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OPINIÓN i

¿Y si es un error que Hollywood intente “borrar del mapa” a Kevin Spacey?

El actor ha desaparecido de la nueva película de Ridley Scott. Si Hollywood quiere hacer una limpia debería fijarse en más nombres, ¿pero no sería más fácil confiar en que el espectador sepa distinguir entre realidad y ficción?

Kevin Spacey fotografiado en la gala de los Screen Actors Guild Awards 2017.
Kevin Spacey fotografiado en la gala de los Screen Actors Guild Awards 2017. Getty Images

Estos son los hechos: tras la caída en desgracia de Kevin Spacey (Nueva Jersey, 1959), que ha visto cómo a las acusaciones de abuso del actor Anthony Rapp se han sumado las de otros 13 hombres, su publicista ha dimitido, su agencia de relaciones públicas lo ha despedido y Netflix ha decidido eliminar a su personaje de la exitosa serie House of cards y cortar con él cualquier relación contractual.

Todas estas decisiones eran previsibles. Suponen el procedimiento habitual de una industria gigante para deshacerse de sus manzanas podridas y evitar una crisis de imagen que puede costar millones de dólares. Pero hay otra decisión anunciada esta semana que no tiene precedentes: Sony Pictures y Ridley Scott han decidido eliminar todas las escenas de Kevin Spacey de la película Todo el dinero del mundo a mes y medio del estreno y rodarlas de nuevo con otro actor. Christopher Plummer será el encargado de dar vida al multimillonario del petróleo J. Paul Getty en la película basada en el caso real del secuestro de su nieto. Kevin Spacey ha sido, de forma literal, borrado del mapa.

Un espectador adulto debería ser capaz de aceptar la idea de que una persona despreciable puede ser un buen profesional, de que se puede disfrutar del talento de alguien en la pantalla y condenar enérgicamente su comportamiento detrás de las cámaras

¿Es una buena decisión? Muchos medios dicen que sí. La publicación especializada Variety, por ejemplo, dedicó ayer una columna de opinión a alabar a la productora estadounidense y al director inglés por la decisión. En su texto se habla de lo positivo que será para la imagen de sus responsables, de las posibilidades que gana de cara a los Oscar (muchas quinielas dicen que esta película podría dar a Scott su primera estatuilla) y se señala que hay muchísimo dinero en juego.

En resumen: la decisión responde a los intereses de unos ejecutivos enfrentados a cuentas y números, pero no se menciona la intención de respetar la sensibilidad de las víctimas de Spacey. También demuestra cómo una industria es capaz de pasar de cero a cien empujada por la crisis de imagen y las circunstancias: del "todo el mundo miró para otro lado" a la drástica medida del destierro han pasado, literalmente, diez días. Y, sobre todo, perpetúa un trato infantilista hacia el público, al que Hollywood considera incapaz de discernir entre realidad y ficción e incapaz de aceptar que una mala persona puede ser un buen profesional y viceversa.

Kevin Spacey debería enfrentarse a sus delitos y pagar por ellos ante la ley, no ser borrado de los ojos de un público que no parece soportar la idea de que los criminales existen. Un espectador adulto debería ser capaz de aceptar la idea de que una persona despreciable puede ser un buen profesional, de que se puede disfrutar del talento de alguien en la pantalla y condenar enérgicamente su comportamiento detrás de las cámaras. No hay que celebrarlo, ni defenderlo, pero sí permitir que si había una película en la que había hecho un trabajo magistral (TriStar tenía preparada una gran campaña para llevarlo hacia el que hubiese sido su tercer Oscar, tras los obtenidos por Sospechosos habituales en 1996 y por American beauty en 2000) el público la vea y pueda juzgar su talento. Si es necesario, por última vez

FOTO: Spacey en 'Todo el dinero del mundo'. / VÍDEO: Tráiler de la película de Ridley Scott con Kevin Spacey. El director ha decidido sustituirle por Christopher Plummer.

