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¿Qué les mueve a salvar vidas?

Son ingenieros, logistas, contables, conductores, jefes e incluso ciudadanos afectados que deciden implicarse en la tarea de ayudar a otros cuando la catástrofe urge a una actuación rápida

 

 

 

¿Qué impulsa a una bióloga, a un exmilitar o a un profesor de física de un pueblo en crisis a remangarse, ponerse manos a la obra, implicarse, ayudar a mejorar la vida de los demás o incluso a salvarla? ¿Cómo acaban los trabajadores humanitarios dedicándose a tal labor? ¿Qué sienten? A aquellos que nos hemos ido encontrando mientras realizábamos los reportajes para este especial les hemos preguntado. Porque solo ellos tienen la respuesta.

Iván Álvarez: “Lo que me llena es que esta gente abra el grifo y tenga agua”

¿Cómo llegó un licenciado en Historia a dedicarse al trabajo humanitario? Iván Álvarez, especialista en agua y saneamiento, es hoy una suerte de freelance del sector humanitario. Durante las inundaciones de Perú, el pasado marzo, apoyó la intervención de Acción contra el Hambre

Iván Álvarez es un 'freelance' de la emergencia.
Iván Álvarez es un 'freelance' de la emergencia.

A Iván Álvarez (Madrid, 1983) le encanta comer y especialmente probar la gastronomía típica de allí donde esté, así que elige un restaurante en Piura (Perú) para realizar la entrevista. En el relato de su vida para desentrañar cómo acabó trabajando como cooperante se remonta a cuando acabó la carrera. "Historia en la Universidad Autónoma de Madrid", especifica. Después, estudió el antiguo Curso de Aptitud Pedagógica (CAP) para ser profesor. Pero al final, acabó trabajando de transportista para pagarse un máster en cooperación en la Universidad de Granada. "En el período de prácticas, buscaban a alguien con formación en Historia para ir a Cuba. Era para mí", cuenta. Pero una amigdalitis le chafó la oportunidad. "Estuve ingresado en el hospital, era de caballo", recuerda de sus días de 2009.

Álvarez, que de joven se definía como "rojo y anticlerical", encontró trabajo en una ONG confesional compuesta por misioneros. Trabajar con ellos cambió su percepción sobre el clero, aclara. "Allí estuve dos años sin cobrar. Vivía en precario en mi casa en Madrid, pero cogí experiencia", asegura. El sueldo se lo ganaba como monitor de campamentos y considera que tuvo "suerte", porque "no todo el mundo se puede permitir currar sin cobrar". Después, trabajó un año en otra organización y acabó volviendo a la primera, solo que con otros planes. "Me vine a América Latina", explica, para identificar proyectos que se podrían llevar a cabo según las necesidades de la gente en diferentes países. Él se pagó los billetes de avión y el alojamiento de su bolsillo; cuatro meses después regresó a España.

En 2013, comenzó un posgrado en WASH (agua, saneamiento e higiene, en inglés) en la Universidad de Alcalá de Henares. "Es el de referencia en España", subraya. "Eso me abrió puertas. Tenía un posgrado y experiencia", añade. En 2014, realizó su primera misión con Acción contra el Hambre para atender en un epidemia de cólera en Sudán del Sur. Un año más tarde, en noviembre de 2015, le volvieron a llamar de la misma ONG para que marchara a Líbano. Allí estuvo un año ayudando a llevar agua a los refugiados y encontró "mucho amigos". "No soporto ciertas opiniones sobre los refugiados y salto cuando la gente dice que vienen a invadirnos, cuando hacen comentarios islamófobos o xenófobos", añade.

—¿Te afecta realizar este trabajo?

—Sí, para bien y para mal.

La vida de Álvarez no solo es nómada, como la de cualquier trabajador humanitario, sino que además, él es una especie de freelance del sector. Sin un contrato estable, trabaja para quien le llame. Para ir a Perú durante las inundaciones el pasado marzo le telefonearon un miércoles para partir el sábado siguiente. En los días que pasó allí, se murió su perra. "Y mientras estaba en Líbano, se suicidó un amigo", se sincera. "El contrapunto es lo que aprendes. Por mi formación, me gusta conocer la historia de los países a los que voy y hablar mucho con la gente", continúa. Eso es lo que más le satisface, dice, el contacto con las personas, a pesar de "las zonas oscuras de la cooperación". "Las organizaciones tienen sus agendas y, a veces, no se corresponden con las necesidades de la gente", aclara. En terreno, en Piura —donde se encuentra— es fácil comprobarlo. Conversa con los lugareños, les escucha, siente sus problemas, como que llevan meses sin beber agua potable, y se implica. "A mí lo que me llena es que esta gente abra el grifo y tenga agua".

Esta entrevista ha sido realizada por ALEJANDRA AGUDO, desde Piura (Perú).

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Grimaldo: “Queremos agua, por eso ayudamos”

Grimaldo es vecino del caserío de Las Vegas (Catacaos, Perú), que pasó meses sin acceso a agua portable porque las inundaciones de marzo de 2017 colapsaron la planta cloradora. Su apoyo fue clave para arreglarla

Grimaldo durmió durante días al raso junto a la planta potabilizadora que rehabilitaba ACH para que nadie robara los materiales. Perú, marzo 2017.
Grimaldo durmió durante días al raso junto a la planta potabilizadora que rehabilitaba ACH para que nadie robara los materiales. Perú, marzo 2017.

