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España, ese país de infieles

Los nuevos tiempos han empujado a los ciudadanos a cambiar de pareja, de partido político o de supermercado. Muchas veces, incluso, practicamos la promiscuidad

Mario Casas y María Valverde en 'Tres metros sobre el cielo', de 2010. Parecía una pareja indestructible, pero...
Mario Casas y María Valverde en 'Tres metros sobre el cielo', de 2010. Parecía una pareja indestructible, pero...

Las crisis propician las infidelidades. También en la vida privada. Según un estudio del portal de contactos especializado en aventuras extramatrimoniales, Ashley Madison, España es el país más infiel de Europa. El éxito de este portal está planteando a sus responsables su salida a bolsa. Pero los españoles también somos infieles en los asuntos públicos. Las infidelidades cometidas hacia el partido de toda la vida, cambiado ahora por uno más joven; hacia la marca de cacao de siempre; la compañía telefónica con la que se tenía una relación de años, o el banco donde se guardó el regalo de la primera comunión. La dureza de los últimos años ha puesto a prueba las lealtades, y muchas no han resistido.

Ya llevamos unos años ejerciendo la promiscuidad en el día a día. Por ejemplo, cuando nos enfrentamos al supermercado. Vamos practicando la infidelidad dependiendo de las ofertas. ¿La leche está más barata aquí? La compro. Sin embargo, prefiero recorrer unos metros para aprovechar que en otro establecimiento el pescado ha bajado el precio. ¿Se ahorra? Sí. ¿Se pierde calidad? No mucha. Todos contentos, pues.

La más evidente infidelidad, y en campaña electoral, es la del voto. La crisis económica, transformada en estallido político, hizo hablar de pérdida de confianza, desafección, desengaño. La relación ciudadanos-representantes, mantenida con sus más y sus menos a lo largo de la democracia, había entrado en barrena. “Cuando las cosas van bien, la gente es fiel”, explica a grandes trazos Fermín Bouza, catedrático en Sociología y especialista en Opinión Pública por la Universidad Complutense de Madrid. La fidelidad de voto de PP y PSOE se sitúan en un 49% y un 41% respectivamente, según el barómetro de abril de Metroscopia. Es decir, de los votantes que les apoyaron en 2011, menos de la mitad lo haría en las próximas elecciones. Un dato alarmante per se que se agrava si se tiene en cuenta que tradicionalmente ese porcentaje ha rondado el 80% para los dos grandes partidos. En 2011, antes de entrar al Gobierno, el PP rozaba el 90% de votantes leales.

Vamos practicando la infidelidad dependiendo de las ofertas. ¿La leche está más barata aquí? La compro. Sin embargo, prefiero recorrer unos metros para aprovechar que en otro establecimiento el pescado ha bajado el precio

El cambio no está motivado por el despecho. O al menos, no exclusivamente. “Si fuera un voto de rabia, se habría movido antes”, asegura Bouza. En su opinión, la masa de votantes que ha cambiado de opción política o está indecisa (una media del 35% para las próximas elecciones municipales y autonómicas), lo está debido a un análisis racional de la situación. Sin embargo, la mayor caída en la lealtad de los votantes del PP se produjo pocos meses después de su llegada al Ejecutivo: en agosto de 2012, la fidelidad cayó al 50%. Por eso, José Fernández Albertos, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Harvard, le lleva la contraria. “Es cierto que, en la visión idílica y poco real del votante que se informa y evalúa el programa, que la gente sea infiel es bueno. Significa que hay una masa crítica. Pero las cosas son un poco más complicadas: los votantes más fieles son los más informados sobre política, a veces incluso los más educados”. El infiel, según Fernández Albertos, no tiene por qué haber reflexionado profundamente sobre su ideología. Por eso está más dispuesto a cambiarla.

Pero, para que la infidelidad pase del pensamiento al hecho, es necesario otro elemento: un nuevo objeto de deseo, otra relación posible. Y ahí entran en escena las nuevas formaciones, Podemos y Ciudadanos, que vienen a funcionar como amantes del PSOE y del PP respectivamente, analizando exclusivamente la fidelidad del voto. El 19,5% de los ciudadanos que confiaron en el PP en 2011, dicen que ahora lo harán en Ciudadanos; el 21,8% de los que votaron al PSOE se inclina ahora por Podemos (aunque en el caso de los antiguos votantes de IU este porcentaje sube hasta el 44%). Pero, cuidado. Las relaciones recién nacidas no pueden confiarse. Fernández Albertos advierte de que gran parte de los que cambian ahora su voto ya habían tenido algún escarceo fuera de su partido primario. Y no es absurdo pensar que los infieles puedan ser reincidentes.

"Entre PP y Ciudadanos, es como si una señora va al supermercado a comprar un yogur y tiene que elegir entre el de la marca oficial o el de la marca blanca". La comparación salió de la boca de Irene Montero, secretaria de Coordinación de Podemos, en un mitin el pasado abril. Desde entonces, se han sucedido las acusaciones hacia el partido naranja de no ser más que una versión barata de derechas, cosa que Albert Rivera y sus seguidores se han empeñado en negar. Pero, teniendo en cuenta el éxito de las marcas blancas, que alcanzan un 43% del gasto en el carro de la compra según la consultora Nielsen, quizás ser un Hacendado de la política no sea tan mala idea.

Los votantes más fieles son los más informados sobre política, a veces incluso los más educados”

José Fernández Albertos, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Harvard

Si miramos los bolsillos, vemos de nuevo que la tendencia a buscar fuera de la pareja habitual se ha incrementado con la crisis. Antes de 2008, España era uno de los países europeos que menos productos sin marca consumía. Ahora, es de los que más. El consumidor se ha vuelto más exigente: buscando el precio más barato, se alarga el tiempo que se dedica a la compra y se reduce el presupuesto. Además, pese a que los productos de las distribuidoras (Hacendado, Dia, varias en Lidl) cayeron en 2014, la analista Kantar Worldpanel prevé que volverán a crecer en 2015.

Se repiten datos similares a la fidelidad de voto: solo el 46% de los consumidores compra las mismas marcas que antes de la crisis, según el informe La fidelidad de los consumidores a la marca, realizado por el Consejo Superior de Cámaras de Comercio en 2013. El resto, adquiere productos más económicos, de marcas blancas o imitaciones. Si comparamos la costumbre del consumidor con la del votante (al fin y al cabo, las dos identidades principales del ciudadanos en un sistema capitalista y democrático), hay diferencias curiosas. La fidelidad crece con la edad, y los jóvenes están más dispuestos a cambiar de marca. A mayor educación, menos lealtad. Las clases medias son las más volátiles. Aunque hay grandes diferencias entre sectores: la fidelidad en los servicios eléctricos alcanza un 90% y en los juguetes, al otro extremo de la tabla, solo un 32%.

Hay un último dato esclarecedor. Pese a los devaneos, la media de fidelidad del consumidor es del 61%. Pese a todo, solemos inclinarnos por la marca habitual. Si como los ciudadanos actúan como votantes de la misma manera que como compradores, quizás en las próximas elecciones acabe eligiendo el detergente de siempre.

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