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Luis Moya, el copiloto legendario

Fue la voz más rápida del ‘rally’: el escudero de Carlos Sainz

Dejó las carreras en 2002, pero sigue viviendo de su verbo de vértigo: dando charlas para ejecutivos y hablando en la radio

Luis Moya, de 54 años, cerca de su casa en Barcelona vestido de pistolero. Ampliar foto
Luis Moya, de 54 años, cerca de su casa en Barcelona vestido de pistolero.

Luis Moya culebrea con el coche por las calles de la zona alta de Barcelona. Es media mañana de un lunes, lleva 13 años retirado de la competición de rallies y va de camino al club deportivo donde suele nadar 3.000 metros diarios. Ya ha hecho una sesión mañanera de abdominales (suele alcanzar las 325 cada jornada). Tiene 54 años. Se mantiene en forma. Con el mismo físico flaco y nudoso con el que se proclamó bicampeón del mundo junto a Carlos Sainz a principios de los noventa. Una década después le dio por los triatlones. Ahora, sobre todo, practica natación. Así mata el viejo “gusanillo” de las carreras con pruebas de nado de larga distancia. Como si se hubiera quedado enganchado a la tensión, el estrés y la adrenalina que le generaba ir en un vehículo a 180, por carreteras de montaña, sentado en el sillón del miedo. Detiene el coche en un semáforo: “Me encanta competir. Y además me gusta que me ganen los menos posibles. Pero hay una cosa que me llama la atención: ¿sabes estos que dicen que el segundo es el primero de los perdedores? Yo discrepo mucho de eso, macho. Yo reivindico al segundo”.

Moya, cuatro veces subcampeón del mundo de rallies, habla como un rayo. Con su dicción inconfundible y ametrallada. En el trayecto a la piscina, a 10 minutos de su casa, le da tiempo a repasar media vida. Lo había avisado: “No te preocupes por el tiempo. Con la velocidad a la que voy, te voy a contar muchas cosas”. En el coche, a su lado, la sensación resulta extraña. La voz es la misma. Pero hay elementos fuera de sitio, como en un mal sueño: el copiloto, más viejo, conduce una berlina familiar de Volkswagen; no lleva casco, ni canta órdenes de su bloc de notas. Dice que ahora le gusta conducir este tipo de coches. “Uno confortable. Ya me pasé muchos años de ir saltando. Y este no sabes cómo va. Me pidieron que lo probara, exigiéndole un poco más. Porque a esta velocidad todos los coches son iguales. Lo que tienes que ver es si vas a 100 y, de repente, te sale un animal y tienes que esquivarlo, dar un volantazo fuerte. Con este coche no pierdes el culo…”.

Dicen que el segundo es el primero de los perdedores. Yo reivindico al segundo”

Es un día de calor húmedo. El vehículo sigue trepando por Barcelona. Y lo que cuenta del animal recuerda a uno de esos episodios míticos que vivió junto a Carlos Sainz. Rally de Nueva Zelanda. Año 1997. Se oye la voz de Moya en el interior de un vehículo revolucionadísimo. “Para derecha rápida más. Uno. Rasante en derecha rápida menos, menos, ras, se abre a fondo. Con ce…”. El sol les golpea de frente. Hay un cambio de rasante. Y en un visto y no visto aparece la figura blanca y algodonada en mitad de la pista. “¡Hostia, la oveja!”, exclama entonces Moya. Sus vísceras saltan al parabrisas.

