Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Tan viejo y tan moderno

Hay un plano moral perverso que afecta al debate de la gestación subrogada en España: aquel que dice que si la mujer es libre para abortar, lo es para alquilarse

Elisabeth Moss y Madeline Brewer en "El cuento de la criada".
Elisabeth Moss y Madeline Brewer en "El cuento de la criada". IMBD

En casa estamos viendo El cuento de la criada, una serie que presenta la distopía de un mundo ordenado con supuestos familiares, no en vano el relato de Margaret Atwood se incrusta en una tradición conocida: la dictadura política de Orwell y la de la felicidad de Huxley. Para conseguirlo, El cuento de la criada levanta testimonio de un aplastamiento, el de la mujer: ha sido confinada al sótano tras un proceso gradual que, aun incluyendo su erradicación del mundo laboral y económico, no agitó lo suficiente a nadie. Prueba de ello es la reacción de un protagonista al saber que su mujer ya no podrá ganarse la vida por sí misma: “Yo cuidaré de ti”.

En el mundo de Atwood esas mujeres sólo valen para dar hijos y entregárselos a las parejas infértiles de las élites. Para eso, la criada se tumba con la cabeza entre las piernas de la señora, mientras el señor la penetra mirando a su esposa. Hay otra escena, ésta modernísima. Cuando la criada se pone de parto, se sienta en una silla y, pegada a su espalda también con las piernas abiertas, se sienta la señora. Las dos respiran y empujan, las dos se retuercen de dolor, las dos gritan cuando el bebé empieza a salir y las dos lloran al verlo; entonces, la que estaba detrás fingiendo se tumba en la cama y recibe al niño.

Hay un plano moral que afecta al debate de la gestación subrogada en España: aquel que dice que si la mujer es libre para abortar, lo es para alquilarse. Se pasa por alto ya no la empatía, a la que no se espera en según qué debates, sino algo que siempre ha intoxicado la discusión sobre la interrupción voluntaria del embarazo: la mujer no sufre, a la mujer no le afecta, la mujer aborta por necesidad o vicio sin consecuencias psicológicas.

Esa visión, perceptiblemente masculina, entiende que la mujer que acepta dinero por gestar un bebé va a seguir siendo la misma mujer tras parirlo y entregarlo, y, si no lo es, entra dentro del precio. Esa visión, masculina hasta la piedad, entiende que cuando llega el mercado con su pesada jerga lo demás es secundario: el embarazo como contrato laboral, la gestación sujeta a convenio colectivo. Como siempre, se trata de hacer un mundo mejor; como se dice en la serie, un mundo mejor no significa que sea mejor para todos. Por eso una criada no podrá tener hijos del vientre de una señora porque lo que separa a todo el mundo es el dinero; por eso el asunto se aborda desde la perspectiva anticipada por Atwood: cuerpos que legislan mandando sobre cuerpos gestadores. Tan viejo y tan moderno.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.