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Un anticuario moderno

Empezó acarreando antigüedades cada semana desde París con una furgoneta

Hoy, Lorenzo Castillo concibe interiores para millonarios y hoteles a lo largo del mund

Ha convertido su casa en el centro de Madrid en su mejor carta de presentación

Nos abre las puertas de su particular mundo

Castillo, sentado en un sofá Napoleón III tapizado con una tela de los años sesenta del parisino Manuel Canovas. Ampliar foto
Castillo, sentado en un sofá Napoleón III tapizado con una tela de los años sesenta del parisino Manuel Canovas.

Como escribió Walt Whitman, “los interiores tienen sus interiores”. Por eso, alguien que elige vivir en un palacete del XVII en el siglo XXI está, cuanto menos, seguro de su mundo interior (y posiblemente también de su cuenta bancaria). Quien buscó ese entorno para renacer al borde de los cuarenta se adentra, además, en el fascinante y peligroso experimento de inventarse una vida. Eso hizo Lorenzo Castillo (Madrid, 1968), posiblemente el anticuario más moderno de Madrid y, paradójicamente también, un historiador convertido en inventor de historias. “A partir de verdades”, matiza. Castillo es decorador a la antigua: idea escenarios para la vida de los demás. Pero es, también, un interiorista contemporáneo: tiene por consigna la comodidad. “Las casas incómodas son falsas”.

Autor de renovaciones que tienen tanto de novedad como de recuperación –el hotel Santo Mauro de Madrid, la tienda de Loewe en la Gran Vía madrileña o el hotel Room Mate de Nueva York–, hace sentir en casa a clientes convencidos de que las paredes, y los muebles, hablan.

Con 40 años Castillo hizo tabula rasa. Para comprar su palacete en el centro de Madrid hipotecó hasta los tenedores: vendió cuanto tenía. Puede que llame más la atención que encontrara comprador para tanto objeto, pero eso implicaría entender poco de decoración: “La historia de los muebles y los objetos vale tanto como su autoría”, apostilla en su casa-muestrario, una vivienda en continua transformación y redecoración donde almacena las piezas que cada semana le llegan de subastas y anticuarios del mundo. Al igual que en La casa della vita que Mario Praz atesoró en Roma, todo en la vivienda de Castillo tiene un secreto. Sin embargo, a diferencia del escritor italiano que trató de recrear la época en la que había vivido su abuelo, en este palacete nada, o poco, permanece. No hay ningún hueco asegurado en unos salones cambiantes según los trabajos de su dueño. Asomado a la calle de la Magdalena, Castillo explica que no hace tanto, las mejores casas de Madrid se daban cita en su barrio o en la vecina calle de Atocha, “que unía el Buen Retiro con el Palacio Real”.

Fue su padre, un cirujano maxilofacial, quien alentó su afán coleccionista. A Lorenzo y a su hermano Santiago, que es restaurador, les compró un pequeño local en el barrio de las Letras y una furgoneta. Con 100.000 pesetas, viajaban en ella todas las semanas a París. Se pasó años cargando y descargando aquella furgoneta. Hoy, Castillo decora viviendas en Nueva York o en el Caribe. “Y me fían los anticuarios de París y de Florencia”.

Los clientes ricos no saben digerir el espacio. Hacer de una gran casa un hogar requiere esfuerzo, dinero y gusto

Tal vez por eso, más allá de su jovialidad, lo primero que se aprecia al cruzar su puerta es hasta qué punto los pasados de las grandes casas se desgranan por los salones del mundo. En su comedor, una voluptuosa “enfriadora de champán”, construida por un joyero en plata maciza, cristal de roca y amatista data de los años sesenta. Lo del lujo va en serio: tiene espacio para cuatro botellas. La cubitera convive con Figuras Imposibles, de Yturralde, y las piezas op art de Vasarely.

