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"Me prometí hacer solo las películas que quiere el público"

El cineasta Mariano Ozores recibe el próximo 6 de febrero el Goya de Honor a toda una vida de cine

Esta entrevista tuvo lugar en 1988, cuando su autor era estudiante de Periodismo. Una conversación inédita hasta hoy

El cineasta Mariano Ozores.
El cineasta Mariano Ozores.

Esta entrevista tiene su pequeña historia. En 1988 yo estudiaba Periodismo en la Complutense de Madrid y, en una práctica habitual, nos pidieron una entrevista con alguien conocido. Le di vueltas a diferentes posibilidades, pero me decidí por Mariano Ozores. No lo conocía en persona, pero tampoco recordaba haber leído ninguna entrevista con él. Me interesaba su método de trabajo, por entonces aún era el director de cine más prolífico, aunque su reinado en la taquilla había entrado en decadencia. Por teléfono me dijo: “¿Entrevistarme a mí?, si yo no le intereso a nadie; mejor llama a Almodóvar”. Le expliqué que esa ausencia de interés general por su trabajo me interesaba. Nos citamos para una semana más tarde.

Fui a su casa en la urbanización madrileña del Conde de Orgaz, un chalet grande y del que apenas entreví el salón principal y un estudio donde nos acogió junto a un lamparón de pie. Le pedí a mi hermano Jesús que viniera de fotógrafo, creo que era obligatorio presentar prueba fotográfica de la entrevista. El texto se ha conservado en esas impresiones de los primeros ordenadores, con el papel perforado a los lados. Las fotos fueron tomadas en película de blanco y negro, sin más luz que la lámpara del cuarto. Mariano Ozores, nacido en 1926, nos recibió con un chándal gris y pantuflas. Como cortesía, le llevamos una botella de Chivas. Su mujer, Teresa, nos acogió con amabilidad, y en un instante asomó su hija, también Teresa, mientras Mariano me aguantaba casi dos horas de conversación, pese a mi insistencia, fruto de la ingenuidad, por sonsacarle un trauma, casi un ­arrepentimiento, y que se abriera con dolor y vergüenza en una confesión de culpa.

Aunque encontré un expresivo resentimiento ante los avatares de la nueva industria del cine español, que bajo la ley Miró había entrado en sus dos mejores décadas, despuntaba el orgullo de un laborioso director y guionista tan prolífico como poco pretencioso. Acababa de estrenar, casi directa al videoclub, Hacienda somos casi todos. Y estaba muy lejos de la plenitud productiva de, por ejemplo, 1982, cuando estrenó en un solo año Que vienen los socialistas (400.000 espectadores en salas), El hijo del cura (más de un millón de espectadores), Padre no hay más que dos (800.000 espectadores), Todos al suelo (1.300.000 espectadores) y Cristóbal Colón, de oficio descubridor (un millón y medio de espectadores).

Conocía sus películas y algunas las ­apreciaba como ejemplos directos de una manera de estar en el mundo del español medio. Siempre me resultaron simpáticos los actores que utilizaba y la directa ­manera de presentar tías en pelotas, ­pillería, ­chapuza, arribismo y traición como ­características de supervivencia. Sin ­sofisticaciones, llegaba al público nada sofisticado. Aunque su cine puede considerarse otro muerto de la Transición, la ­popularidad de esas cintas sigue latiendo detrás de muchas series de televisión españolas y de una cierta comedia cinematográfica nacional. Ahora recibe el Goya de Honor de la Academia de Cine, pero ya entonces me fascinaba la producción en cadena, rodajes rápidos sin sonido directo que los actores completaban en doblaje, la cercanía a los conflictos sociales más coyunturales, la resistencia al progreso y esa aspereza estética que fue desechada cuando llegó un cine más cuidado y empeñado en la búsqueda de un prestigio industrial negado tradicionalmente bajo la despreciativa etiqueta de la españolada.

Mariano Ozores (a la izquierda), junto a David Trueba, en 1988, cuando tuvo lugar esta entrevista. Trueba era entonces un estudiante de Periodismo.
Mariano Ozores (a la izquierda), junto a David Trueba, en 1988, cuando tuvo lugar esta entrevista. Trueba era entonces un estudiante de Periodismo.

