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Final de subasta

Las encuestas auguran un escenario donde ninguna fuerza podrá formar gobierno en Cataluña

El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, interviene por videoconferencia desde Bruselas durante el acto electoral.
El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, interviene por videoconferencia desde Bruselas durante el acto electoral. EFE

El peor escenario para el independentismo es el que dibuja la encuesta que hoy publicamos. Pilar Rahola, periodista de cabecera del procés, lo contó ayer en su columna diaria de La Vanguardia: si JxCat y ERC no tienen mayoría absoluta, C's es el primer partido, y el parlamento se instala en la inestabilidad, el artículo 155 habrá recibido un doble aval (uno por la victoria del partido antinacionalista por excelencia y otro por la derrota del independentismo). Será la muerte pelona del procés y se abre “un magro horizonte para los presos catalanes”.

Aunque es ante todo un desastre para el independentismo, sus efectos van más allá. Una Cataluña sin gobierno significa dos cosas, ambas malas: que las urnas no dan una señal de normalización, de forma que no regresan las empresas y las inversiones, no se restablece el diálogo y la convivencia y no se puede volver todavía a gobernar, después de cinco años vacíos; y que el 155 no tan solo sigue vigente, sino que será objeto de controversia sobre una eventual aplicación más severa y más larga.

La encuesta no permite ni siquiera atisbar una mayoría capaz de buscar una cierta estabilidad y el regreso a la normalidad estatutaria y constitucional. La más coherente, la suma constitucionalista (PSC, C's y PP), queda corta con sus 62 diputados. Una improbable suma de izquierdas, que exigiría rectificaciones drásticas (ERC, CeC-Podem y PSC), no da más que 64 diputados. Y una suma imposible de sumandos incompatibles (CeC-Podem, PSC y C's) también quedaría corta con 67 diputados. Solo habría investidura con los votos o la abstención de una cuarta fuerza, todavía más incompatible en los tres casos.

En los días que restan todavía caben movimientos y acontecimientos que perturben las tendencias, pero ya no hay duda de que Cataluña se dirige a un cambio de época, aunque no sabemos si va a culminar ahora o en una segunda cita electoral.

El dibujo de una alternativa al nacionalismo está cada vez más perfilado. El nacionalismo está dividido por una pugna histórica interna por la hegemonía entre ERC y lo que queda de Convergència, que culmina justo cuando se produce el asalto exterior para desalojarlo de la hegemonía política. Ambos partidos vienen de una larga subasta por demostrar quién es más nacionalista, Y cuando la subasta toca a su fin, se da un curioso intercambio de papeles entre un Puigdemont huido, radicalizado y próximo a la CUP, que exige la presidencia para derogar el 155, y un Junqueras encarcelado y pragmático, atento cada vez más a la centralidad política, que sueña en obtener al fin la presidencia en las elecciones convocadas gracias al 155.

 

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