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El idilio de Véra y Vladímir

Tenemos una tendencia innata de fabricar parejas idealizadas

¿Fue realmente la relación de estos dos rusos exiliados un romance permanente?

Véra y Vladímir Nabokov, en un retrato en 1958.
Véra y Vladímir Nabokov, en un retrato en 1958.

El de Vladímir y Véra Nabokov fue un enamoramiento idílico y eterno”, se ha ido escribiendo, desde hace décadas, sobre esa mítica pareja de rusos exiliados de la revolución que pasaron por Berlín, París y Nueva York. Acostumbrados a los mitos –Romeo y Julieta, Tristán e Isolda–, tenemos una tendencia innata de fabricar parejas idealizadas. Este sería el caso de Chopin y George Sand, Kafka y Milena Jesenska… y Vladímir y Véra. ¿Pero fue su relación realmente un idilio permanente?

El escritor conoció a Véra en un baile de disfraces en Berlín. Cuando la acompañaba a casa, ella, con una máscara de lobo que cubría su pronunciada nariz, recitó de memoria varios poemas de Nabokov. Véra, esa mujer racional, calculadora y controladora, según el retrato de su biógrafa Stacy Schiff, sabía que esta era la llave infalible al corazón del joven autor.

Durante su estancia en Berlín, ya casado con Véra y padre de un hijo, Dmitri, Vladímir tuvo más de una aventura extramatrimonial, pero la gran pasión de su vida le esperaba en París en forma de Irina Guadanini, una rusa sensual y femenina. Era lo contrario de Véra, “tan segura de sí misma, tan invencible”, según la descripción de una amiga de los Nabokov, la poeta sueca Filippa Rolf. Cuando por exigencia de Véra la relación con Irina acabó, Nabokov dedicó a su examante uno de sus mejores cuentos, Nube, torre, lago, en el que un hombre encuentra un paisaje ideal y se dispone a disfrutar de él, pero pronto llega una brutal intervención externa que le arrebata su dicha. Véra siempre intentó esconder la huella de cualquier otra mujer que no fuera ella misma en la vida de su marido. Cuando el primer biógrafo del autor de Pálido fuego, Andrew Field, preguntó sobre Irina, Véra contestó: “No la ponga, no vale la pena”, e insistía sobre la leyenda de su propio idilio.

Stacy Schiff describe cómo, en Estados Unidos, a pesar de las protestas de su marido, la señora Nabokov le obligó a escribir en inglés y a partir de una narración anterior, El encantador, componer Lolita, todo ello con la voluntad de sacar a la familia de la pobreza. Dmitri Nabokov admitiría posteriormente que, en aquella época, las quejas de su madre estaban a la orden del día. Schiff entrevistó a antiguas estudiantes de Nabokov, entre ellas a Katherine Reese Peebles, que en la Universidad de Cornell salía con su profesor cuarentón a dar largos paseos por la nieve, durante los cuales se besaban, protegidos y unidos por el abrigo del ruso.

“Le encantaban las chicas jóvenes, eso sí”, dijo Katherine. “Pero no las niñas”. En Hollywood, donde Nabokov trabajó con Stanley Kubrick en el guion de la película basada en Lolita, tuvo ocasión de conocer a las actrices más célebres. Fue Véra quien llamó personalmente para cancelar la cena con Marilyn Monroe, que se entendía muy bien con el ingenioso escritor, aunque ella misma también estaba invitada. Fue entonces cuando la señora Nabokov tomó la decisión de llevarse a su marido a un adormecido pueblo suizo, Montreux, lejos de las múltiples y peligrosas tentaciones de las capitales.

Véra, que se ocupaba de mecanografiar los manuscritos de su marido y controlaba su agenda, resultó imprescindible al escritor; pero las sensuales musas nabokovianas hay que buscarlas en otra parte.

¿Habrá que borrar a Véra y Vladímir de la lista de las parejas idílicas? Seguramente. Nadie es ideal. Tampoco las parejas reales.

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