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Demócratas de mala calidad

Hace demasiado tiempo que en España, incluida Cataluña, se desprestigia a la política y sus soluciones

Carles Puigdemont durante su discurso ante los alcaldes independentistas en Bruselas.
Carles Puigdemont durante su discurso ante los alcaldes independentistas en Bruselas. AFP

Una de las características de la actual vida política española es la rapidez y facilidad con la que algunos de sus responsables desprestigian las posibles soluciones, parciales o temporales, a cualquier problema. Enfrentados al conflicto territorial se decide que el sistema autonómico fue un error o que es irreparable, que el sistema federal no tendrá éxito, que la reforma constitucional será insuficiente y que no será posible una salida negociada. Detrás de tanta negación se encuentran posiblemente políticos perezosos, frecuentemente desconocedores de la propia historia de su país. Políticos a los que siempre les ha costado formular argumentos y que se esconden detrás de verdades inamovibles, siempre dramáticas, para ocultar su apatía. En vez de presentar propuestas y, sobre todo, en vez de debatir el contenido de las de los demás, se limitan a desprestigiar y denigrar cualquier solución calificándola de imperfecta o a dibujar escenarios trágicos, frente a los que solo cabe hundir la cabeza entre los hombros y aguantar a pie firme.

No siempre fue así y no todos son así, desde luego, pero resulta cansino tener que soportar a tanto demócrata de mala calidad, a tanto político que quiere hacer creer a sus electores que como mejor se defiende la democracia es suprimiendo el pluralismo. Son aquellos que aseguran que sólo hay una manera de ser español o de ser catalán, los que, como la expresidenta del Parlamento catalán Núria de Gispert, piden a Inés Arrimadas que se vaya a Cádiz (o, mejor aún, que “se vuelva”) o los que, como el candidato a la alcaldía de Madrid, Pablo Casado, predican que el Partido Popular “ha rescatado” a España.

Cerradas ya las listas de candidatos para las elecciones del 21D y a dos semanas de que se abra la campaña, habrá que recordar que cuando todo el mundo afirma que los problemas políticos deben tener soluciones políticas no se está hablando de enfoques religiosos o esencialistas, sino de cosas concretas, caminos transitables, debates plurales, que es en lo que consiste la política. Como decía Hannah Arendt, la política no tiene su punto de partida en la identidad sino en la pluralidad, no afecta a las familias, sino a la comunidad. No se asienta sobre prejuicios sino sobre su eliminación o explicación. La política es un espacio público libre donde se habla y se actúa.

Los demócratas de mala calidad, políticos apáticos, son aquellos que se las arreglan para poner tareas a todo el mundo, salvo a ellos mismos, confiando su propia supervivencia a la descalificación de los demás. En momentos de poca estabilidad política esos personajes son peligrosos para el sistema democrático y deberían ser objeto de un escrutinio riguroso. Los periodistas sabemos que no se debe dejar nunca a un político que hable de lo que sucede en el partido de su adversario o que se explaye sobre las obligaciones de los demás. Lo razonable es que el político hable de lo que conoce mejor, es decir de su propio partido, sus propias propuestas, sus propios proyectos. La democracia consiste en votar, pero también en pedir después cuentas o responsabilidades y eso no es posible si los programas electorales se convierten en declaraciones más o menos ampulosas, mucho menos si son identitarias, y no en puntos concretos, comprensibles y razonablemente factibles.

Hace demasiado tiempo que en España, incluida Cataluña, se desprestigia a la política, haciendo creer que es una mera mezcla de intereses fraudulentos. Hace mucho tiempo que se descalifican las soluciones políticas, exigiéndoles algo que nunca fueron, milagros. No son milagros, pero, curiosamente, como decía Arendt, en la medida que son actuaciones de seres humanos pueden dar origen a lo imprevisible. La política trata de cómo vivir juntos; ese es el milagro.

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