Desde que Acción contra el Hambre (ACH) detectó que los 3.000 vecinos de los caseríos de Las Vegas, San Sebastián y Juan Velasco (cerca de Cataos, Perú) no tenían acceso a agua potable porque las inundaciones de marzo de 2017 colapsaron la planta cloradora que les abastecía, Grimaldo estuvo junto a su personal para ayudar. Él no es un trabajador humanitario, ni ingeniero, ni tan siquiera experto en sistemas de agua y saneamiento. Es un vecino implicado. Y mucho. Tanto que, desde que la ONG empezó a llevar materiales junto a las instalaciones en una zona rural y apartada, Grimaldo durmió allí a la intemperie para que nadie los robara.

"Queremos agua, por eso ayudamos". Lo dijo en plural, pero lo cierto es que durante muchos días estuvo solo guardando las mangueras, los cubos de cloro, los tanques de agua... Y ayudando a los técnicos. Y lo hizo sin esperar una compensación económica a cambio. Sería semanas después cuando la ONG le informaría de que le iba a pagar por su labor. "A ver si viene alguien, yo solo no hago nada. Pero luego la gente quiere agüita". Esta es la única queja que expresó en varios días.

Grimaldo, que tiene "40 febreros", es pescador y padre de seis hijos. "La mayor, de 18 años y la pequeña, de tres meses", detalla durante un descanso a la sombra de los trabajos de rehabilitación. Durante ocho o 10 días marcha a la costa peruana o ecuatoriana para salir a la mar. Después, con 1.000 soles en el bolsillo (unos 260 euros), regresa a Las Vegas, donde vive, hasta que a las tres semanas necesita ingresos otra vez.

A pesar de estar yendo y viniendo, fue elegido por los vecinos para ser el presidente de la Junta Administradora de Servicios de Saneamiento (JASS), una organización comunal constituida con el propósito de administrar, operar y mantener los sistemas de agua y saneamiento. "Nadie más quería", asegura. Es un trabajo voluntario que a Grimaldo le pilló por sorpresa. Su predecesor apenas le enseñó cómo funcionaba la planta potabilizadora y a los dos meses de asumir el cargo, las lluvias convirtieron el agua en barro y la instalación dejó de funcionar. Sus conocimientos básicos de mantenimiento no servían para solucionar el desaguisado.

"Yo no voy a dejar abandonado esto". Y no lo hace. Hasta que la planta vuelve a funcionar, Grimaldo trabaja codo con codo con los empleados de la ONG. Aprende en profundidad cómo funciona, las mezclas exactas de cloro y otros agentes químicos necesarios para limpiar el agua... Escribe en su libreta todos los datos que necesita recordar. Tras varios intentos y la llegada de varios voluntarios más de los caseríos, siguiendo el ejemplo de su vecino, la planta finalmente vuelve a funcionar y los 3.000 habitantes a los que abastece pueden beber agua saludable. Pero, como reconocen los profesionales de la ONG, no habría sido posible sin Grimaldo.

Esta entrevista ha sido realizada por ALEJANDRA AGUDO, desde Piura (Perú).

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Esther B. Magdayo: “El miedo es una reacción normal, pero ahora no me lo puedo permitir”

Esther B. Magdayo, responsable de proyecto para Acción contra el Hambre en Filipinas, cuenta la experiencia de trabajar en el conflicto de la isla de Mindanao

Esther B. Magdayo, responsable de proyecto para Acción contra el Hambre en Zamboanga (Filipinas).
Esther B. Magdayo, responsable de proyecto para Acción contra el Hambre en Zamboanga (Filipinas).

Esther B. Magdayo se estrenó en el mundo de la ayuda humanitaria cuando aún se escuchaban los disparos a lo lejos. Fue en el año 2013, durante la evacuación de casi 70.000 vecinos de Zamboanga, en la isla filipina de Mindanao. La ciudad estaba sitiada por el Frente Moro de Liberación Nacional, un grupo rebelde que intentaba sabotear las conversaciones de paz entre el Gobierno y el Frente Islámico Moro de Liberación. Al recordar aquella experiencia, esta filipina de 39 años, hoy responsable de proyecto de agua, saneamiento e higiene para Acción contra el Hambre en la base de Zamboanga, admite que sintió miedo, pero logró superarlo centrándose en ayudar a los demás y confiando en que su organización no le habría expuesto al peligro.

"Soy de Mindanao, estoy acostumbrada a las crisis y la violencia del grupo yihadista Abu Sayyaf. Es normal que las personas que me rodean se preocupen, pero sigo viva", asegura desde la sede de Acción contra el Hambre en Manila. "El miedo es una reacción normal, pero ahora no me lo puedo permitir".

Su carrera en el tercer sector empezó casi por casualidad. Recién graduada como ingeniera civil, no aprobó el examen para habilitarse en el ejercicio de la profesión. Empezó a buscar ofertas de trabajo sin saber muy bien qué hacer. Ahora, sin embargo, no se arrepiente de que las cosas fueran así.

Originaria de Cotabato —en la misma isla de Mindanao—, es consciente de que su profesión a veces puede generar estrés, sobre todo durante las emergencias. "Hay que salir de la oficina para ver lo que está pasando. Pero me gusta mi trabajo, incluso así". Para ella, asegura, ser mujer nunca ha representado un obstáculo añadido en este sector.

En 2013, Magdayo se quedó en su localidad apenas dos meses, antes de ser trasladada a otro frente de emergencia tras la llegada del supertifón Haiyan. "La situación de los desplazados en Zamboanga era muy mala. Estaban concentrados en una sola área y cada día se registraban muertes de niños por diarrea y malnutrición". La vida bajo el toque de queda no era fácil tampoco para los trabajadores humanitarios. "Era imposible acceder a determinadas áreas, había puestos de control en toda la ciudad. No podíamos salir del hotel y cada día había que acudir a una reunión para ponernos al corriente sobre la situación de la seguridad. Trabajaba también los fines de semana, pero sentía que los desplazados estaban muy agradecidos".

