianos para propiciar cambios está descartado. También hacerlo con los que se alíen con lampedusianos, y con los aliados de los aliados de los lampedusiados, y así ad infinitum. Mejor quedarse como estamos. Contra la Casta (¿qué digo? La Trama) vivimos mejor.

En los últimos años los Podemos/Izquierda Unida/Comunes, y hasta once partidos más que componen Unidos Podemos, parecen haber llegado para “que nada cambie" con el objeto de que en algún momento, indeterminado pero indubitable, que todos sienten cercano pero es imposible calendarizar, súbitamente todo cambie realmente.

Mientras tanto ya van a cumplir cuatro añitos, y en los últimos dos han posibilitado un gobierno del PP, malogrando la investidura de un candidato socialdemócrata. Han bloqueado la posibilidad de que un presidente no independentista del Parlament pudiera hacer de contrapeso a un Gobierno independentista encabezado por un President o Presidenta conservador/a. Han expulsado al PSC del Gobierno del Ayuntamiento de Barcelona, desde el cuál se impulsaban políticas progresistas que cambiaban incrementalmente el bienestar de las personas, bajo el pretexto de que eran cómplices en la aplicación del 155, arrojándose a cambio en brazos de quienes ofertan construir un simulacro de república. Política pirotécnica, futil, que quizás colma anhelos expresivos de un electorado deseoso de consumir espectáculos virtuales, pero que dudosamente nos trae cambios reales.

Triste ironía. A pesar de sus orígenes nobles y adinerados, el príncipe de Lampedusa murió en la cama, sin que El Gatopardo encontrara editor. Póstumamente, fue un éxito.

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