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Fracaso en Taormina

Trump no puede ignorar los problemas económicos y medioambientales

La reunión del G7 en Taormina ha resultado un fracaso predecible. Con su actitud en la cita, Donald Trump ha ratificado que sus ideas (elevarlas a categoría de política articulada sería excesivo) constituyen un obstáculo potencialmente grave para el comercio internacional y para cualquier iniciativa que pretenda frenar el cambio climático, una amenaza real para el planeta que la Administración estadounidense actual parece decidida a ignorar. Es un fracaso que Trump haya dado largas a una decisión —que se adivina negativa— sobre el clima; es una pobre victoria que el acuerdo final reconozca un rechazo genérico, más bien escuálido, del proteccionismo y no puede considerarse un triunfo el acuerdo pleno de lucha contra el terrorismo, porque nada más fácil que lograr un pleno acuerdo antiterrorista mundial. Cuando Angela Merkel ha definido la negociación como “difícil e insatisfactoria” probablemente se ha mostrado diplomática.

Taormina ha explicado con claridad al mundo lo que significa “América primero”. Trump carece de respuestas para los problemas globales que vayan más allá de sus obsesiones regresivas sobre la economía y sobre la seguridad. Es significativo que siga insistiendo en que Europa aporte más al gasto defensivo común, cuando ya existe un compromiso para aumentar esa participación. Da la sensación de que la política exterior real, sobre economía, medio ambiente y seguridad, de la Administración actual se resume en unos modos de perdonavidas del presidente. Y, de paso, desprecia, dando largas si es necesario, cualquier propuesta que implique algún grado de compromiso.

Se avecinan tiempos oscuros y difíciles para la diplomacia y propicios para un aislacionismo activo de Estados Unidos. Los problemas económicos y medioambientales no pueden congelarse porque así se imponga desde el “América primero”.

 

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