De paseo por su casa –tiene 900 metros cuadrados– cuenta la historia de Pierre Lottier, un francés que trabajó en España después de la Guerra Civil “decorando las casas buenas de Barcelona, aunque también hizo la de Ava Gardner en la Moraleja de Madrid”. Castillo posa junto a un biombo de Lottier que recrea la vida en una plantación al sur de EE UU y, sin pausa, habla del estadounidense Billy Baldwin, artífice de la casa de los Astor en Park Avenue, o de la vivienda de Cole Porter. Suya es la mesilla junto a la que posa. De la estirpe de Baldwin, también él tiene un pie en el clasicismo, otro en la modernidad y las dos manos en la comodidad. “Las casas son para vivirlas”, no se cansa de repetir.

Las salas y la galería están todavía llenas de flores, “de la cena que di a los embajadores norteamericanos”, cuenta, aunque tiene por norma no hablar de las viviendas de sus clientes. A veces tarda hasta dos años en superar una primera fase de diálogo, explica. También que algunas de las personas que acuden a él lo convierten en asesor de por vida.

¿Qué les aporta a quienes tienen ya mucho? “Se trata de que la vida llegue a las casas, de que sean vivibles”, tercia. Y la receta para eso es, opina, la mezcla: “Ahí está la libertad”. Su hogar es el fiel reflejo de ese credo. “Mi casa asusta”, dice riéndose. A pesar de ser claramente burguesa, la vivienda es, en realidad, un laboratorio de pruebas. Una casa desnuda le resulta inhumana. “La arquitectura moderna radical puede ser mucho más encorsetada que una vivienda ecléctica que suma estilos”. Admite que el exceso está tan lleno de posibilidades como de trampas: “La mayoría de los clientes ricos no saben digerir el espacio. Se empeñan en tener casoplones grandes, y convertir una gran casa en un hogar requiere esfuerzo, decisiones, dinero y gusto”.

Uno se retrata en su casa. De esa idea obtiene Castillo sus clientes. La suya es cambiante, “en reinvención permanente”, sin embargo es capaz de trazar “la provenance” de cada una de las piezas. El decorador Michael Smith, pareja del actual embajador de EE UU en España, James Costos, le compró una mesa portuguesa proveniente de París, “de la casa de los Espirito Santo”. Y como el escritorio de Jansen, que tiene en una esquina, perteneció a la vizcondesa de Noailles, Castillo podría también tener en casa el mueble sobre el que la amante del pintor Óscar Domínguez firmó el acuerdo para sufragar el rodaje de La edad de oro, de Buñuel. “En España no se le da tanta importancia, pero en EE UU y Francia es capital poder seguir el rastro de una pieza”, explica. Esa información cambia el precio de los muebles.

El eclecticismo acomoda todo tipo de enseres en el salón. Un lienzo 'op art' de Yturralde de los setenta –“la única época de él que compro”– convive con un aparador de Jansen y sostiene una jarra de Murano de los cincuenta, una cerámica italiana de los sesenta y una lámpara china del siglo XIX. En primer plano, dos camas de día. ampliar foto
El eclecticismo acomoda todo tipo de enseres en el salón. Un lienzo 'op art' de Yturralde de los setenta –“la única época de él que compro”– convive con un aparador de Jansen y sostiene una jarra de Murano de los cincuenta, una cerámica italiana de los sesenta y una lámpara china del siglo XIX. En primer plano, dos camas de día.

Su vivienda y las que decora están arropadas con la microhistoria de los salones de otros tiempos, y él defiende la absorción de ese pasado como una lección de futuro. Cuenta que los Botín adquirieron el palacio de los príncipes de Baviera en el Viso madrileño “y lo tiraron”. Lo sabe porque antes pasó él y compró todos los muebles. Con ese ritmo de adquisiciones –“compro más rápido de lo que vendo”– no es de extrañar que su casa acumule historias y objetos.

Castillo se lamenta de que Christie’s haya vendido el antiguo cuarto de baño de la duquesa de Alba, “quemado durante la Guerra Civil y al que la propia duquesa no le daba ninguna importancia porque es del siglo XX”. Le indigna que el siglo XX no esté protegido en nuestro país. La dilapidación del patrimonio es una constante en España. Por eso fue a París, a la subasta, para ver ese cuarto de baño. Es raro que acuda hoy a subastas. Suele pujar por teléfono. Hace también años que apenas frecuenta los rastros.

