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COLUMNA

Vestirse y desnudarse

LA MANÍA de los políticos de taparse la boca delante de las cámaras no tiene que ver con el miedo a que se les pille diciendo algo de interés. La moda arrancó cuando los expertos les empezaron a leer los labios y descubrieron que o no decían nada o soltaban alguna impertinencia. Ahí nació esa práctica que ha devenido en un gesto mecánico. Trump debe de ser de los pocos que no se la tapa porque le da lo mismo ocho que ochenta. De ahí su expresión de extrañeza ante el gesto de Rajoy. Le ocurre lo mismo que a nosotros cuando vamos por la calle y percibimos que nos observan más de lo normal. ¿Llevaré una mancha en la camisa? ¿Me habrá cagado un pájaro? ¿Iré con la bragueta abierta?

—¿Llevo la bragueta abierta? —parece preguntar.

—No, no, me tapo por si acaso —podría estar respondiéndole Rajoy desde detrás del muro formado los dedos.

¿Por si acaso qué?, cabría preguntarse. ¿Por si acaso le pillamos recomendándole la lectura de Platón al indigente intelectual que dirige el mundo? ¿Por si acaso se le escapa un bostezo debido a la diferencia horaria? Nada de eso. Por si acaso le sale de las entrañas una banalidad.

Levanto la vista del periódico en el que acabo de descubrir esta imagen, pues voy leyéndolo en el metro, y observo que los cónyuges de la pareja de enfrente hablan cubriéndose también los labios, como si todo el mundo estuviera interesado en su conversación. Nadie los mira, excepto yo, pero tal vez imaginan que se encuentran frente a un pelotón de fotógrafos. Así son las cosas: la gente se desnuda en Twitter o en Facebook y se viste en el metro.