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"Mi trabajo me avergonzaba"

Neil Gaiman podría arruinar su propio mito con la revisión de su obra maestra, 'The sandman', que planea para 2014

Un famoso editor de revistas estadounidense asegura que Neil Gaiman es el personaje más fácil de fotografiar del mundo. Que todo en el escritor evoca a personaje de culto, hasta para quien no lo conoce. Nosotros lo fotografiamos en septiembre de 2013. No estuvo mal. Ampliar foto
Un famoso editor de revistas estadounidense asegura que Neil Gaiman es el personaje más fácil de fotografiar del mundo. Que todo en el escritor evoca a personaje de culto, hasta para quien no lo conoce. Nosotros lo fotografiamos en septiembre de 2013. No estuvo mal.

”No tengo imaginación. Cuando hago la maleta siempre elijo camisetas negras, vaqueros negros, un jersey negro si va a hacer frío…”. A pesar de su apariencia monocolor, el escritor inglés Neil Gaiman es cualquier cosa menos un tipo insulso. Su serie de novelas gráficas The sandman le ha convertido en un icono: diez millones de libros y es el único autor que ha ganado los cuatro premios más importantes de la literatura fantástica. Además, varios de sus títulos han sido trasladados al cine y a la televisión (la versión fílmica de Coraline fue nominada al Oscar a mejor película de animación) y algunos de sus libros se estudian en escuelas. Es solo que viste con esa imagen casi gótica –acaso más estudiada de lo que siguieren sus palabras– que se ajusta bien a su condición de autor de culto. Al final la coquetería le delata mientras posa para las fotografías bajo la lluvia de una mañana londinense, y nos cuenta que el abrigo (por supuesto de tono oscuro) se lo hizo a medida una diseñadora estadounidense. Le gustó tanto que ya tiene tres iguales. “Al estilo de Einstein, que llenó su armario con cinco versiones del mismo atuendo", compara.

Él mismo ha escogido la puesta en escena de la entrevista, un acogedor café de los alrededores del mercadillo de Candem, “este barrio increíblemente cosmopolita con su intersección de culturas: cuando la fórmula funciona resulta mágico”. Ha venido a pie desde la casa de unos amigos con los que siempre se instala cuando visita Londres y que le procuran un entorno de “normalidad “. Al principio pide el clásico té inglés, pero una segunda ojeada a la carta le lleva a cambiarlo por un zumo de zanahoria, remolacha, jengibre y apio, el tipo de brebaje multivitamínico al que son tan adeptos en su país de adopción. Gaiman vive desde hace dos décadas en Estados Unidos, como delata su ligero acento yanqui.

“Creo que no soy muy conocido en España”, espeta nada más arrancar la conversación y en un intento de distanciarse del fenómeno de la fama que cree que coarta al creador. Pero Neil Gaiman ya no puede vivir en la pretensión del semianonimato, no cuando esos logros anteriormente mentados adornan su currículo. Ya no es el escritor más famoso del que nunca se ha oído hablar, etiqueta que alguien le impuso cuando su éxito en todas las parcelas que cultiva no se había traducido todavía en un sello global. “Es cierto que hasta hace pocos años en Inglaterra y Estados Unidos las reacciones oscilaban entre ‘¿Neil Gaiman? Nunca he oído hablar de él' y '¡Neil Gaiman! Dios mío, es mi autor favorito'. Pero no existía en esa especie de área gris que ocupa gente como John Grisham, del que todo el mundo ha oído hablar aunque no hayan leído nada suyo”.

Así y todo, Gaiman alberga la duda. “Nunca estoy muy seguro de dónde soy famoso”. Cita lugares tan dispares como Filipinas, Polonia y, sobre todo Brasil, donde su presencia en un festival literario para firmar ejemplares congregó a millar y medio de seguidores: “Allí me tratan como a una estrella de rock”. Siempre los atiende a todos, armado con una gama de bolígrafos, plumas y lápices (abre la solapa y muestra más de media docena) que colecciona compulsivamente.

Ha recalado en Londres para presentar el libro para adultos El océano al final del camino, un aterrador y al tiempo hermoso relato acerca de la infancia y los rincones más oscuros de la realidad. “Lo empecé de forma accidental. Echaba de menos a mi mujer, que estaba lejos, y quise escribirle una historia corta. Pero seguí escribiendo y escribiendo… hasta que me di cuenta de que estaba haciendo una novela”. El resultado de ese accidente es, según más de un crítico, lo mejor que ha escrito. Gaiman saborea ese reconocimiento después de varios años de ninguneo por parte de un cierto establishment literario hacia un escritor que cultiva el cómic y la fantasía.

“Siempre he ido a mi aire”, explica cuando se le pregunta de su salto del periodismo al universo de la fantasía hace tres décadas. “Lo más interesante que ocurría en el mundo del arte de los 80 eran los cómics", explica. Él los acabó abrazando como “un reducto de libertad que te permitía hacer las cosas fuera del radar convencional”. Así nació el personaje de Sandman, inspirado en el folclore anglosajón y muy alejado de los típicos superhéores, que entonces propulsó a su autor y hoy merece la categoría de clásico. Va a festejar el 25 aniversario de la serie retomándola en una precuela. Lo hará con el aliento de una legión de fans tras el cogote –“era más divertido cuando nadie tenía expectativas”–, aquellos con los que mantiene una comunicación concurridísima a través de Twitter. Busca su cuenta en el teléfono móvil y confirma: “En este momento ya son 1,9 millones”.

La red social le entusiasma. “Se trata de una verdadera democracia: cuando tenía 20 años hubiera matado por poder conectar con los escritores que me gustaban”. Y le parece una “sandez” que se diga que los más jóvenes han dejado de leer libros por culpa de la era tecnológica: “Gracias a las redes sociales los adolescentes descubren títulos que son cool, y eso vende muchos libros”. Más que halagarle, le inquieta que sus obras se estudien en las escuelas: “Los niños tienen el derecho a encontrar sus propios autores, y yo quiero ser ese autor, no el material de un programa de curso”.

Está convencido de que el libro impreso perdurará siempre que se conjure el miedo a experimentar con nuevos formatos. “En EE UU, el libro de bolsillo ha sido sustituido por el Kindle, que es perfecto para el trayecto diario hacia el trabajo, pero las ediciones de tapas duras se venden más que nunca. Yo presiono para que los editores conviertan mis libros en objetos hermosos, es necesario cuando estás en competencia con lo intangible”.

La creación de un videojuego es la última aventura de este autor multifacético que incluso se ha atrevido a subir al escenario para participar en una de las performances de su mujer, una inclasificable música americana que responde al nombre de guerra Amanda Fucking Palmer. ¿Cómo consigue ser tan prolífico? “Me aburro fácilmente y, sobre todo, para mí escribir no es trabajar”. Lleva, al fin y al cabo, 30 de sus 52 años en el oficio. “Confío en poder seguir haciendo cosas que me sorprendan. Cuando empecé con Sandman me sentía hasta avergonzado, pero hoy estoy muy orgulloso”.

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