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Terremoto en Filipinas

La quinta entrega de esta serie de viajes en torno al universo del ajedrez nos conduce hasta Filipinas, el año 1990

Terremoto en Filipinas

Una norma del periodismo serio dice que los problemas y sufrimientos del periodista para hacer su trabajo no son noticia. Pero el espíritu de esta columna da pie a la excepción. Además, lo que me ocurrió en junio de 1990 durante un viaje profesional a Filipinas fue muy peculiar: incluyó un terremoto y un intento de prevaricación por parte del presidente de la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE), Florencio Campomanes.

Tras firmar un contrato como subdirector, guionista y presentador de 39 programas de la serie En Jaque, de TVE, propuse el envío de un equipo al Torneo Interzonal de Manila (clasificatorio para el Campeonato del Mundo) porque allí podríamos grabar muchas entrevistas con casi todas las estrellas del ajedrez. Se trataba de una inversión muy rentable, dado que podríamos utilizar ese material a lo largo de nueve meses. Los jefes dieron luz verde para que el productor (Herminio Sancha), el realizador (Nicolás Romero) y yo viajáramos a Filipinas, y contratáramos un camarógrafo allá. El plan incluía un vuelo a la isla de Baguio, para hacer un reportaje que evocase el histórico y escandaloso duelo de 1978 entre Anatoli Kárpov y el disidente Víktor Korchnói.

A pesar de que previamente se había mostrado encantado con nuestro viaje y dispuesto a ayudarnos, Campomanes empezó a torearme en cuanto llegamos, con supuestos problemas burocráticos, permisos para grabar y visitas de paripé a su amigo Cecilio Hechanova (presidente del Comité de Deportes de Filipinas); un tribunal filipino juzgó a ambos en 2003, y condenó a Campomanes a 22 meses de prisión (sustituidos después por una multa) por prevaricación y malversación de fondos públicos en la Olimpiada de Ajedrez de Manila, en 1992. Y tras hacernos perder el primer día entero, esa noche me pidió dinero (“TVE es una institución muy potente; seguro que no hay problema”, me dijo de madrugada). Me negué, y recurrí a mis buenas relaciones con casi todos los jugadores para pedirles que grabáramos las entrevistas en los hoteles, en lugar de la sala de juego. Cuando regresé a España publiqué el intento de prevaricación en la revista Jaque, y Campomanes nunca replicó.

Estoy vivo gracias a que Campo­manes era un golfo

Lo peor ocurrió el último día en Manila. Comíamos en el hotel cuando el rostro de Herminio mudó al pánico. “¡Va a haber un terremoto! ¡Ya sufrí uno en México y fue espantoso! ¡Estoy sintiendo lo mismo que entonces!”, gritaba mientras huía corriendo. Nicolás y yo, estupefactos, atribuimos el incidente a los nervios del compañero, y seguimos almorzando. Un par de minutos después, el cosquilleo en los pies se convirtió en un terremoto tremendo (7,8 en la escala Richter), con todo por el suelo. Recordaba que ponerse debajo de una viga era una buena decisión, y eso hicimos, hasta que el personal del hotel nos dijo que saliéramos a la calle por el vestíbulo, construido a prueba de seísmos. No nos pasó nada, pero luego vimos cadáveres a pocos centenares de metros del hotel, en las chabolas. Y llegar al aeropuerto fue una odisea, un viaje entre el caos y la destrucción.

Pero aún nos quedaba un gran susto. El vuelo de regreso hizo una escala (no recuerdo dónde) que aprovechamos para tomar algo en una cafetería del aeropuerto, que tenía la televisión encendida. Así nos enteramos de que el epicentro del terremoto fue Baguio, nuestro destino frustrado (habíamos cancelado el viaje porque los problemas en Manila nos hicieron perder mucho tiempo). El hotel donde habíamos reservado habitaciones (Hyatt Terraces) se había convertido en una montaña de escombros, de la que extrajeron 80 muertos. Según escribo estas líneas caigo en la gran paradoja: estoy vivo gracias a que Campo­manes era un golfo.

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