Todos los días le llegan ofertas de anticuarios de Amberes, Bruselas, Florencia o París y lo que le hace decidirse por una pieza es la rareza: “Le doy más importancia a que deslumbre estéticamente que a su valor como pieza artística porque no me oriento al coleccionismo: no compro para colocar en vitrinas”, dice, y cuesta creerle a la vista de los cientos de grabados que cuelgan del comedor o la escalera de su casa. “Son una obsesión”, admite, “pero no tengo nada de después del XVIII”.

Castillo estudió Historia. ¿Le llevó eso a las antigüedades o fue al revés? “Las antigüedades son mi vida”, responde. Con cuatro años ya decía que quería ser anticuario. Sus abuelos tenían casas burguesas en la calle de Velázquez y en Conde de Aranda, y el paterno, médico como su padre, era un coleccionista clásico: “Compraba bargueños y pintura, pero no tenía ideas decorativas, simplemente acumulaba”. En cambio, su abuela materna, viuda de un militar, fue una mujer moderna que estudió Farmacia y conducía un Bugatti por el Retiro. “Ella sí tenía una gran idea de la decoración. Cambiaba mucho la casa”. Sus padres, “que podían haber salido supercarcas, eran muy liberales”. Él y sus cinco hermanos estudiaron en el colegio Estudio. Cuando Lorenzo le dijo a su padre, un hombre “muy religioso y muy culto”, que quería ser historiador, el padre lo apoyó, “aunque sus amigos decían que la historia del arte era para las niñas”. La de anticuario tampoco era una profesión bien vista en el mundo burgués en el que se movía: “Un compañero del colegio le contó a su padre a qué me dedicaba y el hombre le explicó que ese era el negocio que le ponían los señores casados a sus queridos”, recuerda riéndose.

Para ser un diseñador moderno hay que conocer la historia, las artes menores y mayores

La anécdota da pie para hablar sobre el oficio de la decoración, tradicionalmente en manos de mujeres y homosexuales. “También de gitanos”, añade él. “Ellos se ocuparon de las antigüedades después de la guerra. Cuando todo está devastado es la mejor época para comprar. Fue entonces cuando los Urquijo lo compraron todo. Lo cuentan los gitanos del Rastro”.

Castillo tiene reunión para hablar del nuevo hotel Room Mate de Nueva York –que los herederos de Rosalía Mera quieren subir de categoría–. En Manhattan está decorando un piso de la Olympic Tower, “en la Quinta Avenida esquina con San Patricio, que es donde Onassis tenía un piso”. Con todo, el anticuario es “la parte más importante del negocio”. También el origen, en la calle de Moratín, donde su padre les puso la tienda, un local pionero en el barrio de las Letras, “entonces un lugar triste que daba hasta miedo”.

De la aventura del inicio y los viajes en los que dormía en la furgoneta conserva las listas de lo que compraba: un grabado del siglo XVIII, una concha de tortuga… “Siempre he pensado que el dinero no favorece el gusto. Es más: lo vulgariza. Las casas de los ricos suelen ser opulentas y caen en el estereotipo. Por eso nos necesitan”, explica. Considera que el rico se empeña en hacerse casas que no tienen una escala humana. “Un error clásico es la casa monumental, incluso si se concibe como escaparate. En La Finca –la urbanización en la que conviven Iker Casillas y Penélope Cruz– están las casas que más odio hacer. La arquitectura tiene una escala equivocada, con enormes cristaleras y todo fuera de proporción. No están pensadas para que viva la gente”. Explica que lo llaman para decorarlas “porque la persona que vive allí no está cómoda y quiere que le hagas vivible un espacio invivible”. Consciente de que a los defensores de la arquitectura desnuda les podría parecer que son sus interiores los que resultan invivibles, explica que él se inventa una historia cuando decora. “Representa lo que es para mí una vida llena de vivencias, de viajes, de una supuesta intelectualidad, no un vacío”. ¿Para qué quiere los libros quien no va a leerlos? “La clave es que las piezas sean verdaderas. Que la decoración se adapte o no a la verdad última del cliente, eso ya es su problema”. Habla de hacer retratos con las decoraciones. Pero admite que, en última instancia, el retratado al final es siempre él: “Si no fuera así se lo encargarían a otro”.