La transcripción de la entrevista es la que presenté en clase. Por consejo y mediación del profesor, se la pasé a alguien en EL PAÍS y luego también en El Mundo. En ambos casos rechazaron publicarla. Fueron amables conmigo, pero argumentaron que carecía de actualidad informativa y me dejaron claro que el personaje les producía bastante desprecio. Ozores y yo nos hemos vuelto a ver un par de veces y siempre nos reímos de aquel chico que fue a entrevistarle a casa con la botella de whisky. Sus películas se siguen pasando en canales de televisión, y las protagonizadas por Esteso y Pajares concitan un cierto culto que comparto. Pelotazo nacional (80.000 espectadores), en 1993, fue su última película de un total de 94. “Me extrañó lo de tu entrevista porque yo no le intereso a nadie”, dijo para comenzar. “A lo mejor cuando llegue a mi película número 100 a alguien se le despierta la curiosidad. Ahora mismo voy por la 92, mi promedio ha sido hacer cuatro películas por año. Pero hay algunos en los que he hecho dos y en otros he rodado seis”.

¿Cómo pueden rodarse seis películas en un año? Pues mira, primero siendo un hombre como yo, al que le gusta su profesión. Yo no voy a reuniones, no soy de salas de fiestas, no voy a cócteles porque me aburren mucho. A mí lo que me gusta es estar en casa. Entonces, me quedo en casa, leo, veo la televisión y escribo. Trabajo mucho, pero no es un mérito mío, es que me divierte.

Pero una película es un trabajo de muchas semanas… Si te repasas la filmografía de John Ford, que me parece un señor importante, pues ves que en el año en que rodó La diligencia hizo dos películas más. Ya sé que la organización de los estudios era diferente, pero yo me limito a rodar cuatro semanas y con eso…

¿Rueda en cuatro semanas? Sí, cuatro semanas de rodaje con dos cámaras, y luego súmale el doblaje de la película, porque rodamos sin sonido directo, a veces con un script que hace de apuntador, así que me lleva en total tres meses por película.

Cuatro películas a ese ritmo suman un año completo. ¿Cuándo escribe los guiones? Los escribo durante el rodaje de la anterior.

Supongo que ayuda trabajar con el ­mismo equipo y actores que repiten. Lo de los actores va por rachas. Hice una película con Lina Morgan, por ejemplo, La graduada (1971), parodiando la película de El graduado (1967), y fue un éxito estrepitoso, un dineral. Entonces un productor nos contrató a mí y a Lina para que hiciéramos una serie de películas. Hicimos siete en total. Luego hice otra con Landa, Manolo, la nuit (1973), que fue un éxito tremendo, pues salieron siete seguidas con él. Con Pajares y Esteso rodé Los bingueros (1979) y después salieron 19 más. Por eso tengo tantas ­películas que repiten los títulos de cabecera, no sé cómo decirte, es el negocio el que lo pide… y yo las hago.

Entonces, ¿son siempre encargos? Sí, sí, todas las películas que he hecho son encargos, menos mi cuarta película. Yo empecé haciendo cine cómico, y entonces montamos una productora con mis hermanos José Luis y Antonio y con mis padres [los actores Mariano Ozores y Luisa Puchol] e hicimos tres o cuatro películas que funcionaron muy bien. Entonces me creí Lubitsch y dije: “Ahora vamos a hacer una película en serio, buena, importante, gorda”. Muy bien, hicimos La hora incógnita (1963), que fue un éxito de crítica. No te digo más que fue una ruina económica completa. En una época en que una película costaba un millón, la nuestra costó cuatro. Desde entonces me prometí a mí mismo que solo haría la película que quisiera ver el público y que le gustara. Yo me importo un pito, ¿comprendes?

¿Y ahí acaba su…? Sí, porque mis primeras películas (Las dos y media y veneno, Salto mortal, Alegre juventud y Chica para todo) tenían intención, querían ser películas al estilo de Frank Capra. Desde entonces, solo hago las películas que los productores me encargan. Me llaman y me proponen una comedia, y yo les comento si quieren a Gracita Morales o a López Vázquez, que también con ellos hice una tanda de películas, y si nos contratan, pues tan contentos, y si las películas dan dinero, pues repetimos…

¿No querría volver a aquellos planteamientos iniciales? No, no, no. Yo me divierto mucho haciendo lo que hago, películas ligeras, aunque en todas intento ser crítico. En todas, los protagonistas son unos pobres diablos que se ven dominados por el poderoso, por las empresas de dinero. Siempre un pobre diablo al que le pisan el cuello y al final acaba venciendo al poderoso, o en otras vence el poderoso. Esa es la intención que yo quiero transmitir, que la gente media de nuestro país está dominada por la gente de dinero, por los avances de la industria, que están abochornados por el progreso y pelean contra eso.