“Mala suerte”, continúa de camino a la piscina. “Podría haber aparecido después de una curva de 40. La encontramos a 160, ahí puestecita. ¡Le metimos un viaje!”. Lo relevante de la anécdota, en cualquier caso, no es el animal. Sino la forma de narrar su atropello. Desde entonces, el exabrupto se ha convertido en una de las frases más célebres de un copiloto con verbo de leyenda. Según su propia clasificación, sería la segunda del ranking. Por detrás de la irrepetible “¡Trata de arrancarlo! ¡Trata de arrancarlo, Carlos! ¡Trata de arrancarlo, por Dios!”, cuando en 1998, a escasos metros de ganar un mundial, se les para el coche y contemplan impotentes cómo se les escapa la victoria. Hubiera sido su tercer campeonato del mundo. Nunca, como pareja, volvieron a tenerlo tan cerca. Pero hay maneras de verlo. Según el vaso de Moya: “Fíjate, es un momento deportivamente cruel. Porque pierdes a 400 metros de la meta. Pero yo, desde entonces, como soy tan positivo, le di la vuelta. Cuando vi el motor, había un agujero. Se salió una biela. Eso no arranca en la vida. Y pese a todo, yo le dije a Carlos: ‘Trata de arrancarlo’. Y él lo intentó. Joder, ni aun viendo un agujero di mi brazo a torcer. Y menos mal que le di la vuelta, porque si no, sería un drama. Desde que ocurrió en 1998, no pasa una semana sin que alguien me lo recuerde. Igual subo a un taxi y, como mi voz es peculiar, el taxista se gira y dice: ‘Usted es el de trata de arrancarlo”. Para ser exactos, el tipo que grita con un extintor en la mano y acaba lanzando el casco contra el coche. Aquel mundial se les fue en un grito desesperado que dio la vuelta al mundo. Y el manual de cabecera de este secundario de lujo contiene desde entonces una máxima: “Eso de que cuando eres segundo pierdes, hay veces que sí, pero muchas veces que no”.

Luis Moya y Carlos Sainz, celebrando en 1992 su segundo mundial de rallies. ampliar foto
Luis Moya y Carlos Sainz, celebrando en 1992 su segundo mundial de rallies. Getty

Al llegar al club deportivo, el excopiloto aparca bajo una palmera. El Mediterráneo se intuye ahí abajo tras una bruma blanquecina. Se oye la bocina de un crucero en el puerto. Moya saluda en la recepción con un “Hola, Vicky”. Lleva una mochila al hombro, viste deportivas, pantalón fino de algodón y camisa de cuadros. Un reloj en su muñeca también recuerda aquel campeonato perdido. Tiene una inscripción en el reverso: “A Luis Moya. Trofeo 1998. Mejor copiloto del año”. Se lo concedió la prensa especializada tras la derrota. Lo usa a menudo. Hace poco le cambió la correa. “Fue la primera vez que no se lo llevó el ganador. Reivindicaron al segundo”.

Un copiloto, siendo fiel al guion, no deja de ser un papel de reparto. El tipo que acompaña al protagonista. Su contrapunto. Hay que saber asumirlo. Cuadrarse. Ir al ritmo del piloto. Y no por ello aparcar la personalidad. A Moya se le escapaban la energía y el buen humor como fogonazos entre notas que leía a todo trapo. Según el periodista deportivo José Antonio Ponseti, no ha habido otro copiloto con su carisma. “Y conozco a la mayoría de ellos”. Ponseti coincidió con Sainz y Moya en 1990. Pasó una década a su lado retransmitiendo carreras para la cadena Ser y Canal +. Volando en los mismos aviones, durmiendo en los mismos hoteles. “Sin duda, dentro de la pareja, Luis era el resorte”, dice. “La gota extra de gasolina cuando bajaban los ánimos. Carlos es más frío, como ha de ser quien conduce a 200. Luis era la parte pasional. Se encabronaba, animaba. Era espectacular escucharle cantar las notas. Estaban muy equilibrados. Ha sido una de las parejas del deporte más increíbles de todos los tiempos”. En aquella época, Ponseti le ofreció a Moya comentar los rallies juntos. “Tiene un punto de comunicador innato brutal”, según el periodista. “Sabe contar historias de lo que sea”. Sin quererlo, había inventado el futuro oficio de Moya. Cuando años más tarde Ponseti se unió al equipo de Carrusel Deportivo, volvió a llamar al copiloto. Moya comenzó aportando estadísticas en los partidos del Barça. Cifras y datos que preparaba en un cuaderno, como en los viejos tiempos. “¿Qué dice la libreta de Luis?”, solían preguntarle antes de sus intervenciones.

