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COLUMNA

Perversión

En España, con la ley en la mano, atacar a la dictadura es sinónimo de atacar al Estado democrático

Otros, antes de ahora, se las han prometido igual de felices. Es la tradición del atar y bien atar, el empacho de soberbia que crea un espejismo de poder, la ilusa convicción de que es posible inmovilizar de un solo golpe los pies y las manos de las generaciones venideras. Nunca sale bien.

Algunos jueces han mostrado su preocupación por el hecho de que los escritores opinemos sobre las sentencias del Supremo. Se equivocan dos veces. De entrada, porque no opinamos como escritores, sino como ciudadanos. Y en segundo lugar, porque el objeto de nuestra opinión no es la sentencia en sí, sino los efectos que ha generado. No hace falta ser juez para advertir que, más allá de los tecnicismos procesales, más allá de las múltiples heridas que ha infligido en el honor y en el corazón de muchos españoles, más allá incluso de la propia absolución del acusado, el procesamiento a Garzón por la investigación de los crímenes del franquismo arroja una consecuencia insólita, e insólitamente perversa, sobre nuestro presente y nuestro futuro.

En España, con la ley en la mano, atacar a la dictadura es sinónimo de atacar al Estado democrático. Ese es el efecto de la sentencia del Tribunal Supremo, que ha invocado una ley preconstitucional para legitimar efectivamente todas las acciones de un régimen que se fundó en la orgullosa reivindicación de su origen, un golpe de Estado contra la democracia, en nombre de la propia democracia. Y han pasado muchos años, ya lo sé, y los culpables están muertos, eso también lo sé, pero esta sentencia afecta a la misma naturaleza del Estado actual, porque consagra la monstruosa anomalía que convirtió a España en la excepción más triste de la Europa del siglo XX. Eso es lo que debería preocupar a nuestros jueces, porque eso es lo que tendrán que explicar antes o después. Y desde luego, no es una tarea fácil.

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