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Todos somos separatistas

Rechazamos el anonimato y reivindicamos el narcisismo de las pequeñas diferencias

Manifestación independentista en Bruselas
Manifestación independentista en Bruselas EFE

El secesionismo catalán es una clásica rebelión de ricos, según explica el determinismo económico. Su victimismo surge del agravio comparativo con el concierto vasco navarro, que otorga independencia fiscal a las haciendas forales, mientras Cataluña está obligada como contribuyente neta a costear los derechos sociales del resto de españoles. Eso ha llevado a los pequeños y medianos propietarios catalanes (los grandes son cosmopolitas), representados por ERC y PDeCAT, a sumarse a la ola europea de populismo antisistema pero en versión no ya xenófoba (que exige la expulsión de los extraños) sino secesionista (que reclama la salida al exterior): las dos caras de una misma limpieza étnica. Y gracias a la oportunidad brindada por el injusto austericidio decretado contra la gran recesión, que les ha permitido coaligarse con los representantes del precariado desafecto víctima de la crisis (las CUP y los Comunes), han estado a punto de alcanzar su sueño: una pesadilla que supondría la quiebra del Estado español de bienestar.

Frente a este ominoso augurio de catástrofe estatal bien podríamos rasgarnos las vestiduras, denunciando la insolidaridad de los secesionistas que optan por la evasión fiscal. Pero quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Pues también los unionistas somos sin saberlo separatistas a nuestro modo, aunque no sea a escala macro, como los indepes que aspiran a desintegrar España, sino a escala micro, como hacen todos los grandes y pequeños evasores fiscales que eluden pagar el IVA, practican la ingeniería tributaria o deslocalizan sus fortunas en paraísos fiscales. Es verdad que eso no lo hace más que una parte de la ciudadanía, pues la mayoría pagamos religiosamente nuestro impuestos como Leviatán manda. Pero es que aquí no me refiero tanto a ese separatismo fiscal deliberado sino a otra clase de separatismo mucho más difuso y amplio aunque discreto y solapado, que la mayoría de las veces resulta inconsciente o involuntario.

Es lo que el sociólogo François Dubet, en su importante libro La preferencia por la desigualdad (Seuil, 2014), denomina la 'crisis de la solidaridad', para referirse a todas las múltiples decisiones de la vida cotidiana, en materia de educación, consumo y estilo de vida, que revelan nuestra preferencia por diferenciarnos, distinguirnos y apartarnos de los demás, para poder creer así, aunque sea ilusoriamente, que somos nosotros mismos como algo especial y singular. Pues se da la paradoja de que a gran escala todos decimos estar contra la gran desigualdad macro, denunciando la pobreza y la exclusión en abstracto, mientras practicamos a la vez la pequeña desigualdad micro, pugnando por trepar por la escala social para evadirnos del contacto directo con los más pobres, más oscuros o más desclasados.

A gran escala todos decimos estar contra la gran desigualdad macro, denunciando la pobreza y la exclusión en abstracto, mientras practicamos a la vez la pequeña desigualdad micro

Es el separatismo social que denuncia Dubet, como nuevo imperativo categórico de esta época marcada por la autoafirmación de la propia identidad a costa de la de los demás. Pues si el nacionalismo es expresión del narcisismo colectivo (el nosotros que sólo sabe afirmarse frente al otro y los otros), el individualismo también es expresión del mismo narcisismo sólo que a escala personal y grupal: yo y los míos no somos iguales al resto y queremos separarnos para distinguirnos de ellos.

El catalanismo soberanista empezó a reactivarse como reacción contra el 'café para todos' que pretendía diluirlos en el totum revolutum del régimen general, y para ello reivindicaba la singularidad incomparable de su 'hecho diferencial'. Pues bien, eso mismo hacemos todos aunque sea a escala de la microfísica social: rechazamos el café para todos que nos sume en el anonimato impersonal y reivindicamos el narcisismo de las pequeñas diferencias frente a los demás, a fin de separarnos de ellos y adquirir por contraste una aparente imagen de excelencia personal. Y para eso llevamos a nuestros hijos a escuelas privadas bilingües, les pagamos un máster en universidades anglosajonas, nos mudamos a exclusivas urbanizaciones ajardinadas, adquirimos artefactos digitales de última generación y rebuscamos en los muestrarios del comercio electrónico los más vistosos accesorios que nos permitan ostentar un estilo de vida singular, intransferible o inédito.

Todo con tal de separarnos de los otros, aunque esa separación, como la fantástica evasión de Puigdemont, tenga mucho de huida de los demás, que es la peor forma de escapar de uno mismo.

Enrique Gil Calvo es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

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