El acento
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Y los españoles de a pie tuvieron que rescatar la senyera

El independentismo había arrinconado a la verdadera bandera de Cataluña. Hasta que llegó el 8 de octubre

Manifestación del 8 de octubre en Barcelona.
Manifestación del 8 de octubre en Barcelona.Jeff J Mitchell

Una de las imágenes más impactantes después de que un gran número de personas se haya trasladado de un lugar a otro es la cantidad y el tipo de cosas que se dejan por el camino. Y cuanto más apresurado es ese movimiento, mayor es el número de objetos abandonados. Cuando en 1999 el presidente serbio Slobodan Milosevic ordenó la expulsión de todos sus conciudadanos de origen albanés de la capital de Kosovo, Pristina, decenas de miles de ellos fueron transportados con lo puesto a la estación de tren y embutidos en viejos vagones rumbo a la frontera con Macedonia. Semanas más tarde, en aquel edificio vacío era imposible caminar sin tropezar con objetos tales como zapatos, algún bolso, viejas fotos, llaves sueltas, chupetes o papeles escritos apresuradamente a algún familiar. Objetos que alguna vez pertenecieron a alguien y tuvieron su propia historia. Alguno incluso fue atesorado y mimado. Pero eso no les salvó de quedar en el suelo pisoteados y cubiertos de polvo.

En la huida hacia adelante que el independentismo catalán está protagonizando se están dejando muchísimas cosas por el camino. Seguramente la más importante sean los afectos. Reuniones familiares donde de pronto tiene una extraordinaria importancia el tiempo soleado o nuboso que está haciendo esta semana o la preparación de tal o cual plato para evitar incómodos silencios (los vascos saben muchísimo de esto). Amigos de toda la vida que se evitan, conscientes de sus divergencias (y demasiado sinceros para ponerse a hablar del tiempo), conocidos en los que el recelo sustituye a la curiosidad por saber del otro...

Y entre ese revoltijo de cosas abandonadas destaca, por su color, un trozo de tela que en la manifestación del domingo en Barcelona fue recogida del suelo, sacudida del polvo y colocada en lo más alto por quienes creen que las banderas deben simbolizar proyectos comunes y no emblemas de exclusividad. Uno de los efectos más curiosos del 8 de octubre es que la senyera ha sido reivindicada por millones de catalanes que quieren seguir siendo españoles, pero sobre todo por millones de españoles que apoyan a esos catalanes. En el casi perfecto —hay que reconocerlo— marketing político independentista tal vez nunca entró el cálculo de que la bandera catalana constitucional fuera anudada y aupada junto a la española por personas ajenas a Cataluña que reivindicaron que esa bandera también es suya porque representa a sus conciudadanos. Que la Policía Nacional colocara la senyera auténtica junto a la bandera de España en sus furgones o que hubiera andaluces o murcianos ondeando indistintamente ambas banderas sintiéndolas suyas —porque lo son— no entraba ni en las peores pesadillas del tejemaneje sentimental independentista.

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El 8 de octubre los españoles ganaron muchas cosas. Lo resumió una frase que circuló por las redes sociales: —¿Qué hacemos el domingo? —Vamos a Barcelona a estar con la familia. —No sabía que tuviéramos familia en Cataluña. —Ni yo tampoco hasta hace dos días. Y habría que añadir: y tampoco sabíamos que teníamos todos la senyera. Nuestra senyera.

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Sobre la firma

Jorge Marirrodriga

Doctor en Comunicación por la Universidad San Pablo CEU y licenciado en Periodismo por la Universidad de Navarra. Tras ejercer en Italia y Bélgica en 1996 se incorporó a EL PAÍS. Ha sido enviado especial a Kosovo, Gaza, Irak y Afganistán. Entre 2004 y 2008 fue corresponsal en Buenos Aires. Desde 2014 es editorialista especializado internacional.

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