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¡Es la cultura, tonto!

Los grandes problemas políticos de España son, en el fondo, problemas culturales y educativos

Llevamos una eternidad en vilo electoral, pero ni una palabra sobre cultura. Por ninguna parte. Esto no es una llorada. Los grandes problemas políticos de España son, en el fondo, problemas culturales y educativos. Parafraseando un histórico y exitoso eslogan de campaña (“¡Es la economía, estúpido!”), podríamos por una vez apuntar sin complejos al corazón y a la cabeza: “¡Es la cultura, tonto!”. O si lo prefieren: “¡Es la ignorancia, listo!”.

A la vista de esta desatención general, uno se imagina a los políticos en liza como los peces de la fábula de David Foster Wallace: “Hay dos peces jóvenes nadando y sucede que se encuentran con un pez más viejo que viene en sentido contrario y que les saluda con la cabeza y dice: ‘Buenos días, chicos, ¿cómo está el agua?’. Y los dos peces jóvenes nadan un poco más y entonces uno de ellos se vuelve hacia el otro y pregunta: ‘¿Qué demonios es eso del agua?”.

Conocido con el título de This is Water (Esto es agua), el discurso del escritor y profesor Foster Wallace en el acto de graduación de los estudiantes de Artes Liberales en el Kenyon College de Ohio, el 21 de mayo de 2005, ha adquirido la condición de un clásico en la agitación de las conciencias. Lo que Foster les dice a los estudiantes equivale a aquel verso inolvidable de René Char: “Apresuraros a dejar en el mundo vuestra parte de maravilla, rebeldía y generosidad”. El verdadero sentido de la educación no es la acumulación de conocimiento, sino el enseñar a pensar. La libertad que toma conciencia. Esto es el agua.

Habría sido un buen ministro en Coketown. Progresó una barbaridad el vacío cultural. Se achicó
la educación pública

Con ese lema, “¡Esto es el agua, tíos!”, me gustaría hacer una modesta proposición de programa cultural para todos los candidatos. Que tomen en consideración el manifiesto La utilidad de lo inútil.
El autor, el filósofo Nuccio Ordine, consigue sumergirnos en el agua de nuestro tiempo, sentir el desasosiego de cómo se nos va vaciando lo más imprescindible para la existencia: “No tenemos conciencia de que la literatura, las humanidades, la cultura y la educación constituyen el líquido amniótico ideal en que las ideas de democracia, de libertad, de justicia, de laicidad, de igualdad, de derecho a la crítica, de tolerancia, de solidaridad y de bien común pueden encontrar un desarrollo vigoroso”.

Se ha dicho muchas veces, y por gente de pensamiento diferente, a veces contrapuesto, que la mejor política cultural es la que no existe. Sería un buen axioma liberal si viviéramos en el Belmonte imaginado por Shakespeare, donde se valora a una persona por la música que lleva dentro y no por el oro que exhibe, o en Theleme, la abadía soñada por Rabelais donde la ley es el amor, y la regla, “haz lo que quieras”. Pero nuestra realidad se parece cada vez más a Coketown, escenario de los Tiempos difíciles de Charles Dickens, donde lo que no se pueda adquirir y vender a más precio jamás debería haber existido. Todo, también la educación, vendría a ser “pura cuestión de cifras”.

No se puede decir que no haya habido una política cultural en el mandato que ahora termina. Es más, pocas veces se ha hablado tanto de un (ex) ministro de Educación y Cultura. Y si ha resultado tan polémico no lo fue por incapacidad, sino justamente por su eficacia en la misión encomendada. Habría sido un buen ministro en Coketown. Progresó una barbaridad el vacío cultural. Se achicó la educación pública. En tres años, la investigación retrocedió décadas. ¡La cantidad de agua que se perdió!

La disculpa del Gobierno fue la austeridad. Pero ese fetichismo, que nunca afecta, más bien al contrario, al patrimonio de lo que predican, tiene un efecto tóxico sobre órganos vitales de la sociedad. Un infarto de las almas.

En La utilidad de lo inútil, Nuccio Ordine rescata un discurso de Victor Hugo, pronunciado ante la Asamblea constituyente de 1848, en el que sale al paso de la falacia del ahorro estatal cuando se trata de recortes en las actividades culturales y la instrucción pública. Es la crisis, le dicen, no hay otro remedio. Y Victor Hugo se revuelve contra los profesionales del Dogma del Recorte Inevitable: “¿Y qué momento escogen? El momento en que son más necesarias que nunca, el momento en que, en vez de limitarlas, habría que ampliarlas y hacerlas crecer (…). Haría falta multiplicar las escuelas, las cátedras, las bibliotecas, los museos, los teatros, las librerías”. Y le pone un nombre a esa presunta política de ahorro: es la política de la Ignorancia.

Espero que en los debates de campaña se le pregunte a los candidatos por la cuestión esencial: “¿Cómo está el agua, señores?”. Y me apuesto las branquias a que alguien pregunta: “¿Qué demonios es eso del agua?”.

elpaissemanal@elpais.es