En octubre de 2016, la trabajadora humanitaria volvió a Zamboanga para ocuparse del acceso a agua y saneamiento, la seguridad alimentaria, los medios de vida en zonas transitorias y la promoción de la higiene. "La situación era muy distinta en comparación con 2013, ahora hemos pasado de centros de evacuación a sitios semipermanentes. Supuestamente, los sitios de tránsito se construyeron para seis meses, pero ya llevan cuatro años. Los desplazados sienten que están olvidados. El Gobierno promete encontrar soluciones permanentes, pero ellos temen que, de ser así, dejarían de recibir ayuda, tendrían dificultades en el acceso a la electricidad y al agua. Hay voluntad política por parte de las autoridades locales, pero estas personas aún necesitan apoyo. Sin embargo, la mayoría de ONG ya se ha marchado de aquí. Zamboanga se ha convertido en un sitio olvidado".

Esta entrevista ha sido realizada por TIZIANA TROTTA desde Manila (Filipinas).

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Cristina Sáinz de Vicuña: “Yo quiero ser de la generación que acabe con la pobreza”

A Cristina Sáinz de Vicuña le cambió la vida una charla sobre Objetivos del Milenio en 2004. Desde entonces, ha trabajado para mejorar la de los demás

Cristina Sáinz estudió biología, pero en una charla sobre Objetivos del Milenio decidió que quería dedicarse a construir un mundo mejor.
Cristina Sáinz estudió biología, pero en una charla sobre Objetivos del Milenio decidió que quería dedicarse a construir un mundo mejor.

Estudió Ciencias Ambientales, pero no se dedica a nada relacionado con su formación. Tras una beca en Grecia y estudiar idiomas, Cristina Sáinz de Vicuña (1979) visitó a su hermana en Barcelona donde asistió a una charla sobre Objetivos del Milenio. Era 2004. "Una mujer que trabajaba en la ONU dio un discurso muy emotivo en el que dijo que podemos ser la generción que acabe con la pobreza. Y yo pensé que quería ser parte de esa generación", recuerda. Por eso, se acercó a uno de los participantes tras el acto y le expresó su deseo. "Me recomendó hacer un máster en cooperación". Dicho y hecho, entre 2004 y 2005, Sáinz de Vicuña cursó tales estudios en la Universidad de Comillas.

Su primer destino fue Perú, donde atiende esta entrevista como responsable de logística de Acción contra el Hambre en marzo de 2017. "Trabajaba en Médicos del Mundo y un compañero me ofreció venir con la ONG de su hermano. Fue un trabajo voluntario, pero me encantó", recuerda. Tras aquella experiencia, le dijo a sus jefes en Médicos del Mundo que quería ir a terreno y se marchó como logista administradora a Angola en 2007. "Estuve un año y medio", relata. Primero, con la ONG para la que trabajaba en un proyecto de VIH. Después, dejó el trabajo, pero no quería abandonar el país, así que aceptó un empleo en otra organización que ayudaba a mujeres. "Era la coordinadora porque era una entidad pequeña. Ahí lo aprendí todo", asegura.

Sáinz de Vicuña enlazó después distintos trabajos en diferentes ONG. Algunos en Madrid, otros en terreno. Siempre como logista, es decir, la encargada de que el equipo desplazado para una misión tenga lo que necesita: casa, vehículos, contratos, agua, materiales... Todo. "En 2011, me cansé de terreno. Al vivir en casas-oficina, nunca desconectaba". Volvió a Madrid después de un año y medio en Guinea Ecuatorial, con la idea buscar trabajo en el sector privado. "Pero España estaba en crisis y salió un puesto en Acción contra el Hambre de gestor logístico en sede". Pasó dos años en la oficina de Madrid viajando esporádicamente a terreno, pero echaba de menos el trabajo logístico "puro y duro", por lo que se unió al pool (equipo) de emergencias en 2014.

"Salimos un máximo de dos meses. La idea es venir, lanzar las actividades, abrir la base, buscar nuestro reemplazo y volver", explica. Sáinz de Vicuña gusta de explicar su desconocida labor. Un logista, mientras está en casa, monitorea las emergencias, revisa que tienen stock de los utensilios necesarios para atender en emergencias (teléfonos, mosquiteras, tiendas de campaña, plantas de potalización de agua portátiles...). "Trabajamos pensando en un escenário al que llegas y no hay nada. Hay que buscar oficina, vehículos, almacenes... También es nuestra labor conocer el contexto, las condiciones de seguridad, los accesos. Tenemos que saber hasta cómo funcionan las leyes de importación", continúa. "En Ecuador, por ejemplo, fue complicado. Tenía un sistema muy burocrático y no había oficina local allí que nos facilitase las cosas", añade. 

A Sáinz de Vicuña se le nota que le apasiona su trabajo. Pronto abandona el relato de su trayectoria profesional para dar más y más detalles sobre su labor como logista. Una tarea invisible que no sale en las noticias. Ella no reparte alimentos, ni busca desaparecidos en los terremotos, tampoco cura a los heridos, pero casi nada de eso sería posible sin su intervención. ¿Quién se encarga de que los alimentos, los materiales y los propios trabajadores humanitarios lleguen allí donde se los necesita? Personas como Sáinz de Vicuña, quien se ha ganado ser reconocida como miembro de la generación que podría acabar con la pobreza. Al menos, ella se afana en conseguirlo.

Esta entrevista ha sido realizada por ALEJANDRA AGUDO, desde Piura (Perú).