Pero la lectura que la mayoría ha escogido es que la industria del entretenimiento produce no solo profesionales y premios, sino ídolos que muchos jóvenes toman como modelo de comportamiento y por lo tanto debe desterrar a todas sus manzanas podridas para dar ejemplo. Bien, aceptémoslo. Solo que esa podría ser buena idea si se hiciese de verdad. El problema llega cuando unas manzanas podridas siguen trabajando y otras no, sin saber muy bien a qué obedecen los criterios que deciden si deben ser o no expulsados del paraíso.

La misma película de la que Kevin Spacey va a ser eliminado está protagonizada por Mark Wahlberg, que ha hecho en varias ocasiones declaraciones racistas y homófobas. Y que acumula estos incidentes: en 1986 fue detenido por arrojar piedras a grupos de niños afroamericanos en dos ocasiones; también en 1986 agredió con un palo de madera a un vietnamita llamado Thanh Lam hasta dejarlo inconsciente y a continuación golpeó en un ojo a otro vietnamita llamado Hoa Trihn, y en 1992 golpeó a un chico de 20 años llamado Robert D. Crehan y le rompió la mandíbula.

Sony, la misma productora que ha desterrado a Kevin Spacey, intentó en 2016 conseguir los derechos de distribución de Manchester frente al mar, la película que llevó a Casey Affleck a conseguir un Oscar tras una campaña de apoyo y promoción fabricada a medida. Casey Affleck fue acusado en 2010 de acosar sexualmente a la directora de fotografía Magdalena Gorka y la productora Amanda White. Una de ellas dijo que Casey se había metido en su cama mientras dormía, la otra que trató de retenerla en la habitación de su hotel de forma violenta. Ambas afirman que Affleck abusó verbalmente de ellas. El canal de televisión ABC tuvo acceso a las denuncias de las dos mujeres y las colgó en su web. Se pueden leer aquí y aquí. El asunto se solucionó con un acuerdo extrajudicial y las demandas fueron desestimadas en 2010.

¿Tendría sentido que Netflix retirase la alabada película 'The Meyerowitz Stories (New and Selected)' para regrabarla sustituyendo a Dustin Hoffman, acusado de propasarse por la actriz Meryl Streep, por la escritora Anna Graham y por la productora Wendy Riss?

En toco caso, la industria del entretenimiento sigue llena de artistas reverenciados que han sido acusados de –y en algunos casos condenados por– cometer hechos horribles. Alfred Hitchcock. Roman Polanski. El director Victor Salva. El productor Dr. Luke. El rapero y productor R. Kelly. James Brown, Ike Turner y Miles Davis fueron unos maltratadores que convirtieron la vida de sus esposas en un infierno. Mike Tyson. Rick James. Chris Brown. Josh BrolinNicolas Cage. Hasta John Lennon reconoció en una entrevista en Playboy que en su juventud había sido un hombre violento que había agredido a hombres y a mujeres.

Todos ellos, o bien siguen trabajando con éxito hoy, o bien siguieron haciéndolo muchos años después de que las acusaciones saliesen a la luz. ¿Tendría sentido que Netflix retirase de su plataforma la alabada película The Meyerowitz Stories (New and Selected) (Noah Baumbach, 2017) para regrabarla sustituyendo a Dustin Hoffman, acusado de propasarse en su comportamiento por la actriz Meryl Streep, por la escritora Anna Graham Hunter y por la productora Wendy Riss Gatsiounis? Kevin Spacey no va a tener la suerte de los anteriormente mencionados. Los hechos de los que se le acusan no son más deplorables que los que han cometido algunos de los señalados por los profesionales a los que nos acabamos de referir, pero él ha tenido la mala suerte de llegar en un momento en que hay en juego una película de presupuesto millonario, una carrera hacia los Oscar y unas redes sociales con memoria cortoplacista dispuestas a arder.

Todo eso no oculta el hecho de que es una persona cuyo comportamiento deplorable debe ser condenado. Curiosamente, el personaje al que interpretaba en Todo el dinero del mundo, el avaro multimillonario J. Paul Getty, también lo era. Para una audiencia que según Hollywood no sabe diferenciar realidad de ficción, el ejercicio de metonimia hubiese resultado en esta ocasión más fácil que nunca.

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