Mi cine es una especie de 'underground' alimenticio

¿Y hasta qué punto no es usted un hombre aplastado por la industria? Sí, sí, lo soy.

¿Pero usted no lucha contra eso? La mayoría de las veces, ese personaje es falso. Intento luchar. Trato de que el que quiera entender, lo entienda, pero por encima de todo intento que mis películas sean vistas por el mayor número de gente posible. Yo tengo una teoría: una película es un puente que se establece entre un señor que un día se sienta a escribir una historia y el público que va a recibir esa historia. El puente es el guion, el rodaje, los actores, y si al final no consigues que el puente vaya a parar al público, pues has fracasado.

Pero es muy fácil repetir la fórmula una y otra vez. Sí, lo que quieras, pero lo otro no sería honrado. Piensa que a mí me contrata un productor para que su película le rinda por lo menos lo que ha invertido y algo más. A mí eso que dicen algunos directores de que ruedan la película para ellos y luego, si el público no quiere verlas, allá ellos, me parece un fraude. Eso se puede hacer con el dinero propio, no con el de otros. Lo que tú me pides es un ideal, que se da muy pocas veces, tan pocas que en España hay años en que ninguna película le gusta al público y a la crítica a la vez. Hasta a Mujeres al borde de un ataque de nervios le han escrito alguna mala crítica, y no lo entiendo, porque Pedro lleva cinco o seis películas que cada vez le van mejor y hasta se ha colocado muy bien entre el público americano.

Entonces ahora debería repetir la fórmula 80 veces más… Capra no cambió nunca. Ni Lubitsch, ni Blake Edwards. Yo tengo pelícu­las distintas unas de otras. He hecho un tipo de comedia más disparatada, tipo Operación bikini, Chica para todo, pero luego otras más reflexivas como Manolo, la nuit o Qué gozada de divorcio. Puedes ir evolucionando, pero sin dejar de llegar al máximo público posible.

Mankiewicz decía que cuando se es exigente con el trabajo se complica lo de contentar al público, sobre todo porque el gusto masivo desciende día a día. Mira, para educar a la gente ya está el Ministerio de Educación. Muchos que intentan eso se estrellan, pero ese no es mi estilo. Yo soy de los otros. Tiene que haber de todo. Ninguna película es garantía de éxito, aunque de las 50 más taquilleras del cine español creo que 17 son mías y luego ya va Berlanga con cuatro. Ese es mi triunfo, haber comunicado con mucha gente.

Pero si la gente hiciera una lista de sus películas favoritas, ¿cree que pondrían alguna suya? Pero eso es normal. Y hay gente que ha visto tres, pero no quiere ver más. “¿Qué me va a contar a mí ese petardo?”, dicen. Y también están los que sin haber visto ninguna dicen que soy una calamidad. Y sin embargo hay otros que las buscan. Me lo dicen en los videoclubes. Ese es mi éxito.

¿Cómo cree que va a tratar el tiempo a sus películas? Creo que bien. No tanto a mis películas como al género, al cine cómico. No el cine de humor, sino el que yo hago, que es como el que hacía Mack Sennett, pero hablado, cine cómico. Yo entiendo que el cine es un arte, pero no solo. Si no hubiera industria, no existiría ese arte. El cine es también entretenimiento. Yo formo parte de ese entretenimiento. El cine puede ser un vehículo para pensar, pero yo no formo parte de ese vehículo, aunque, si nos reunimos a ver juntos una película mía, te puedo explicar esa intención de salvar al pobrecillo. El pobrecillo está ahí, el reprimido, que quiere escapar de una educación represora, restringida… y astringente [risas].

El retrato robot de su público no es el de alguien que se detenga en esos pensamientos. No. Pero un señor camina por la calle y una niña tira una cáscara de plátano y el hombre se cae. Una parte del público se reirá porque el tipo se ha resbalado; otros se preocuparán por la caída, por si se ha roto algo, y otro pensará en el egoísmo intrínseco de la niña que no ha pensado en el perjuicio que causa. Yo pongo más énfasis en el resbalón que en la causa, así llego a la mayor cantidad de público. Yo no soy el espectador típico de mis películas. Cuando las veo, simplemente pienso que están hechas para divertir a la mayor cantidad de gente posible.