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Jesús Baena: “Tengo solo dos pares de zapatos: unos para reuniones y otros para trabajar en terreno”

El trabajador humanitario de Acción contra el Hambre, experto en sistemas de agua y saneamiento, hace un repaso de su trayectoria

A Jesús Baena su vocación por el trabajo humanitario le viene de su pasado militar.
A Jesús Baena su vocación por el trabajo humanitario le viene de su pasado militar.

Con 18 años, Jesús Baena (1982) ingresó en el Ejército y, entre otros destinos, trabajó en Afganistán como desminador. Dice que fue allí donde comenzó su "vocación humanitaria". Cuando regresó a España, ejerció como conductor de ambulancia, una experiencia que le sirvió para unirse a la Cruz Roja española como miembro de su equipo de emergencias. Su primera misión con esta ONG le llevó a Haití tras el terremoto de 2010. Normalmente, estas intervenciones son largas, pero los cooperantes pasan poco tiempo, uno o dos meses, en terreno. Baena se quedó dos años y medio. "Era una emergencia tras otra", recuerda.

Cuando regresó a España, a su pueblo en la provincia de Jaén, pensó: "Ahora estaré un año sin trabajar". Se le escapa una sonrisa al recordarlo. Solo tres semanas después estaba haciendo la maleta. Los primeros días de noviembre de 2013, el tifón Haiyán había arrasado Filipinas y se requería su presencia allí. No hay planes personales que valgan cuando un desastre natural se ceba con los más vulnerables. "Iba a estar un mes, pero al final me quedé un año y medio", rememora sentado en el coche que le lleva a una zona rural especialmente afectada por las inundaciones de Perú el pasado marzo y que dejaron a miles de personas sin acceso a agua potable.

Después de Haití, Baena saltó de destino en destino —Siria, Níger, Egipto— con diferentes ONG. En Níger era responsable de equipo y eso le causaba inquietud en un contexto tan difícil. "Mandaba a gente a terreno en una situación de mucha inseguridad. Me tenían que contactar cada 15 o 30 minutos para saber que estaban bien", afirma. Finalmente, recaló en Acción contra el Hambre, donde actualmente trabaja. "Paso un 70% del año fuera de casa", asegura. De hecho, hizo desde Colombia el viaje a Perú para ayudar a abastecer a la población con agua potable después de que las inundaciones colapsaran sus sistemas de distribución. "Donde peor lo paso es en Madrid", dice acompañando sus palabras con una mueca. A la capital española solo se traslada cuando tiene obligaciones en la central de Acción contra el Hambre en el país. El resto del tiempo, lo pasa en su casa de Andújar.

Los últimos siete años de la vida móvil de Baena se resumen en una frase: "Ahora tengo dos pares de zapatos: unos para reuniones y otros para trabajar en terreno". Lo dice y atrae la mirada hacia los que lleva puestos, desgastados y que (se intuye) originalmente eran color camel. Confirmado: son los de batalla. "Gasto un pasaporte cada dos años", zanja.

Esta entrevista ha sido realizada por ALEJANDRA AGUDO, desde Piura (Perú).

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Enrique Raso: “Mis padres están orgullosos de mí, pero preferirían que no estuviera aquí”

Biólogo de formación y tras encadenar trabajos precarios, Enrique Raso perdió un día el tren y se quedó solo frente a un cartel que buscaba voluntarios para una ONG. Así encontró su vocación

Enrique Raso se ha especializado en coordinar a los equipos de respuesta a una emergencia en terreno.
Enrique Raso se ha especializado en coordinar a los equipos de respuesta a una emergencia en terreno.

Enrique Raso (Madrid, 1984) estudió Biología porque le gustaba la naturaleza y la ciencia, pero pronto descubrió que no era lo suyo. Lo que de verdad le llenaba era "el contacto con la gente". "En el cole era bastante pardillo y se metían conmigo. Así que cuando veía que alguien lo pasaba mal, buscaba la manera de echar un cable", explica. Por eso, antes de acabar la carrera —lo que le llevaría 10 años— empezó a trabajar en ONG sociales, con chavales, entre otras experiencias.

Pero fue una casualidad lo que le empujó finalmente al trabajo humanitario. "Perdí el tren de Cercanías y me quedé solo frente a un cartel en el que se buscaban voluntarios", relata. Gracias a ese encuentro, se marchó dos meses a El Salvador. "Allí fue un desastre, el trabajo era poco profesional". Pero la experiencia le marcó para siempre. "Vivíamos en el único bar de la zona rural en la que interveníamos. Fue una aventura y decidí que era a lo que me quería dedicar", asegura en la terraza del hotel en el que se aloja en Piura (Perú). Aquí es el jefe del equipo de Acción contra el Hambre (ACH) que se ha desplazado para atender la emergencia tras las inundaciones que han dejado sin agua potable a gran parte de la población. ¿Cuál ha sido el camino entre aquel comienzo y esta labor?

También antes de finalizar sus estudios universitarios, Raso se matriculó en un máster de cooperación en la Universidad de Sevilla. Y cuando finalmente acabó, hizo prácticas en una fábrica de producción de panes. "El trabajo estaba bien pagado, 1.000 euros por media jornada. Pero mi jefa me repetía que si me quedaba allí me arrepentiría de no haber arriesgado". Siguiendo el consejo de su superiora, a sus 27 años dejó el trabajo y, con lo ahorrado, se pagó los estudios en WASH (agua, saneamiento e higiene, por sus siglas en inglés) de la Universidad de Alcalá de Henares y se especializó como jefe de proyectos en París.

