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COLUMNA i

Patria

Un hijo terrorista y un marido asesinado por ETA en un pequeño pueblo de Gipuzkoa. Dos familias amigas destruidas por la violencia, que las arrojó a bandos opuestos y transformó en enemigas. Adelantamos un capítulo de ‘Patria’, una obra en la que el escritor Fernando Aramburu novela tres décadas de historia del País Vasco.

LLAMARON AL timbre. El sonido corto, seco, sorprendió a Bittori mientras ojeaba, sentada en el sillón de la sala, las carátulas de su vieja colección de discos de vinilo. Desde que le había dado por volver a la casa del pueblo, era la primera vez que escuchaba aquel timbrazo estridente, tan familiar para ella en otro tiempo.

No se sobresaltó. ¿Esperaba visita? Sí y no, pues yo suponía que tarde o temprano alguno, más bien alguna, vendría a curiosear, a preguntarme, a saber de mis intenciones.

No en vano, unos días antes, tuvo un encuentro por la calle con una conocida, tan mal escenificado que no le cupo la menor duda de que no había sido casual.

–Jesús, Bittori, cuántos años sin verte. ¡Qué alegría! Estás tan guapa como siempre.

Le subieron unas palabras ácidas a la boca: sí, es que, ¿sabes?, favorece mucho que a una le maten el marido y se quede viuda y sola. Pero se las tragó. La había visto de lejos, apostada en la esquina. Me está esperando, me hará las preguntas que le han pedido que me haga. Se las hizo, fingiendo que se le ocurrían de improviso. Una de las que no fue al funeral, de las que no le dio el pésame, de las que dejaron de saludarnos cuando empezaron las pintadas. No odies, Bittori, no odies. Le contestó con evasivas y vaguedades, dedicándole una sonrisa postiza que le dejó una sensación gelatinosa, fría, de medusa muerta dentro de la boca.

Abrió. Don Serapio. Cuánta unción en la mirada, cuánta dulzura en el arco de las cejas. Esas manos pálidas, delicadas, que se separan y se juntan, el alzacuello, la loción para después del afeitado. Y, entretanto, ella, cuarzo facial, no movía una pestaña. ¿Asombro? Ni medio gramo. Lo mismo que si al abrir la puerta no hubiera encontrado a nadie en el descansillo.

El cura avanzó con intenciones abrazantes, decidido a rozar mejillas. Siempre abrigó afición al afecto dérmico este hombre. Bittori reculó brusca, tensa de facciones, marcando las distancias. Él dijo en euskera que la venía a visitar. Ella lo escrutaba con ostensible prevención, una mano en el canto de la puerta por si se terciaba cerrársela de golpe en las narices. Le respondió/ordenó, tuteadora, en castellano, que pasara.

En la casa de Dios mandará él, pero en la mía mando yo. Y don Serapio, ya cumplidos los setenta, se adentró en la vivienda escudriñando suelos y paredes, muebles y adornos, que no parecía sino que usaba los ojos como cámaras fotográficas. A su olfato, iban a dar las dos de la tarde, llegó el olor de las alubias con morcilla que Bittori había puesto a calentar en la cocina.

–¿Haces vida aquí?

–Claro, es mi casa.

Bittori le cedió el sillón donde había estado ojeando su colección de discos. Se lo cedió para que, cada vez que levantara la vista, sus ojos tropezasen con la foto del Txato colgada en la pared. Y ella se trajo una silla de la cocina. El cura inició una conversación de circunstancias. Prodigó halagos, ademanes de blanda amabilidad, palabras hinchadas de humilde entonación, tratando de gobernar el coloquio; pero ella, las pocas veces que intervino, tiró con desafiante resolución hacia el castellano, de tal manera que don Serapio, en un claro gesto por quitar aspereza a la situación, desistió de emplear el euskera.

Rana verbal, saltaba de un temita, semitema, subtema a otro, deteniéndose brevemente en cuestiones meteorológicas, de salud y familia, hasta que Bittori, que aún estaba sin comer y guardaba pocas provisiones de paciencia, zanjó:

–¿Por qué no hablas de lo que has venido a hablar?

Sin poder evitarlo, don Serapio dirigió una mirada instintiva, por sobre la cabeza de su hosca interlocutora, a la foto enmarcada del Txato.

–Está bien, Bittori. Yo no sé si has caído en la cuenta de que tu presencia en el pueblo causa cierta inquietud. Inquietud no es la palabra exacta.

–¿Alarma?

–Me he expresado mal. Te pido disculpas. Vamos a decir que la gente ve que vienes todos los días y siente extrañeza y se hace preguntas.

–¿Y tú cómo sabes que se hace preguntas? ¿Van a la iglesia a contártelo?

–En el pueblo las novedades se difunden con rapidez. Lo cierto es que desde que vienes corren los comentarios. Llegas a tu pueblo, eso no te lo discute nadie. Y, por mí, bienvenida seas. Sin embargo, las cosas son más complicadas de lo que a primera vista pudieran parecer, y el que tú tengas el derecho legítimo de volver a tu casa no quita para que otros vecinos tengan también sus derechos.

–¿Por ejemplo?