Para educar a la gente ya está el Ministerio de Educación

¿Le ha dado mucho dinero el cine? He ganado mi sueldo. Si yo me hubiera producido mis películas podría retirarme, pero tengo que seguir trabajando como cualquier obrero. Me he llevado un porcentaje de taquilla solo en algunas, y ahora que mi público está en el vídeo y la tele más que en las salas, no me llevo casi nada. Mis antecedentes en esta industria fueron mis padres, la familia de mi madre venía del teatro de siempre. Yo nací en el teatro y evolucioné hacia el cine, fui representante de la compañía de mis padres de 1939 a 1950. También era apuntador, regidor y tramoyista. Durante aquellos años, veía a mis padres hacer teatro cómico cara al público, buscar esa risa inmediata, que no es nada fácil. Con eso ya aprendido desde la cuna, entré a trabajar para Benito Perojo y junto a Alfonso Paso colaboré en el guion de La fierecilla domada, de Shakespeare, añadiendo algunas escenas. Era muy gracioso porque era una adaptación de Shakespeare, pero con diálogos adicionales nuestros. Era una película de Toni Román para Perojo con Carmen Sevilla. Trabajábamos de fijos, al estilo de Hollywood, y así he llegado a firmar 250 guiones a lo largo de mi vida.

Hace no mucho, Rafael Sánchez Ferlosio ha escrito que si Lope de Vega viviera hoy día, escribiría guiones para Ozores. Ah, coño, eso indica que un estudioso importante considera a Lope de Vega poco menos que un gilipollas. Por eso yo puedo creer que los que consideran que el gilipollas soy yo, quizá podrían estar equivocados. Mi obligación es creer eso. Piensa que mi cine es una especie de underground alimenticio. Yo ruedo con un presupuesto cortísimo, pero con intención comercial. Ya mientras escribo sé que no tendré un Rolls, sino un seiscientos, y en lugar de Ana Belén tendré a Gracita Morales, pero manteniendo la intención de hacer dinero en taquilla.

Se expropia Rumasa y usted hace una película. Se promulga la ley de autonomía y usted hace una película. Se aprueba el divorcio y usted hace una película…No, dos. La primera tuvo tanto éxito que me encargaron otra sobre el mismo tema. Mis películas serán muy útiles porque reflejan momentos históricos de España. Tanto estas últimas como las que hice con Franco. Reflejan situaciones y las denuncian. Por ejemplo, en Hacienda somos casi todos, que acabo de rodar, yo quería decir que un contribuyente no debe estafar al resto del país. En el fondo, mis películas son didácticas. Pero en el cine no hay que enseñar, hay que mostrar. En ¡Que vienen los socialistas!, el único decente es el alcalde socialista, que ­interpreta Sacristán. De todos los discursos políticos, el socialista me parece el más digno, pero yo no creo en los políticos porque nunca hacen lo que prometen, no tengo ninguna razón para creer en ellos. Yo no creo que los socialistas de Felipe González hayan conseguido acabar con la injusticia social y la desigualdad.

Luis Berlanga le defiende públicamente. ¿No le tienta rodar algo como El verdugo o Plácido? Me halaga lo que dice Luis de mí. Mira, hace poco hablé con Alfredo Landa y me dijo que él creía estar perdiendo a su público habitual. Ahora mismo estoy escribiendo un guion para él. Es una historia muy bonita, con intención. Puede ser esa película que tenga otros tonos y otras calidades, pero todo porque me he encontrado a un productor que me ha dicho: “Haz la película que quieras, en el tiempo que quieras y con quien tú quieras, sin preocuparte de si va a dar dinero o no”. Se trata de la productora IPC de Barcelona, que acaban de rodar Si te dicen que caí con Vicente Aranda.

"Me prometí hacer solo las películas que quiere el público"

Mariano Ozores (Madrid, 1926) pertenece a una ilustre saga de comediantes españoles. Hermano de José Luis y Antonio, hijo de Mariano ­Ozores y Luisa Puchol, ha rodado casi un centenar de películas como director. Tras sus primeros títulos, que funcionaron en taquilla, apostó por una cinta llamada La hora incógnita (1963). Se convirtió en un ­éxito de crítica y en una ruina. Desde ­entonces, decidió hacer solo las películas que el público quisiera ver. Desde José Luis López Vázquez y ­Gracita Morales (¡Cómo está el servicio!) hasta la época dorada de Pajares y Esteso (Los bingueros, Yo hice a Roque III...), ha dirigido a una nutrida hornada de cómicos españoles de la segunda mitad del siglo XX.

