Columna
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Revelación

En tiempos de bonanza se crearon puestos artificiales a gusto de los políticos locales: ahora estamos pagando los destrozos de la fiesta

Durante estos años pasados, cuando nuestros dirigentes no parecían dispuestos a dar por terminada la fiesta, algunos columnistas, entre los que me encontraba, denunciábamos el sinsentido de todos los servicios que generaban las instituciones públicas. Desde los innumerables asesores que anulaban a funcionarios que podrían haber cumplido con creces el trabajo que los políticos confiaban a externos a los chóferes de ese interminable flotilla de coches destinados a que nuestros representantes no pisaran jamás el mismo suelo que la población que los había votado. Si una se para a pensarlo fueron muchos los puestos de trabajo que se crearon a expensas de los que ostentaban cargos públicos. Incluso las televisiones locales, que en principio se prometían destinadas a informar al pueblo de su realidad más cercana, se convirtieron, a menudo burdamente, sin ningún tipo de sutileza, en voceras del partido que en ese momento ostentara el poder. Viajabas a un lado u otro de España y en cada canal autonómico descubrías lo mismo que veías en tu propia comunidad: que los noticieros se dedicaban a informar de los aburridísimos pasos de sus representantes locales y a exaltar los orgullos de la patria chica.

Ahora que estamos pagando los destrozos de la fiesta, son los mismos políticos que se sirvieron generosamente de un mercado laboral creado a su antojo los que imponen recortes y despidos. Habiendo sido incapaces de crear otro tipo de sistema productivo tienen que deshacerse de servicios que desde el principio fueron exagerados. Lo perverso es que no serán aquellos que se inventaron necesidades a su medida los que hoy engrosan las cifras del paro, sino los trabajadores que las sirvieron. Justos por pecadores. Y esto se me ha presentado de pronto como una revelación, por ser yo una de las denunciaba ese dichoso clientelismo.

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Sobre la firma

Elvira Lindo

Es escritora y guionista. Trabajó en RNE toda la década de los 80. Ganó el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por 'Los Trapos Sucios' y el Biblioteca Breve por 'Una palabra tuya'. Otras novelas suyas son: 'Lo que me queda por vivir' y 'A corazón abierto'. Colabora en EL PAÍS y la Cadena SER. Es presidenta del Patronato de la BNE.

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