Tras unas breves prácticas en ACH —"no cobraba, pero me gustaba lo que hacía", dice Raso—, se fue a El Salvador tres meses con una ONG más pequeña, Ecodes. Habla con pasión del proyecto que apoyó allí. "Era de tratamiento de aguas grises con una tecnología barata muy interesante", rememora. "La experiencia moló un montón, el nivel de contacto con las comunidades que tuve allí no lo he vuelto a tener jamás". Pero también hubo momentos difíciles: "Fue la primera vez que vi tiroteos y un muerto".

Por aquel trabajo tampoco cobraba. "Entrar en el mundo de la cooperación es muy complicado", reconoce. A él le llegó la oportunidad cuando en noviembre de 2013 le llamaron de ACH. Un tifón en Filipinas. "¿Te vendrías?", le preguntaron. Respondió que sí, lo que no le libró de pasar un examen y una entrevista. Una vez superadas y 36 horas de vuelo después, aterrizó en Manila. Su labor: organizar toda la información de las distintas entidades en terreno. "Estuvo bien aprender la importancia de la coordinación en emergencias".

A los tres meses, regresó a España. "Cuando llevaba en Madrid dos semanas, me aburrí", asegura. "Es raro. Gestiono mal estar fuera de casa. Echo de menos todo. Así que cuando viajo para alguna misión, tengo ganas de volver, y cuando regreso, quiero irme", se sincera.

Raso no tardó mucho en volver a Filipinas, esta vez como jefe de proyecto. "Fue la experiencia que más me ha marcado", subraya. Durante un año aprendió la necesidad de trabajar en equipo, conocer a todos los integrantes del mismo y estar informado de sus actividades. "Mi papel era facilitar las cosas: mi equipo trabaja para la gente y yo trabajo para mi equipo", sentencia. Por eso, le afectó profundamente que asesinaran a un compañero. "Fue una situación muy chunga, tenía que intentar no llorar en las reuniones". Todavía, Raso se siente reponsable, cree que en cierto modo fue su culpa y una psicóloga le ayuda a lidiar con esta y otras emociones que acumula por su trabajo. "Ahora paso consulta por Skype", afirma relajado.

Tras Filipinas, ha intervenido en varios destinos como Timor Leste o Líbano antes de recalar en Perú en marzo de 2017. "Mis padres están orgullosos de mí, pero preferirían que no estuviera aquí. Filtro mucho lo que les cuento", dice. Ellos no saben acerca de los demonios que le persiguen en su interior y cae en la cuenta de que, ahora, lo leerán. "Tendré que hablar más con ellos".

Esta entrevista ha sido realizada por ALEJANDRA AGUDO, desde Piura (Perú).

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Alfonso Verdú: “El personal local, el gran olvidado de la ayuda humanitaria”

Para Alfonso Verdú, adjunto del jefe de delegación del Comité Internacional de la Cruz Roja en Somalia, los nacionales son el elemento clave para dar continuidad al trabajo realizado en emergencia

Alfonso Verdú, adjunto del jefe de delegación del Comité Internacional de la Cruz Roja en Somalia.
Alfonso Verdú, adjunto del jefe de delegación del Comité Internacional de la Cruz Roja en Somalia.

Cada vez que se monta a un avión rumbo a una nueva misión, Alfonso Verdú (Ibi, Alicante, 1975) siente un nudo en la garganta. Después de tres lustros trabajando en la acción humanitaria, ese nudo se parece más bien a un cosquilleo, pero se resiste a desaparecer. "Afortunadamente", agrega el adjunto del jefe de delegación del Comité Internacional de la Cruz Roja en Somalia, un país que actualmente se encuentra a las puertas de su tercera hambruna en 25 años.

Antes de aterrizar en Somalia, donde reside desde 2014, pisó más de 20 países, desde Colombia a Siria, pasando por Etiopía y Birmania. Sin embargo, cuando aún era un estudiante de derecho lo que le atraía era el mundo académico y no se imaginaba que terminaría trabajando en acción humanitaria. El gusanillo le picó durante las estancias de estudio en el extranjero y fue entonces cuando decidió especializarse en Derecho Internacional Humanitario.

Su pareja de entonces encontró una explicación para este interés. Le acusó de estar en conflicto permanente por dentro y buscarlo afuera. "En ese momento, sentía rabia por lo que pasaba, las crisis migratorias, el conflicto palestino… Mi trabajo me ofreció la oportunidad de vehicular esta indignación", cuenta Verdú en conversación telefónica desde Somalia.

Se estrenó en las emergencias de la mano de Médicos sin Fronteras, organización con la que trabajó hasta 2013, aterrizando en Darfur (Sudán) como coordinador de proyecto. Corría el año 2006 y aquello era muy distinto de los otros contextos en lo que había trabajado, como Guatemala o Palestina. "Coordinaba un equipo de una docena de trabajadores internacionales, además de unos doscientos sudaneses. La clave en una emergencia siempre está en el personal nacional. Los expatriados siempre tenemos la suerte de volver a nuestros hogares, pero ellos tienen la responsabilidad de la continuación del trabajo hecho", explica.

El Alfonso Verdú que habla desde Somalia es "otro Alfonso", matiza el experto. El paso del trabajo en Médicos sin Fronteras al Comité Internacional de la Cruz Roja le ha permitido explorar nuevos terrenos, como el de la protección de la población civil y proporcionar una asistencia más transversal, que no se limita a la medicina.

