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Una huelga disparatada

Mezclar los deberes escolares con problemas ideológicos complica el pacto educativo

Huelga de deberes
Alumnos de primaria esperando para entrar en una escuela de Barcelona.

El boicoteo a las tareas escolares en casa por parte de la Confederación Española de Padres y Madres del Alumnado (CEAPA) parece una iniciativa demasiado aventurada como para embarcar en ella a millones de familias. Pero lo que resulta disparatado es haber convocado una “huelga de deberes” en fines de semana, implicando a niños de corta edad en la insumisión frente al centro escolar y a sus profesores. Es un modo de inculcar valores de rechazo desde las edades más tempranas de la vida y de confundir el enfoque de lo que debe ser la comunidad educativa.

No pocos expertos coinciden en que las tareas escolares sirven para afianzar conceptos y contribuyen a valorar el esfuerzo personal. Es discutible el tiempo que debe dedicarse a estos deberes, sin duda mucho menor en la primaria que en la secundaria, y los profesores de cada centro han de coordinarse para no recargar innecesariamente a los estudiantes. Pero carece de sentido oponerse por principio a un método cuya desaparición afectaría a la igualdad de oportunidades, privilegiando a estudiantes a los que asistir a clase les basta para asimilar conocimientos o técnicas, frente a otros necesitados de trabajarlos.

Es verdad que puede existir un problema de equidad en el fomento de las tareas en casa, bien porque hay familias que no tienen conocimientos para ayudar a sus hijos, bien porque no pueden pagar una academia o clases particulares. La manera de atacar ese problema podría ser la de contar con profesores de apoyo. Ahí sí existe un terreno reivindicativo bastante más útil y constructivo que el de suprimir los deberes de un plumazo y para todos.

El error principal es el de enfocar la educación como un asunto que compete solo al centro escolar. Al contrario, es una de las tareas que la sociedad debe tomarse como prioritaria en un país francamente necesitado de mejorar los niveles de la enseñanza, sin conformarse con lanzar anatemas contra el sistema y culpando de los enormes niveles de fracaso escolar exclusivamente a las leyes cambiantes y/o a la incapacidad de los profesores. No hay duda de la responsabilidad de la política en el diseño y aplicación de los sistemas educativos, pero es absurdo politizar también el aprendizaje de los hábitos de estudio y del valor del esfuerzo personal. Mezclar esta cuestión con los problemas ideológicos puede complicar aún más la oportunidad de intentar un pacto educativo en España, pendiente desde hace demasiado tiempo.

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