–Por ejemplo, a que se les permita rehacer sus vidas y a darle una oportunidad a la paz. La lucha armada ha golpeado con dureza a nuestro pueblo, como también, no debemos olvidarlo, algunas actuaciones de las fuerzas de seguridad del Estado. Hemos tenido por desgracia muertos: tu marido, que en paz descanse, y aquellos dos guardias civiles del atentado en el polígono industrial. Sin buscarles paliativos a esas terribles tragedias que tanto dolor nos producen, no debemos perder de vista el sufrimiento de otras personas. Aquí ha habido represión, se han hecho registros domiciliarios por las buenas, se ha detenido a inocentes y los han maltratado o, para ser más exactos, torturado en los cuartelillos. Ahora mismo tenemos nueve hijos de la villa con penas de muchos años en la cárcel. Yo no voy a entrar en razones de si merecen o no el castigo. No soy jurista, tampoco político, tan sólo un simple sacerdote que quisiera contribuir a que la gente de su pueblo viva en paz.

–¿No estarás insinuando que la paz está en peligro porque la viuda de un asesinado viene a pasar unas horas en su casa?

Así me lo dijo. Que no vaya al pueblo para no entorpecer el proceso de paz. Ya lo ves, las víctimas estorban. Nos quieren empujar debajo de la alfombra.

–En absoluto. Yo sólo he venido a pedirte un favor en nombre de la gente del pueblo. Si me lo concedes, te estaré muy agradecido; si no, acataré resignadamente tu decisión. Sé que has sufrido, Bittori. Lo último que se me ocurriría es poner en duda tus sentimientos o hacerte reproches. Os he tenido siempre presentes a ti y a tus hijos en mis rezos. Y créeme que si tu marido no está ahora en la presencia del Señor, no será porque yo no lo haya suplicado cien y mil veces. Pero así como Dios se ocupa de las almas de los difuntos, a mí me toca encargarme de las almas de los vivos de la parroquia. ¿Lo hago bien, lo hago mal? Seguro que cometo errores. Seguro que no empleo las palabras adecuadas y más de una vez he dicho lo que no debía y no quería decir. O hablé cuando tenía que haber callado. O callé cuando tenía que haber hablado. Soy imperfecto como el que más. Con eso y todo, debo cumplir hasta el final de mis días la misión que me ha sido encomendada. Sin desfallecimientos, sin desánimo. ¿Entiendes que yo no puedo ir a casa de una de esas familias, que también están destrozadas, y decirles: no, lo siento, vuestro hijo militaba en ETA, que os zurzan? ¿Tú harías eso si estuvieras en mi lugar?

–Yo en tu lugar hablaría claro. ¿Qué quieres de mí?

Esta vez el cura, en lugar de levantar la mirada hacia la foto del Txato, la detuvo un instante en el suelo, entre los pies de Bittori y los suyos.

–Que no vengas.

–¿Que no venga a mi casa?

–Durante una temporada, hasta que las aguas vuelvan a su cauce y haya paz. Dios es misericordioso. Lo que has sufrido aquí te lo compensará en el más allá. No dejes que el rencor se adueñe de tu alma.

A la mañana siguiente, todavía con sensación de sofoco, Bittori subió a Polloe a contárselo al Txato. Habló de pie, ya que, como llovía con fuerza, prefirió no sentarse en el borde de la losa mojada.

–Así me lo dijo. Que no vaya al pueblo para no entorpecer el proceso de paz. Ya lo ves, las víctimas estorban. Nos quieren empujar con la escoba debajo de la alfombra. Que no se nos vea y, si desaparecemos de la vida pública y ellos consiguen sacar a sus presos de la cárcel, pues eso es la paz y todos tan contentos, aquí no ha pasado nada. Dijo que ha llegado el tiempo de que nos perdonemos los unos a los otros. Y cuando le pregunté a quién tengo yo que pedir perdón, respondió que a nadie, pero que por desgracia yo era parte de un conflicto en el que estaba implicada toda la sociedad, no sólo un grupo de ciudadanos, y que no se puede descartar que aquellos que deberían pedirme perdón, a su vez esperen que otros les pidan perdón a ellos. Y como esto es muy difícil, el cura cree que lo mejor es que, ahora que no hay atentados, la situación se calme y que termine la crispación y vayan aminorando con ayuda del tiempo el dolor y los agravios. ¿Qué opinas, Txato? No perdí los nervios, pero tampoco me callé. Le dije:

Bittori miró derechamente a los ojos del cura.

–Escucha, Serapio. Quien no me quiera ver en el pueblo, que me pegue cuatro tiros como al Txato, porque pienso seguir viniendo tantas veces como me dé la gana. Total, lo único que podría perder, la vida, ya me lo rompieron hace muchos años. No espero que nadie me pida perdón, aunque, la verdad, ahora que lo pienso, me parecería un gesto bastante humano. Y termino porque se me está pasando la hora de comer. Dile a la persona que te ha mandado visitarme que no pararé hasta conocer todos los detalles relativos al asesinato de mi marido.

–Bittori, por el amor de Dios, ¿para qué hurgas en esa herida?

Y entonces le respondí:

–Para sacarle todo el pus que aún lleva dentro. Si no, nunca se cerrará. Ya no hablamos más. Se fue de casa bastante mustio y con cara como de marcharse ofendido. Me da igual. En cuanto vi por una rendija de la persiana que había salido a la calle, corrí a la cocina a comerme un buen plato de alubias porque me estaba muriendo de hambre. ¿Tú qué piensas, Txato? ¿Hice bien? Ya sabes que nunca me ha faltado carácter.