Moya acaba de terminar su sesión de 40 minutos a crol en una piscina al aire libre. Al lado, un grupo de señoras juega al pádel. En el club todo el mundo parece querer saludarlo. Tras pasar por el vestuario, se sienta en una mesa que domina la ciudad. Pide una cerveza y enciende un pitillo, el único del día, mientras llega el almuerzo. Prosigue. Al cabo de un tiempo de colaboraciones esporádicas en Carrusel…, se ofreció: “Llevadme donde queráis, me da igual hacer un Granada-Elche. Lo que me gusta es la radio”. Aunque se hizo famoso como copiloto, en realidad ha vivido toda su vida de la palabra. De su voz peculiar, sus erres cabalgadas, y una forma única de disparar frases a trompicones. Habló rápido desde niño, y hoy sigue acelerándose en sus frecuentes charlas de liderazgo para directivos. Habla cinco idiomas. Estudia alemán. Y Volkswagen, que lo tiene en nómina como embajador de la marca, lo lleva de viaje por el mundo para que cuente su experiencia en las carreras. Sus anécdotas con mensaje positivo. “Me tratan a cuerpo de rey. ¡Y me pagan por hablar! Como digo yo: ‘¡Joder, si es lo que más me gusta del mundo!”. Incluso participó en 2007 en un programa de stand-up comedy en televisión, El club de Flo. Llegó a semifinales contando chistes. Y cuando, años después, Ponseti se mudó a la emisora M-80, le cedió un nuevo espacio en el que contar lo que le apeteciera.

Dentro de la pareja, Luis era la gota extra de gasolina”, según el periodista José Antonio Ponseti

Una de las últimas ediciones de Territorio Moya la dedicó a las películas del Oeste, una de sus grandes pasiones. Posee una colección de 300 títulos. Cita directores, intérpretes, guionistas. Conoce diálogos de memoria. También colecciona objetos del Far West. Réplicas de revólveres, guardapolvos y estrellas de sheriff. Alguna vez se ha disfrazado para ir a tomar un trago con amigos (muestra fotos en el móvil que lo atestiguan; no era carnaval); y hasta le pareció divertido vestirse así para la imagen que abre este reportaje. Posando con el aire de un actor rescatado por algún director de culto. Como corresponde a un pistolero retirado, su rostro muestra cicatrices de otro tiempo: 70 puntos de un accidente de juventud. “El rally del sábado noche”, explica. “Que era el peor de todos. No había entonces mentalidad de cinturón de seguridad”. Rompió el cristal con la cara. Iba de copiloto. Y ni siquiera había comenzado a competir. Tenía 20 años, y aún faltaban otros tres para que su amigo José Mariñas (hermano del fallecido presentador de noticias Luis Mariñas) entrara en el bar coruñés donde solían tomar el café un grupo de fanáticos del motor y le propusiera correr a su lado en una competición gallega. Hasta entonces, Moya se había distinguido por ser un mal estudiante de niño; e igual de malo en Medicina, donde se matriculó para seguir los pasos de su padre, Luis Rodríguez Lago (Moya es el apellido materno), un prestigioso cirujano y anestesista. Dejó la carrera; ayudó con la contabilidad en los comercios de su madre; dirigió una sección de coches en El Ideal Gallego. Y un día de 1983 se subió a un R-5 Copa Turbo con Mariñas al volante. Comenzó a tomar notas de sus indicaciones. Y luego, en carrera, las dictó a velocidad de vértigo. “No tenía ni idea de cómo hacerlo y me salió natural”, confiesa el copiloto retirado.

