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“El colonialismo no es solo europeo”

El especialista español en derechos indígenas habla claro sobre las injusticias que aún atenazan a los pueblos originarios del mundo

Clavero, durante su presencia en Lima, en agosto pasado, para participar en la ‘Diplomatura de Estudio Internacional en Litigio Estratégico de Derechos Indígenas’.
Clavero, durante su presencia en Lima, en agosto pasado, para participar en la ‘Diplomatura de Estudio Internacional en Litigio Estratégico de Derechos Indígenas’. IIDS

De pronto, al acordarse de un episodio que vivió en Bolivia, hacia 1994, Bartolomé Clavero, el jurista e historiador madrileño que ha dedicado gran parte de su vida a explorar los derechos de los pueblos indígenas, entra en un estado de serena pero memoriosa indignación. “Tenía una secretaria –cuenta– que era eficientísima, en una universidad, y un día me llamó un representante de una agencia de Naciones Unidas para pedirme que le mande una más presentable”.

El asunto era, claro, que la joven iba a trabajar con la pollera típica boliviana. Según relata Clavero, había nacido fuera de La Paz, tenía una cultura doméstica, "digamos rural", y nunca se había planteado modificar su imagen. En el mundo post colonial en que vivimos, sin embargo, esa presencia todavía es considerada algo hereje. O por lo menos incómoda. Acaso –porque como dice este profesor invitado a Lima por el Instituto Internacional de Derecho y Sociedad– el colonialismo casi ha pasado, pero la colonialidad persiste.

En otras palabras, los tiempos de los grandes imperios coloniales, que ocupaban territorios y los gobernaban sin rubor, concluyeron. Pero con eso no acabaron los problemas, especialmente respecto de los pueblos originarios en todo el orbe. “La colonialidad –sostiene el autor del libro ‘¿Hay genocidios cotidianos? Y otras perplejidades de América Indígena’– es una relación de dependencia, de subordinación, de desigualdad, entre Estados y la ciudadanía de esos estados”.

Y continúa respirándose en el mundo. Hay un “colonialismo interno”, que se ve en países como México, Guatemala, Perú. E incluso en Bolivia y Ecuador, donde se han producido avances notables en sus Constituciones nacionales y en su práctica social, que es en realidad lo más importante. “En los cincuenta –recuerda Clavero volviendo a sus memorias bolivianas– los indígenas ni siquiera podían entrar a La Paz, hasta tenían que tener un pasaporte que indicara que iban al trabajo doméstico. Hoy ya no es que en Bolivia eso no se ve, es que es simplemente un delito”.

La colonialidad es una relación de dependencia, de subordinación, de desigualdad, entre Estados y la ciudadanía de esos estados

Aún así, la sombra de segregación que persigue a los indígenas no se ha esfumado. Las propias leyes bolivianas y ecuatorianas, al declarar que existe un derecho a la identidad indígena, reconocen que “hay una descolonización pendiente”, como señala este investigador. Un bache adicional proviene del auge de las industrias extractivas, que se han expandido no solo por América Latina, sino, además, por buena parte del mundo donde hay territorios indígenas.

“Esto no ocurría hace 10 años, es un fenómeno del siglo XXI, no del siglo XX. Entre otras razones por el poder que tienen estas industrias, en las instancias nacionales e internacionales”. Cuando se observa la profusa cantidad de conflictos sociales, o más puntualmente socioambientales que hay en la región (en Perú, concretamente, son abundantes), parece confirmarse esta apreciación. Casi no hay país donde este tipo de conflictos no broten.

Clavero lo sabe de ahora y de antes. Su repertorio de experiencias de campo aleccionadoras, en territorios indígenas es vasto. En 1994, por ejemplo, fue miembro de la Misión de la Observación Electoral de la Unión Europea (UE) en Guatemala. A diferencia de sus compañeros, no pidió ir a una zona tranquila, o incluso turística, sino a la comunidad más alejada. Allí donde incluso podría ser peligroso ir. En concreto: al territorio de los indígenas de la etnia Chuj.

Tenían fama de intratables e incluso habían amenazado de muerte a quienes se acercaran a cortar madera en los lugares donde ellos habitaban. Pero no se trataba de un mal carácter genético, por supuesto. “El bosque, todo el bosque y no solo la madera –relata Clavero–, había sido talado por el ejército para impedir el paso de la guerrilla guatemalteca hacia Chiapas”. Era esperable, por tanto que reaccionaran de ese modo, que se negaran incluso a recibir apoyo de la UE.

También estuvo con los miembros del pueblo Ayoreo, un grupo indígena que vive en el Gran Chaco, una zona enclavada entre Bolivia y Paraguay, de difícil acceso, agreste como ella sola, no muy apta para la agricultura. Estando allá hizo una constatación antropológica muy sugerente: este pueblo tiene una parte en aislamiento voluntario y otra en contacto inicial. Los primeros se comunican con el mundo de afuera a través de los segundos, sin intermediarios.