Verdú asegura que nunca sintió miedo al sentirse aupado por una organización profesional que cuida la seguridad de sus trabajadores y al documentarse bien antes de embarcarse en una nueva misión. "Cuando pasé a ser coordinador de país en Palestina, tenía como un nudo en la garganta por la responsabilidad del nuevo cargo, al pensar que la seguridad de todo el equipo dependía de mí", recuerda. Tanto él como sus familiares han tenido que enfrentarse a un proceso de asimilación, aunque considera que esta ligera tensión es positiva. "Si no la sientes, significa que crees que lo controlas todo y que te has acostumbrado al peligro. El riesgo de quemarse es real: se trata de un trabajo intenso, vivimos experiencias muy fuertes, vivimos en entornos complicados… Esta normalización representa un enorme riesgo".

En su libro recientemente publicado, Vidas en conflicto (Plataforma Editorial), Verdú aborda cinco problemáticas de la ayuda humanitaria —fronteras, desplazados, enfermedades, guerras y actores—, ilustradas con historias desde Perú, Yemen o República Centroafricana, entre otros países. El primer reto fue el de contar un día a día complicado, sin que sea demasiado duro ni extremadamente simplificado para el lector. A esta dificultad se le añade otra. "Quería ofrecer el lado humano de los casos que puedes encontrar en los informes sobre estos contextos. He intentado que las poblaciones estuvieran en el centro de la narración, pero ha sido difícil y no estoy seguro de haberlo logrado al 100%", señala. "La figura del trabajador humanitario a veces está demasiado mitificada, mientras que el personal local es el gran olvidado, pese a ser el corazón de los proyectos".

Esta entrevista ha sido realizada por TIZIANA TROTTA desde Madrid.

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Mohamed Ag Malha: "Me siento responsable de los refugiados. Tengo el deber de asegurar su subsistencia día a día"

Cada mañana, el maliense Mohamed Ag Malha, alias Momo, que huyó de su país en 2012 junto a miles de refugiados, se recorre el perímetro de Mberra, el campo donde habitan casi 55.000 exiliados en una esquina desértica de Mauritania. El Sahel, dice, se ha convertido en gran problema: "A todos aquí, negros y blancos, nos han quitado todo". Regresar no está en su agenda, pero sí autonomizar la zona con ayuda del Gobierno mauritano y las ONG

Mohamed Ag Malha, alias Momo, es un hombre de paz, antaño profesor de matemáticas y física en la universidad, se pasó al sector privado trabajando con la cooperación francesa y luego alemana (GIZ) y, además de ser actualmente responsable de los campos de refugiados de Mberra, pertenece al grupo de convocados a Roma por la comunidad de San Egidio, un movimiento internacional de laicos por la paz, promovido por el Vaticano, para formar parte de los diálogos que permitan avanzar o resolver, idealmente, el conflicto de Mali.

Con un calor asfixiante fuera, sentado cuan largo es (y lo es mucho) Momo nos habla apasionadamente de las condiciones de vida de los exiliados, el presente y futuro de los campos ("soy responsable, por tanto tengo el deber de garantizar su supervivencia día a día") y de la situación actual de su país; de la forma de vida y las esperanzas de los malienses migrados y del trabajo imprescindible de las organizaciones internacionales para su supervivencia. "Para nosotros es un acto muy significativo, es importante que ustedes, periodistas, vengan a ver y mostrar a la comunidad internacional la situación de este campo cronificado y en riesgo de ser olvidado".

Sostenido por fondos internacionales y del Gobierno mauritano, el temor al olvido internacional y de las ONG y la necesidad perentoria de convertir los campamentos de Mberra en centro de población autónomo está en la agenda. El tiempo apremia. Comida, agua, saneamiento, salud, educación y seguridad son las seis patas a garantizar. "En este momento en el que nos encontramos, 2012 queda ya muy atrás. En 2017 ya hemos superado la fase de urgencia y hemos empezado la fase de la autonomía, que ha llevado a cada socio y sector técnico a centrarse en un trabajo donde se anima a los refugiados a participar, a participar en su vida. Es decir, formamos a los refugiados. Estamos en otro campo, ya no es un campo de urgencia. Por ejemplo, en el sector hidráulico ya no solo vendrá Acción Contra el Hambre a hacer todo el trabajo, sino que lo hará conjuntamente con los comités que se han formado. Saben lo que hacen, saben que el objetivo es apropiarse de las infraestructuras creadas. En otros ámbitos en los que hay peligro, es lo mismo, lo resuelven los grupos de refugiados. Y esta es una manera de darles autonomía y así ir creando riqueza. Por lo tanto, hemos empezado la fase de autonomía considerando que el contexto de seguridad en Mali no nos permite ver cuándo vamos a volver".

Leer entrevista de LOLA HUETE MACHADO completa completa pinchando aquí.

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Elena Vicario: "Los desafíos para mejorar la vida de otros son una gran satisfacción profesional"

Elena Vicario trabajó muchos años en la empresa privada y un día se topó con África y con unos voluntarios. Le cambió la vida. Lo dejó todo y se puso a trabajar en el terreno de la ayuda humanitaria. Ahora es directora de la misión en Mauritania de Acción contra el Hambre

Elena Vicario, directora de la misión en Mauritania de Acción contra el Hambre.
Elena Vicario, directora de la misión en Mauritania de Acción contra el Hambre.