Instante en el que a la pareja se le escapa el campeonato de 1998. El copiloto (pateando el coche) acaba de pronunciar su mítico “¡Trata de arrancarlo, por Dios!” ampliar foto
Instante en el que a la pareja se le escapa el campeonato de 1998. El copiloto (pateando el coche) acaba de pronunciar su mítico “¡Trata de arrancarlo, por Dios!”

“Lo bordó”, dice Mariñas. “Quedamos quintos. Para un primer rally no estuvo mal”. Poco después ganaron el rally de Ferrol. Y Mariñas recuerda el nacimiento de un copiloto legendario: “Era muy rápido, muy claro. Hiciéramos un trompo o tuviéramos un susto, nunca se perdía. Y su voz era muy pe­netrante. Le escuchabas perfectamente, y eso que entonces no teníamos interfonos”. De ahí, Moya pasó a competir junto a Guillermo Barreras, en Renault. De él aprendió mucho –"fue mi maestro"–, pero le dejó plantado por ser “un cascarrabias” al volante.

Moya le da un trago a la cerveza: “Luego la suerte, el destino, quiso que me sentase con Carlos, y eso lo cambió todo”. Según Moya, un piloto como Sainz “nace”, mientras que su oficio “no requiere un talento especial”. Recapacita un instante y añade: “Hombre, a la hora de leer las notas tienes que cantar. Y entonar. No puedes leer como si fuese un encefalograma plano. Y es como que, si entonas, le pones más pasión. A veces Carlos me decía: ‘Luis, que me asustas’. Ese era el objetivo. Venimos a 180, y tienes que meter primera para hacer un ángulo: ‘Derecha seis, para izquierda seis, ¡para derecha uno!”.

Luis es superpositivo. El colaborador que siempre te gustaría tener a tu lado”, dice Carlos Sainz

Hace poco, Sainz le llamó para que volvieran a sentarse juntos en el Dakar. Se negó. En 2002, cuando dejó los rallies, tomó una decisión irrevocable. “Aun así”, dice Moya, “me hace mucha ilusión. Cuando me insiste es porque algo bueno habré hecho con él. Tenemos una gran relación. Yo lo considero mi mejor amigo”. Se pasaron 15 años juntos. “Pero muy juntos, ¿eh? En casa, con tu pareja, te enfadas y te vas al cuarto de baño. En un coche no puedes ir a ningún lado. Tienes que solucionarlo porque si no es un drama”.

Dice Carlos Sainz que cada vez que se ven es como si se hubieran bajado del coche ayer. “Estamos en una cena y anticipo lo que va a decir. Supongo que a él le pasa lo mismo. Cuando convives con una persona esa cantidad de horas, minutos, segundos; y piensas en la calidad de esa convivencia, en la tensión y el riesgo, y en el tiempo dedicado al mismo objetivo, puedes imaginar los lazos. Es el colaborador que siempre te gustaría tener a tu lado. Superpositivo. Parte de nuestros éxitos provienen de su manera de ser, extrovertida, siempre dispuesto a ayudar”. Moya retoma el hilo: “Me enorgullece que me haya pedido que vaya al Dakar con él. Pero no voy. Para competir con Carlos, tienes que dar lo mismo que él o más. Menos no puedes. Con mucha intensidad. Eso lo aprendí de él. Que en la vida para conseguir las cosas tienes que darlo todo. Y yo ahora no tengo la cabeza para eso. Ese estrés ya lo tuve muchos años”. Ahora practica natación, lleva una vida tranquila y recuerda ante auditorios de ejecutivos sus hazañas y frases memorables. La tercera del ranking personal en realidad le corresponde Sainz. Año 1994. Última etapa del campeonato del mundo. Con posibilidades de alcanzar lo más alto. Pero el Subaru derrapa y se sale de la pista. Sainz exclama: “La cagamos, Luis”. Moya, incombustible, replica: “No la cagamos, ¡dale!”.

 

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