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La periferia del senador Piano

Aportó belleza ligera y profunda a las ciudades, y ahora quiere frenar su expansión incontrolada. Entramos en la guarida genovesa de Renzo Piano, un arquitecto con escaño

El centro cultural Jean Marie Tjibaou, construido por Piano en Noumea. Ampliar foto
El centro cultural Jean Marie Tjibaou, construido por Piano en Noumea.

La Liguria, al noroeste de Italia, tiene forma de arco y ocupa un territorio estrecho entre las montañas y el mar. Allí se encuentra Génova, una de las ciudades del bel paese con más carencia de espacio. Posee un denso tejido urbano, y las carreteras aquí son angostas y se han vuelto obsoletas.

Recorriendo en coche una de ellas, la vía Aurelia –conocida también como la carretera del amor por el estupendo paisaje que brinda de la costa– se llega al Renzo Piano Building Workshop, en Punta Nave, sobre la costa occidental de Génova, entre Voltri y Vesima. El centro de operaciones del arquitecto más universal de la Italia moderna.

Suena el timbre y se abre un portón que conduce a un funicular de cristal con cuatro sillas rojas como las que usan los directores de cine. El ascensor recorre al aire libre una colina empinada. A la izquierda, arquitectos sentados delante del ordenador; a la derecha, una rica vegetación de palmeras y olivos; y delante, el mar azul profundo. Unas muchachas en biquini juegan con las olas.

El Renzo Piano Building Workshop no es demasiado grande –ocupa solo mil metros cuadrados– y fue construido, en 1991, para albergar un laboratorio sobre una ladera terraceada. El arquitecto quiso rendir homenaje a su tierra y decidió conservar las terrazas creadas por los campesinos para cultivar en la colina empinada. Ideó un techo de vidrio inclinado que no interrumpe la continuidad de las terrazas. Las oficinas de Renzo Piano han sido organizadas en cuatro niveles, conectados con una escalera interna de 32 peldaños. En el primer nivel: la cocina, el comedor, una sala multimedia, una mesa redonda para discutir los proyectos con el jefe y una biblioteca por cuyas paredes trepan los libros de arte, arquitectura e historia. Después, otras tres terrazas donde trabajan 60 personas: 40 arquitectos más personal de apoyo.

La torre de 'The New York Times' en Manhattan. ampliar foto
La torre de 'The New York Times' en Manhattan.

Renzo Piano baja las escaleras despacio. Saluda con un apretón de manos y una sonrisa contagiosa. Se dirige a su lugar favorito: un pequeño taller donde tres jóvenes modelistas construyen maquetas de plástico y madera. Hay un centenar de herramientas de diversos materiales y formas, ordenadamente colgadas en una pared de madera. Huele a serrín fresco.

“Este es mi sitio preferido. El lugar donde se construye con las manos”, confiesa Piano, el arquitecto-constructor-artesano que ama vivir todo el proceso de la proyección de un edificio. Su abuelo, su padre y sus tíos eran pequeños constructores. Al entrar en su rincón predilecto vienen a la memoria sus palabras pronunciadas en el discurso tras recibir el Premio Pritz­ker, el 17 de junio 1998. “Nací en una familia de constructores, y eso me ha permitido tener una particular relación con el trabajo. He amado siempre visitar la obra con mi padre y ver las cosas nacer de la nada, creadas de la mano del hombre. Para un niño, una construcción es magia: hoy ves un montón de arena y piedra, mañana un muro que se mantiene en pie solo”.

A punto de cumplir 77 años (los cumple el 14 de septiembre), Piano posee un aire juvenil. Sonríe siempre, habla bajo y gesticula sin cesar con las manos. En el bolsillo de su camisa lleva siempre una libretita, un lápiz y “un aparato”, como llama al iPhone. Vive a caballo entre París, Nueva York y Génova, ciudades en las que tiene estudios y residencias. Pero es en su tierra natal donde se siente más a gusto y donde se pueden comprender algunas claves de su obra. “Génova es una ciudad antigua que conserva muchos secretos”, explica. “Su belleza está escondida, y me permite dialogar con el infinito, delante del mar”. Cuando era niño, desde la montaña veía las naves mercantes, las grúas y el puerto. Su infancia estuvo marcada por las imágenes de una ciudad “pesada”. Y fue así como en su cabeza empezó a rondar la idea de crear el efecto contrario: la arquitectura liviana y elegante, como un barco de vela.

“Este estudio es el buen retiro y el territorio del silencio, un lugar donde me refugio y reencuentro mi relación de siempre con el mar”, explica. “Para mí la idea de tener vista de pájaro es fundamental. Lo cambia todo”. Piano llama la atención sobre el vuelo de dos gaviotas que se ven por el cristal. “Aquí las gaviotas las vemos desde arriba, no desde abajo”, dice. “Es interesante cambiar el modo de ver las cosas”.

El arquitecto, si está en el momento justo en e lugar adecuado, se convierte un sensor del cambio

Licenciado en arquitectura en Milán, en 1964, el reconocimiento internacional de Renzo Piano llegó de la noche a la mañana. En 1971, junto con su amigo Richard Rogers, ganó el concurso internacional para proyectar el Centro Pompidou de París. “Fue una completa provocación. Yo tenía 33 años y Richard, 37. A esa edad sabes sustancialmente que debes rebelarte, y ese es el mejor sistema para encontrarse con uno mismo. La rebelión es el arma secreta para encontrar la energía. Sería demasiado arrogante decir que conocíamos exactamente cuáles serían las consecuencias. Pero escuche una cosa: lo que sucede con el arquitecto es que, si se encuentra en el lugar justo en el momento adecuado, termina convirtiéndose en el sensor del cambio. El mundo cambia, no es el arquitecto quien cambia el mundo. En 1968, París vivió una revolución. ¿Qué se debía hacer? No podía ser un edificio lleno de mármol, que provocase miedo a la gente, como las grandes catedrales. Debía ser un edificio pensado como una fábrica, y eso fue lo que hicimos”, recuerda.

