Perder para ganar
El nacionalismo necesita perder para vindicarse. Por eso también hoy bloquea el relato alternativo


Fue Jon Juaristi, en El bucle melancólico, quien resumió de manera más eficaz la estrategia del nacionalismo: perder para ganar. Recrear una patria fabulada que ha debido perderse para poder ser recobrada. En consecuencia, presentarse al mundo como perenne derrotado, mantener viva la llama del agravio, poner cara malhumorada y evitar que la investigación académica revele que la derrota fue solo relativa o acaso imaginaria.
Así también el nacionalismo catalán, que cada año renueva llagas el 11 de septiembre. Que en los albores de la democracia se quisiera que una jornada doliente de rancio sabor romántico fuera el día de Cataluña –teniendo a mano el alegre y afirmativo Sant Jordi– siempre me pareció indicio bastante para dudar del carácter cívico del nacionalismo catalán. Un nacionalismo, en realidad, tan poco presentable como cualquier otro, con su herida fundacional, su memoria manipulada, su himno sanguinario y sus periódicos rituales de aflicción.
¿Qué pasó en realidad, tal día como hoy, hace más de tres siglos? Vicens Vivens, sobrio maestro de historiadores, remiso al fetichismo nacionalista que encuentra solo lo que quiere encontrar, fue el primero en formarse una idea ponderada de los hechos de 1714. La Nueva Planta hizo que Cataluña perdiera de modo traumático instituciones propias de raíz medieval –¿y dónde, en Europa, cabe preguntar, no iba a ocurrir lo mismo?–, pero, al mismo tiempo, "el desescombro de fueros y privilegios" la iba a propulsar con fuerza al futuro: por fin podía Cataluña competir en pie de igualdad con Castilla. Bajo el nuevo régimen borbónico el tráfico con América dejó de ser un asunto castellano para ser un asunto español. Y Barcelona se convirtió en un gran emporio. Al doblar el siglo, Cataluña había doblado riqueza y población. Datos que difícilmente permiten hablar de decadencia o sojuzgamiento
Pero el nacionalismo, decíamos, necesita perder para vindicarse. Por eso también hoy bloquea el relato alternativo, más acorde con la realidad: el de una Cataluña que en las últimas décadas no ha dejado de ganar: autogobierno, renta, hablantes de catalán y un prestigio inmenso para su capital, Barcelona. Conceder que esto es así sería tanto como admitir que una Cataluña plena en España es posible y eso no se puede permitir. Pero los tiempos están cambiando. Cada vez hay más catalanes que entienden que el nacionalismo es una vivencia fracasada de la identidad, como el fundamentalismo lo es de la fe. En la última década los nacionalistas han agotado todo el capital moral con el que salieron de la dictadura. Cuando la semana pasada esos mismos nacionalistas, en su avatar separatista, procedieron al secuestro de su propio Parlamento, esas reservas terminaron de vaciarse. Para ellos, para los que siempre pierden y además quieren que los demás perdamos con ellos, ¿está cantando el gallo o el cisne?
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