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EDITORIAL

CiU ante la ley

La mayoría del partido comienza a asumir que deberá acatar el dictamen del Constitucional

El nivel de confusión al que ha llegado la política catalana oficial es feraz. Llevan bastantes días los dirigentes nacionalistas de Convergència i Unió ocupados en una conspicua guerra de hipótesis: qué harán cuando el Tribunal Constitucional ponga el freno a la convocatoria formal del referéndum sobre la independencia. El entretenimiento es binario. Los más defienden que, por supuesto, deben acatarlo. Sin embargo, un puñado aún cree que sería posible desafiarlo.

Estos últimos han convertido a la federación en una aparente olla de grillos. Los dirigentes de Convergència más propensos a jugar con el independentismo —como el consejero portavoz Francesc Homs y el nuevo coordinador del partido, Josep Rull, disciplinado heredero de Oriol Pujol— emiten mensajes de radicalidad, asegurando que en cualquier caso “pondrán las urnas” el 9-N, como si fueran tiendas de campaña. Otros, más serios, como el titular de Obras Públicas, Santi Vila, abjuran de cualquier actuación que implique “no respetar la ley”.

Hay de todo en la viña pospujolista, presidida por la perpetua ambigüedad de Artur Mas, quien algunos días aparece moderado y otros se viste de muy secesionista. De hecho, se propone celebrar la Diada en el Fossar de les Moreres, santuario de los más separatistas antisistema. La coherencia del mensaje se completa con el socio democristiano Unió, inequívocamente partidario de aplazar (o sea, cancelar) cualquier disparate ilegal, al menos en su mayoría, porque algunos de sus militantes en el Gobierno de Mas (como el secretario de Universidades, Xavier Castellà) hacen residualmente méritos autárquicos por si acaba imponiéndose la separación.

Lo más sorprendente de esta representación es que monopoliza los mensajes de los medios de comunicación públicos de la Generalitat, poco propensos hasta ahora a otras labores, como investigar los avatares fiscales de la familia Pujol. Quizás ocurra que ya no hay problemas en Cataluña, que la crisis ha desaparecido, que los recortes sociales son cosa del pasado, que la honestidad impera. También podría suceder que, como en Bizancio, las discusiones sobre el sexo de los ángeles prefiguran la irrupción de los infieles, y que conviene empezar a olvidarse de Convergència, en calidad de formación convertida en —caótica— marca blanca de Esquerra Republicana de Catalunya, un partido muy peculiar pero que al menos parece saber lo que quiere.

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