El PNUD es una instancia que dirige las agencias de ONU en los Estados y responde claramente a intereses empresariales

Es decir que no hay acceso al territorio ayoreo en aislamiento de los que no son ayoreos. “Todo eso te destroza los esquemas –explica Clavero– y entonces te preguntas: ‘Necesito tener más relación con este mundo para pensar, escribir, mínimamente con cierto sentido sobre ello’. Hay compañeros que no tienen conciencia ni de que los indígenas existen”. Esas incursiones en el campo lo marcaron profundamente, tanto como lo académico, y nunca más las olvidó.

Las misiones de Naciones Unidas en las que trabajó sumaron asimismo a su itinerario vital y profesional. Con todo, no es acrítico con esta organización que lo acogió y con la que aún mantiene vínculos. “El PNUD es una instancia que dirige las agencias de ONU en los Estados y responde claramente a intereses empresariales. Las normas de la ONU no responden a intereses empresariales, ni mucho menos, pero hay esa doble valencia”.

La Organización Mundial del Comercio (OMC), que no pertenece a la ONU, también tiene de acuerdo a su punto de vista una conexión con los intereses privados, aun cuando haya incorporado el discurso de protección a los indígenas. El mundo contemporáneo, a sus ojos, no parece estar hecho para que el reconocimiento de los indígenas sea real, tangible. Se trata de una lucha, en la que hay logros, pero que tiene numerosos asuntos pendientes en el tintero global.

Uno de ellos, fundamental, es el de la sabiduría acumulada, ese conocimiento que los pueblos originarios han acumulado para manejar los ecosistemas, el agua, las plantas consideradas medicinales. “Eso es ciencia, pero no de laboratorio, es ciencia empírica”, dice Clavero. Ha sido reconocida, solo que parcialmente, como resulta demostrable cuando se ausculta algunos documentos del Derecho Internacional, entre ellos el Convenio de Diversidad Biológica.

En el preámbulo se declara que los pueblos indígenas han conservado una diversidad que se consideraba perdida para la Humanidad. “Ok, la medalla y qué más”, dice con cierta indignación el jurista. A continuación, se afirma que se les va a “permitir” participar en las decisiones para el aprovechamiento de esos recursos. En suma, que ellos no decidirán completamente, sino los Estados, algo que para Clavero suena, digamos, colonial.

Hemos estado viviendo en un mundo de ficción, en un mundo de Estados que controlaban la geografía terrestre, con fronteras comunes. Eso es falso

O al menos paternalista. Para él, la ruta es que los indígenas puedan acceder, realmente, a la libre determinación, y que esto no se evada con recovecos legales, o que se ignore por el desconocimiento del resto de la población. Una vena que evidencia lo poco que conocemos este mundo es, justamente, la existencia de indígenas en aislamiento voluntario, que en América del Sur se agrupan en por lo menos cien pueblos o segmentos de ellos.

“Hemos estado viviendo en un mundo de ficción, en un mundo de Estados que controlaban la geografía terrestre –sentencia Clavero–, con fronteras comunes. Eso es falso. Y en las Américas es falsísimo. Sigue habiendo territorios que el Estado no domina. Los Estados son soberanos sobre todo en su territorio, pero hoy se acepta que los pueblos en aislamiento voluntario tienen derecho a mantenerse en aislamiento y a decidir sobre sus recursos. Entonces, son soberanos”

¿Hay algún país que ha logrado el punto de equilibrio entre el Estado moderno y la libre determinación de los pueblos indígenas? No, según Clavero, no lo hay, pero ese es el reto. Ecuador y Bolivia han marcado un hito. Los nepalíes acudieron al gobierno boliviano para buscar consejo sobre cómo crear un estado plurinacional, pero aún así ha habido problemas, verbigracia cuando Evo Morales quiso crear una carretera que atravesaría el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Securé (TIPNIS). El proyecto fue suspendido por las protestas.

Canadá es un ejemplo interesante. Pero aunque tiene una Constitución que reconoce los derechos indígenas, en sus provincias a veces tiene políticas menos avanzadas. Los inuit, sin embargo, tienen autonomía respecto a Dinamarca, algo antes impensable según Clavero. Son avances significativos, que no neutralizan la realidad clamorosa de que aún hoy, en todo el mundo, ser mujer e indígena es la mejor garantía para estar entre los más pobres de los pobres.

Y hasta subsisten genocidios cotidianos, en palabras de Clavero. Un ejemplo, claro y penosamente vigente a pesar de los últimos acontecimientos es el de Colombia. Por la guerra interna, ahora con posibilidades de amenguarse, y por las políticas públicas que dan ventaja a las industrias extractivas, se dispararon el desplazamiento y la miseria, y se puso en riesgo incluso a pueblos enteros, como los Awá. La colonialidad, en suma, sigue actuando sin descanso.

—¿Puede cambiar todo esto?

—Hay condiciones que no existían no hace tantos años. Eso da un poco de optimismo, aunque hay situaciones que no van en un sentido claro. Se superan unas discriminaciones y quedan otras. Pero esto va a cambiar, lo sé, tiene que cambiar. Tiene que cambiar mucho más, en la línea de los cambios que se están dando en el mundo…

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