Gracias a su amor por la danza descubrió la italiana Elena Vicario, de 44 años, África y sus circunstancias. Y giro a giro llegó todo lo demás: adiós empresa, hola cooperación. Una experiencia de voluntariado con mujeres en el norte de Ghana le cambió el chip, dice. "En seis años empleada en la privada no sentí satisfacción profesional alguna. Yo estudié baile y quería aprender los ritmos africanos, ese fue el primer paso. Estuve hasta en un grupo aquí, sí, y desde ahí ya empecé a querer conocer y comprender más… Cuando regresé de Ghana tenía claro que iba a cambiar mi orientación laboral". Empezó a trabajar con varias ONG en Sierra Leona, Burkina Faso… Hasta hace apenas un año andaba atareada en Líbano. Y ahora es directora de la misión en Mauritania de Acción contra el Hambre, su première con esta organización francesa. A día de hoy, su familia permanece en Europa. Su hijo ocupa, sin embargo, espacio constante en su memoria y en la de su ordenador (esos benditos aparatos que permiten la charla distante pero cercana). ¿Qué le quita el sueño hoy? "La construcción de más de mil letrinas en el medio del desierto", se ríe.

Sobre las dificultades personales y los retos laborales que tiene y tienen en este trabajo, esos que deben asumir diariamente en el país subsahariano para sacar adelante los objetivos, habla con fruición en la entrevista (ver vídeo) grabada en la playa de Oceanic, en las afueras de Nuakchot, la capital. "Esta ciudad se ha formado hace apenas medio siglo sin plan urbanístico; no hay muchos espacios públicos o de ocio", cuenta. "Las mujeres occidentales tenemos aquí, además, un perfil difícil, no podemos salir libremente a cualquier sitio. Vivimos más en el interior, en las casas, se organizan cenas entre amigos, compañeros, conocidos. Hay algunas actividades con el centro cultural francés u otros, pero muy limitadas en comparación con urbes como Dakar. Así que esta playa es uno de los pocos lugares donde a veces nos podemos relajar", dice señalando el horizonte y el mar.

En la distancia, y con espejismos incluidos bajo el calor tórrido, apenas se ven un par de restaurantes en jaimas y palmeras desoladas, algunas pequeñas mezquitas solitarias. A un lado queda la inmensa y desangelada nueva carretera que va desde la capital al aeropuerto y luego más allá, hacia Nuadibú, hacia el norte comercial y minero, el saheliano, el marroquí; la vía terrestre usada para llegar hasta Europa. Espacio urbano público, no, pero espacio vacío es algo que abunda en Mauritania, un regalo de kilómetros y kilómetros de la nada más absoluta (tiene el doble de superficie que España, un millón de kilómetros cuadrados, y poco más de tres millones de habitantes). Y un problema para cualquier logista avezado. ¿Cómo repartir alimentos? ¿Cómo hacerlo a tiempo? "El acceso a muchas zonas, por la lejanía o por las lluvias, por ejemplo, se convierte en pesadilla".

"La razón por la que Acción contra el Hambre está aquí desde hace una década", cuenta, "es que trabajamos en emergencias y contra la desnutrición y este país tiene ambos, especialmente en periodos de sequía". Prevención y asistencia en cuestiones de acceso al agua, saneamiento y alimentos son sus tareas, algo que hacen con ECHO, de la Unión Europea, Acnur y donantes franceses. "Ha habido periodos de sequía en 2015 pero el más grave fue en 2012, que arrasó todo el Sahel y dejó tocada a la mitad de la población. Tenemos dos proyectos de seguridad alimentaria, en Nema y en Guidimaka, y también en Nuakchot, porque un tercio de la población mauritana vive aquí. Cada año hay más presión sobre los recursos urbanos".

En el terreno de emergencias, afectan mucho aquí los conflictos de Mali. Muy importante es para ACH el campo de refugiados de Mberra, situado a 1.300 kilómetros de Nuakchot. Para llegar por tierra a Bassikounou, la ciudad más cercana, se tarda dos o tres días, depende, otra vez, de la estación y las lluvias. Solo se puede acceder varias veces en semana con un avión fletado por Naciones Unidas.

Unas 55.000 personas, según las últimas estadísticas, habitan en dicho campo, y el número va creciendo: "Han llegado 6.000 nuevos este año, desde enero, aunque siempre hay algunos que deciden volver para ver si pueden rehacer sus vidas". Se trata de gente que tuvo que huir de su país, sin recursos, sin posibilidad de trabajar, no lo tienen fácil en lo educativo tampoco porque el sistema de Mauritania es distinto al que tenían en Malí…“Nosotros nos encargamos en los campamentos de lo que se llama el sector WASH, de todo lo relacionado con agua y letrinas”. Dos temáticas fundamentales en la gestión de un campo de refugiados, no solo se trata de acogida o alimentación. "Se deben asegurar los servicios básicos para que las condiciones no degeneren", continúa. En Mberra se afanan las agencias de Naciones Unidas, como IOM y Acnur, el Programa Mundial de Alimentos, y el Gobierno mauritano, que vela por la seguridad ante la cercanía de la frontera de Malí y el temor al terrorismo yihadista.

Una de las preocupaciones de Elena Vicario como jefa de misión es que baje el interés exterior por Mauritania y por tanto, la financiación se vuelva complicada.

"Tenemos un gran desafío: esta es una crisis cronificada, un tanto olvidada y cada vez cuesta más encontrar donantes. Además, no se trata de mucha población comparado con otros lugares". Pero eso no les detiene, asegura. "La idea es expandir el mensaje y que se sepa lo que aquí está pasando y, sobre todo, lo que puede pasar si la situación se deteriora".

En el contexto de África Occidental el reto, confiesa, es implicar a las administraciones públicas y locales: "Trabajar con gente que entienda, se interese y sea capaz de rendir cuentas". Pelean ahora para que la desnutrición se incluya en la agenda política. "Se prometió que se invertiría un 5% pero, de momento, no llega al 1%”. Junto a otras ONG intentan poner en marcha campañas de lo que llaman "incidencia política" ("como lo que estoy haciendo ahora mismo contigo", se ríe), pero sin que parezca una injerencia, algo de lo que casi todas las organizaciones se cuidan muy mucho. Y luego, cual yinkana, existe otro factor de dificultad añadido: el acceso mismo a las comunidades árabes. "Estas están organizadas por clanes, con una dinámicas que no son a las que estamos acostumbrados los europeos".

