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Ouka Leele vs. América del Norte

Recorremos Norteamérica junto a la que fue la fotógrafa de la movida a través de las mejores imágenes de National Geographic. Desde las llanuras con los indios americanos hasta una desierta y lluviosa Times Square

Los indios se dirigen hacia el atardecer. Ver fotogalería
Los indios se dirigen hacia el atardecer.

"¡Qué fácil sería matar a John Lennon!”. La frase, exclamada en otro momento y otras circunstancias, tal vez carecería de relevancia. Pero pronunciada en el mismo lugar y solo unas horas antes de que un loco tiroteara al genio de Liverpool, adquiere otro cariz y llega a poner los pelos de punta. La fotógrafa española Ouka Leele, que en 1980 contaba 23 años, verbalizó este pensamiento al entrar en el edificio Dakota y observar la facilidad con la que se podía acceder al lugar en el que residía uno de los artistas más admirados del globo. Ella asistía a una fiesta del hijo del compositor Leonard Bernstein. El Dakota se convirtió en un lugar marcado por la desgracia. Años antes había albergado el rodaje de La semilla del diablo, de Roman Polanski.

Esos disparos enmudecieron a la bulliciosa Nueva York la fría noche del 8 de diciembre. Fueron unas horas de aliento contenido, hasta que se confirmó lo peor. “Cuando yo entré, poco antes de que sucediera, el chico ese [se refiere al asesino, Mark David Chapman] ya debía de estar merodeando por ahí, esperando a que llegara Lennon”, rememora. Como fotógrafa, no puede evitar recordar en este punto la “maravillosa” portada de Rolling Stone realizada por Annie Leibovitz en la que el exbeatle aparece desnudo en una cama junto a Yoko Ono. Una imagen tomada horas antes de su asesinato.

La fotógrafa permaneció tres meses en Nueva York, “una ciudad muy abierta, en la que si a alguien le gustan tus zapatos por la calle, no tiene problema en decírtelo”. Ella recuerda el bombardeo de sensaciones al que somete esta ciudad. La fotografía de una semidesierta Times Square evoca todo esto a Ouka Leele, porque incluso una plaza vacía de madrugada absorbe al viandante por el colorido y las luces de neón diseñadas para captar la atención del caminante despistado. Aunque el barrendero solitario, quién sabe si cansado del mismo paisaje cada jornada, ni levanta la mirada. Incluso Nueva York puede llegar a resultar monótona.

La vuelta al mundo de ‘National Geographic’

La mítica revista ha retratado el mundo desde 1888. Ahora la editorial Taschen reúne en tres lujosos libros este impresionante recorrido visual por la historia. Es el punto de partida de esta serie de verano, en la que cinco grandes fotógrafos españoles realizan su particular selección de ese material. En esta segunda entrega, Ouka Leele nos lleva a Norteamérica.

Y, sin embargo, algo tan simple como unos carteles pegados a la puerta de un granero pueden ensimismar irremediablemente a unos chavales de un pueblo de Ohio. Es la doble faceta de un país con tantas caras como almas viven en Estados Unidos. Para Ouka Leele, que guarda una estrecha relación con el grotesco mundo circense, esta instantánea “tiene la estética de Amarcord, de Federico Fellini”. Tras un encargo para un cartel del teatro circo Price, la madrileña decidió retratar su propia visión de los malabaristas y payasos. La fotógrafa nació como Bárbara y fue rebautizada por un cuadro firmado por El Hortelano, pintor de la movida.

La pintura ha tenido en su vida tanta importancia como la fotografía, por eso en un determinado momento decidió que el objetivo no era suficiente para captar sus emociones y aunó el blanco y negro de las fotos con los pinceles y las acuarelas para aportar el color. Por eso, la escena del pueblo barquero de Maryland le evoca un cuadro, una sesión orquestada como las suyas. “Que no digo que el fotógrafo la preparara, ¡eh!”, se apresura a aclarar, “a veces pasa, que te encuentras con la imagen frente a tus narices”. Y pone como ejemplo una instantánea de unas bailarinas en unas escaleras que tomó en una sesión en el palacio de los duques de Pastrana, en Madrid. “Quedaos así, por favor”, les rogó a las muchachas, y ahí están, con sus tutús y en fila india.