¿Piensa usted que el nivel del público español ha subido? Creo que ha subido el nivel de exigencia. Ahora pide más y hay que darle más. Más medios, más empaque, mejor fotografía, mayor intención…, y esto es lo que quiere este productor, pero también que la gente vaya a verla y dé dinero. Es un intento de volver al cine, porque mi público de siempre ahora está en el videoclub. Si tengo éxito, alternaré. Si es un fracaso, volveré a trabajar directo para el vídeo. [Finalmente, para esa productora, Ozores rodaría al año siguiente su película Pareja enloquecida busca madre de alquiler, que rondaría los cien mil espectadores]. Déjame decirte que yo soy un producto del público. De haber nacido en Francia, habría hecho películas de Louis de Funès; en Italia, de Alberto Sordi. Me da cierto rubor hablar de mis películas. Son nuestras. Intervienen unos actores que son el farolillo que ilumina las apetencias del público. Actores muy populares que hacen que el público vaya a verlas, luego yo les doy un tema que concuerda con sus gustos y el estilo en el que quieren ver a esos actores. Es una mezcla. Pero yo no soy la estrella, lo son los actores.

Con su talento para captar el gusto del público mayoritario, ¿no ha tenido ofertas para trabajar en la televisión? [Finalmente dirigiría para TVE en 1991 Taller mecánico y en 1993 El sexólogo, retirada de emisión con cierto escándalo]. Tenía una serie que gustó y TVE quería hacerla, pero al final no llegamos a un acuerdo. Ahora estoy en conversaciones con los canales privados, se me pide que conecte con el público, y eso es lo que yo quiero hacer. Chicho Ibáñez Serrador hizo hace tiempo una encuesta privada sobre el Un, dos, tres y llegaron a una conclusión. Si el encuestador llegaba a la casa y encontraba al marido, este le decía que en esa casa no veían el Un, dos, tres. Pero si cuando llegaba se encontraba a la mujer, esta decía: “Lo vemos todos, mi marido, los niños, la abuela, y nos encanta”. A la gente hay cosas que le divierten muchísimo, pero que no se atreve a confesar que ve por si se ríen de ellos. Muchísimas veces voy a ver mis películas con un magnetofón para grabar dónde se ríen y ver dónde he acertado y dónde no. Muchísimas veces, cuando aparece el rótulo inicial con el número de expediente del Ministerio ya hay una carcajada tremenda.

¿Y eso a qué se debe? ¿Le tocan los números de expediente más graciosos? La gente ya está predispuesta a reír, claro. Un día me metí a ver La loca historia de los tres mosqueteros [1983, y protagonizada por el trío Martes y Trece] y la gente hasta aplaudía. Esa predisposición de la gente me la he ganado con mis trabajos anteriores.

¿Cómo son sus productores? Aunque hayan tenido un éxito tremendo con la anterior, siempre me piden que la siguiente sea un poco más barata. Salvo este señor que te digo de Barcelona, siempre son así. Yo lo que quiero es divertir a la gente, a cualquier precio, y si no los lograra divertir, me sentiría un estafador. El año pasado en Marienbad ya puede tratar sobre la vida y la muerte, que es un ladrillo inaguantable.

Y usted que ha conocido tan bien el éxito popular, ¿cuál considera que es la fórmula? El éxito seguro no existe. Mi fórmula es divertirlos. He ido adquiriendo una seguridad y ya cuando escribo el guion sé cuándo va a llegar el cambio de bobinas y sé lo que tengo que poner cada 20 minutos. Pero no hay una fórmula infalible. Ahora van a hacer una versión mexicana de Yo hice a Roque III (1980) y la van a hacer con cómicos populares de allí, el equivalente a Pajares y Esteso, y supongo que esa es una clave.

¿Cuáles serían sus conclusiones sobre su propia carrera? Mis conclusiones son mis resultados. Hay directores que han hecho 10 películas y ninguna le ha interesado al público. Es como si vendieras zapatos que nadie quiere calzarse. Eso es fracasar. Entre yo mismo y el público, siempre elijo al público, y el resto no me importa. No quiero trascender. No tengo necesidad de que dentro de 50 años la gente me recuerde, ni me lo planteo. No he leído jamás una crítica sobre una película mía que me haya enseñado nada. Ni con una sola he podido decir: “Coño, tiene razón, ese es un buen consejo”. No sé si será la envidia, pero la industria es así.

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