¿Y encuentra satisfacción en todo esto en comparación con lo que hacía en el pasado?

Dice que sí, que es satisfactorio trabajar con la sociedad civil. Y aún más: "El reconocimiento de Acción contra el Hambre por parte de otras organizaciones y también del Gobierno mauritano; que seamos un referente en temas de desnutrición… Eso lo es y mucho".

Una entrevista de LOLA HUETE MACHADO desde Nuakchot (Mauritania).

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Doulo Traoré y Yahya Gnokane: "Lo que nos falta en África es formación técnica y trabajo"

Doulo Traoré y Yahya Gnokane son dos expertos jóvenes que aprovecharon todos los recursos posibles para formarse en el extranjero y aplicar luego lo aprendido en su país. Ambos creen que en Mauritania, con lo que tiene, se puede lograr una vida mejor para todos. Se empeñan cada día en ello con su labor diaria en Acción contra el Hambre

El avión de Naciones Unidas que permite acceder desde la capital mauritana Nuakchot a Nema y Bassikounou, al sur, en la frontera maliense, solo vuela tres veces por semana. Y durante el tiempo en que se realizaron algunos de los reportajes de nuestro especial sobre emergencias, se averió y salió con dos días de retraso, así que la misión del equipo de Acción contra el Hambre junto a los periodistas de Planeta Futuro/EL PAÍS mutó. Hubo que improvisar. Rehacer la agenda permitió conocer mejor al personal de la organización trabajando en la sede central de Nuakchot. Cuatro entrevistas grabamos —en las terrazas y jardines de la sede central de la organización y en la azotea de la casa de la directora, Elena Vicario— para enterarnos de lo que les impulsa cada día a hacer su trabajo. Dos de ellas se pueden ver aquí, y el resto aparecen en cortes en el vídeo general publicado junto al artículo titulado Agua, pan y letrinas: los básicos de todo campo de refugiados autónomo. Lo hablado y registrado durante esas dos jornadas "de asueto" nos ayudó a estar más preparados para lo que encontraríamos luego en las visitas a terreno en la zona de Nema y Bassikounou, pues tal era el plan, pero también a conocer de primera mano a los equipos y sus tareas.

Las historias de dos de los coordinadores de áreas, Doulo Traoré y Yahya Gnokane, treintañeros ambos y padres de familia, mostró que tienen algo en común además del trabajo y la organización a la que pertenecen. Ambos son ejemplo de africanos con formación superior que invierten sus conocimientos en el desarrollo local de sus países. Asunto este que no es baladí para el continente. Algo, quedarse en casa, que como dicen las estadísticas, no sucede precisamente con todos aquellos que llegan al nivel superior de estudios: la diáspora está repleta de licenciados. Una lacra para África. Y además, ambos estudiaron en el exterior de su país. Se formaron en especialidades que, o no existen, o son de preparación insuficiente o incompleta en Mauritania, y aun teniendo opciones de quedarse en el extranjero han preferido regresar a aplicar lo aprendido y a servir, claramente, a la población.

Doulo Traoré recibió una beca de la Agencia Española de Cooperación (AECID) cuando era ingeniero para cursar un máster en Zaragoza. Su español, que no usa habitualmente, se mantiene en buen estado. Y con él nos explica, en el vídeo de arriba, todo lo que tiene que ver con su tarea como coordinador del área llamada WASH (agua, saneamiento e higiene, en inglés).

Yahha Gnokane es médico general formado en Senegal, trabajó anteriormente con Médicos Mundi Andalucía, y ahora con AcH donde su mayor empeño es crear una suerte de lobby por "la salud" y mejores servicios sanitarios que permita, implicando a las autoridades civiles y religiosas y a las comunidades locales, mejorar el estado precario en que se encuentra y alejar de sanadores y curanderos a los enfermos.

Ambos trabajan a pie de calle. Idean cada día cómo conseguir que la población aplique medidas básicas pero que tengan gran impacto en la salud y la alimentación. Para atraer a las comunidades locales, por ejemplo, han ideado un programa llamado Actividad Generadora de Ingresos que ayuda a poner en marcha iniciativas como pequeños negocios. "Y del dinero que se asigna, un porcentaje se dedica a medicamentos, el otro para servicios de salud y el tercero va para el comité creado para tal labor, formado por seis personas". Así han conseguido montar ya 18 comités en distintas localidades y más de 300 proyectos (carnicerías, panaderías, puestos de artesanía) que consiguen movilizar a la gente y generar beneficios comunes, ya con solo ponerlos en marcha.

Yahya nos explicó lo importante que es contar con los líderes locales de las aldeas para sacar adelante cualquier plan, puesto que ellos son los más respetados. Y uno importantísimo ahora "es conseguir que los hombres consideren que la nutrición e higiene de la familia es asunto también suyo". Para ello se han ido allí donde más apoyo se puede lograr aunque cueste: a las mezquitas. "¿Por qué el imán no habla de salud, de las mujeres, de niños, de la comida?". Así que se fueron los equipos de AcH de caravana por las aldeas durante 15 días cargados con una colección de siete libritos titulados: Islam y nutrición; Higiene en la familia, Lavado de manos, El Islam y la alimentación de la mujer… Hoy la idea se ha copiado en Nigeria, en Níger, en Malí…

Una entrevista de LOLA HUETE MACHADO desde Nuakchot (Mauritania).

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