Después de la caída del muro de Berlín, Piano emprendió otro de los proyectos más importantes de su carrera: la Potsdamer Platz, acaso la reconstrucción urbana más ambiciosa del siglo XX. Gran parte de su trabajo se ha concentrado en la realización de grandes obras públicas. Y pieza por pieza, ha exportado su idea de la arquitectura ligera y de la belleza. “Cuando comienzas a comprender lo liviano descubres que es un comportamiento del espíritu”, explica. “La inteligencia puede ser liviana o pesada”. Allí están sus mejores testimonios de la simbiosis entre la belleza y lo liviano: la Menil Collection, en Houston (Texas); el Centro Paul Klee, en Berna (Suiza); el Auditorio Parco della Musica, en Roma, o el aeropuerto internacional de Kansai, en Osaka (Japón).

Piano comenzó el nuevo siglo con la torre de 52 niveles en Manhattan que es la sede de The New York Times. Un edificio que no es público pero, aclara el arquitecto, “tiene una relación muy especial con la ciudad”. Y recientemente ha construido el edificio más alto de Europa: la London Bridge Tower, la torre de vidrio de 66 pisos y 305 metros de altura. Cree que la misión del arquitecto consiste en difundir la belleza heredada de los griegos, profunda y de calidad. Está convencido de que el arte y la belleza, vividos cotidianamente, pueden tener alcances muy positivos. “La belleza cambia la vida de las personas, cambia el mundo. Su rol en nuestra sociedad, aplicada a la escritura, la pintura, la música o la arquitectura, cobra una grandísima importancia. Y, en particular, la belleza de la arquitectura es vital, pues es el arte de construir lugares para los seres humanos”.

La London Bridge Tower. ampliar foto
La London Bridge Tower.

Posee todavía mucha energía y está decidido a concentrarla en la transformación de las periferias de las ciudades. Saca la libretita que lleva en el bolsillo de la camisa, pero decide diseñar su plan en el cuaderno de apuntes sin renglones de la periodista. “Para rescatar las periferias, lo primero que hay que hacer es evitar que sean ciudades dormitorio. Segundo: hay que llevar fertilizantes a la periferia. Es decir, llevar actividades no solo residenciales y productivas, sino culturales y de servicios. Llevar la vida, porque si no hay vida falta el afecto, la cohesión. La ciudad es bella solo cuando es mixta; cuando la residencia, el comercio (que no son los centros comerciales), las actividades productivas, las oficinas, la cultura, las escuelas, los servicios, las bibliotecas están juntos. Si no existen estos elementos, la ciudad o la periferia no son nada”.

“Todas las ciudades han crecido por expulsión, y es imposible continuar creciendo así”, asegura. La primera tarea, dice, consiste en no construir nuevas periferias y frenar su crecimiento, para lo cual se requiere trazar un “cinturón verde que defina el límite inquebrantable entre la cuidad y la periferia”. Segunda tarea: “Llevar a la periferia el transporte público y crear de modo sistemático ángulos de vida: escuelas, bibliotecas, hospitales, museos, tribunales”. Tercera: “Transformar los espacios industriales, ferroviarios y militares abandonados. Hay que construir sobre lo edificado y parar de comer otros territorios”. Hoy trabaja en dos obras pensadas para la periferia: la rama de la Universidad de Nueva York, en Harlem, y el nuevo palacio de justicia de París, en la banlieu.

Hace un año Piano recibió una llamada del presidente de la República, Giorgio Napolitano. Le anunciaba que sería senador vitalicio. Se trata de un honor que el presidente concede a dedo a personas que, según la constitución italiana, deben haber “ilustrado la patria por altísimos méritos en el campo social, científico, artístico y literario”. Tienen derecho a participar en las discusiones del Senado y las comisiones parlamentarias. Sin embargo, su presencia no siempre es constante. Y aunque no participen de lleno en la vida del Senado, reciben un salario mensual que ronda los 12.000 euros. Piano, en cualquier caso, considera más productivo poner en marcha su proyecto de “transformar las periferias italianas”. Ha decidido convertir su despacho romano en un estudio de arquitectura. Con su salario de senador vitalicio ha contratado a seis jóvenes arquitectos y urbanistas, que rotarán cada año y se ocupan de lanzar propuestas para mejorar la periferia italiana, donde vive el 80% de la población. Funciona como una lluvia de ideas: cada uno de los participantes propone soluciones concretas, que son evaluadas por Piano. En una segunda fase, el arquitecto y sus pupilos se encargarán de buscar financiación.

Se oye el ruido del motor que regula el sistema de láminas, que se activa de forma automática cuando aumenta o baja la luminosidad. A las cinco de la tarde, las láminas se abren y una luz delicada se cuela sobre el rostro de Piano, que sigue encantado mirando el mar. “¿Sabe por qué soy optimista? Nací durante la guerra, soy hijo de un temporal. Y cuando el temporal pasa, cada día se convierte en un momento más bello, cada noche se vuelve más luminosa. Y eso es algo que llevas dentro toda la vida. No se puede ser proyectista si no eres optimista” P