A simple vista queda poco de los frenéticos años ochenta en Madrid, que ella vivió siendo aún una adolescente, tenía 17 años en el boom de la movida. En alguna ocasión ha declarado que sus compañeros de aquellos años son como “amigos del colegio”. Aunque en el fondo algo permanece. La locura y desenfreno de aquella época han quedado difuminados por los años, y han dado paso al caos organizado que impera en su ático madrileño y a la calma con la que habla.

Como lo hace cuando recuerda su infancia. A la Ouka Leele niña, cuando aún se llamaba Bárbara, le encantaban las barbies y los indios. De un extremo a otro. “Cuando yo era pequeña, estaba la típica compañera de clase que tenía una Barbie. Y entonces íbamos todas como locas a su casa a jugar con esa muñeca. Claro, nosotras acostumbradas a los muñecos que emulaban a un bebé y tenías que cuidar. Y de repente llega desde Estados Unidos una tía que lleva sujetador y todo, con la que te puedes identificar”. Ouka Leele ve en la imagen de Atlantic City, esa de la playa atestada como el litoral español en agosto, un mar lleno de aquellas barbies que hacían intuir que al otro lado del Atlántico existía otro mundo.

Perfil

A sus 17 años fue la fotógrafa de la movida, pero eso hace mucho que quedó atrás. Ouka Leele (Madrid, 1957), seudónimo de Bárbara Allende, fue pionera en la combinación de pintura y foto. Ha expuesto en París, Londres, Nueva York o Fráncfort. En 2004 ganó el Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid y, en 2005, el Nacional de Fotografía.

Un mundo con sus luces y sus sombras, que redujo a las tribus indias americanas a contadas reservas. Cuando aún era posible verlos orgullosos sobre sus caballos por las llanuras, a principios del siglo pasado, Joseph K. Dixon logró fotografiarlos. “Mira qué dignidad, qué orgullo muestran. ¡Qué poco les ha respetado el hombre blanco!”, exclama Ouka Leele. Alrededor de 50.000 indios americanos perecieron a finales del siglo XIX en aquella tierra que perteneció a sus ancestros.

Un día le hubiera gustado llenar con un reportaje sobre aquellas tribus una de esas carpetas que abundan en su casa-estudio, en las que archiva antiguos trabajos. Porque a ella le encantaban las películas del Oeste, “pero solo en las que salían indios, las de vaqueros me aburrían”. Entre archivadores merodean sus dos perros y dos gatos, las postales inundan la pared frente a su ordenador, un par de ellas son del Moulin Rouge, y se intercalan con mensajes de cariño de su hija. Incluso se puede encontrar una estampita de un religioso, padre Pío, que le regaló un taxista.

Ouka Leele, famosa por el cuidado y la preparación de sus instantáneas, encuentra también en las imágenes espontáneas un valor fundamental. Como la de los niños de la fotografía de Thomas Nebbia en California. Muy años sesenta. ¿A quién no le gusta abrir el viejo álbum familiar y decir aquello de “¡cómo hemos cambiado!”?. La fotógrafa hace una petición: “¡Que nadie tire ninguna foto!”, ni siquiera esa en la que no hemos salido del todo agraciados. Esa típica imagen molesta que toma el familiar inoportuno, cuando por fin estamos sentados a la mesa deseando atacar los platos, adquiere con el paso de los años un significado único. “Con el tiempo son joyas”, afirma Ouka Leele, que guarda un montón de instantáneas con agujeros: su hermana siempre se recortaba

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