El anticuario adquirió esta chimenea del siglo XIX en París. Y la instaló en el salón de su casa, junto a la biblioteca. Pintó la madera de la repisa blanca para asimilarla a la arquitectura. “Aquí no había nada, me lo tuve que inventar todo”, explica. ampliar foto
El anticuario adquirió esta chimenea del siglo XIX en París. Y la instaló en el salón de su casa, junto a la biblioteca. Pintó la madera de la repisa blanca para asimilarla a la arquitectura. “Aquí no había nada, me lo tuve que inventar todo”, explica.

¿Se considera un maquillador? ¿Hace que sus clientes salgan favorecidos? “Me llaman para que les invente una casa. Y yo les doy un aire intemporal que parece que ha estado allí toda la vida. Eso lo sabemos hacer los europeos. Los americanos no, aunque lo intenten. Una casa no es un teatro”, señala, y aunque admite que no deja de ser una escenografía el hecho de que uno se invente un domicilio con vidas prestadas, explica que la clave está en la sutileza: “No tiene que notarse. Cuando no se nota, lo hemos conseguido”.

La falta de miedo a la invención es otro de los atributos de Lorenzo Castillo: “Puedo ser muy purista, pero soy capaz de ser barroco cuando el local lo necesita para recuperar lo que había perdido”. Algo así le sucedió cuando trabajó en el hotel Santo Mauro de Madrid, en el que, a su entender, “la decoración de la cadena NH había perdido la esencia del lugar”. ¿Qué hizo él? Recuperar el esplendor de la antigua casa que hoy ocupa el hotel.

“Esto es lo que yo quiero”, asegura que dicen muchos clientes al entrar en su casa. Y aclara que, en realidad, están describiendo una sensación: “Una casa que te acoge más que te representa”. A pesar de que entre sus clientes abundan los banqueros, Castillo insiste en el calor por encima de la representación. “Esa es la clave para que las decoraciones arraiguen: sentirse a gusto en ellas”.

¿La historia real de los habitantes no emerge nunca? “El pasado de los clientes aflora en cómo van colonizando las habitaciones con sus recuerdos”. Los muebles anteriores, tiende a desaconsejarlos. “La acumulación convierte las casas en almacenes”. Le espantan los pisos abigarrados, pero también lo contrario: “La modernidad puede ser muy castradora”, esgrime.

¿Se puede hacer una casa “vivida” sin haber vivido en ella? “Es más real irla haciendo con el tiempo, pero una obra es así: ilimitada, se va haciendo y alterando”. Recrea otros tiempos en algunos de sus trabajos. “Defiendo la convivencia. No todo tiene que ser de otra época. La comodidad da las claves de la contemporaneidad, y la permanencia aleja mis interiores de cualquier época. El siglo XX ha dado lo mejor de las artes decorativas. El fallo radical es intentar recrear ambientes del pasado. Hay quien lo hace, pero yo recreo lo clásico desde la modernidad. En decoración hay más libertad que en arquitectura. Aunque en arquitectura, “¿Ricardo Bofill es clásico o es moderno?”, pregunta.

La ausencia de miedo al exceso, a los estampados o a las mezclas compone el sello de Castillo. “Tú tienes que manejar las artes decorativas para evitar que ellas te manejen a ti”, afirma. Y da consejos: “Lo más importante para ser un diseñador moderno es conocer la historia. Sin ese conocimiento de artes menores y mayores no se puede ser moderno. Piensa en Picasso: solo desde el control del pasado se puede actuar en el presente”.