FEMINISMO
Tribuna
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Occidente y el llanto de las niñas afganas

El acceso a la educación de las mujeres ha sido una de los objetivos fundamentales del feminismo en siglos pasados y sólo con mucho esfuerzo se ha ido consiguiendo, aunque siempre con condiciones

Hadia, alumna de cuarto de primaria, volvía a casa del colegio el pasado mes de octubre en Kabul, la capital de Afganistán.
Hadia, alumna de cuarto de primaria, volvía a casa del colegio el pasado mes de octubre en Kabul, la capital de Afganistán.ZOHRA BENSEMRA (REUTERS)

La educación de las niñas afganas ha sufrido un duro golpe. De nuevo, las mujeres vuelven a ver desaparecer sus derechos más básicos como es el de la educación. BBC ha publicado en días pasados un estremecedor vídeo en el que aparece una niña afgana que llora porque no le permiten asistir a la escuela por el hecho de haber nacido mujer. En pleno siglo XXI se sigue tolerando que se borren los derechos de las mujeres en pro de un malentendido relativismo moral en el que cada vez importa menos la situación de las mujeres y sus derechos.

El derecho al conocimiento debería ser inalienable pero lejos de eso cada vez se encuentra más en peligro en el caso de las mujeres. El acceso a la educación es el acceso a la libertad. Esto los talibanes lo saben muy bien y por eso prohíben a las niñas ir a la escuela. Se trata, evidentemente, de una guerra cuyos efectos no son menos nocivos que los de la guerra de Ucrania, pero al contrario que ésta, no llena horas en las televisiones del mundo, ni titulares en los periódicos, ni sanciones económicas, porque es una guerra contra las mujeres afganas. Y el estado patriarcal dominante por encima de culturas y países, no ve con malos ojos el sometimiento de las mujeres, muy al contrario, tiene intereses económicos y políticos basados en su permanencia.

El acceso a la educación de las mujeres ha sido una de los objetivos fundamentales del feminismo en siglos pasados y sólo con mucho esfuerzo se ha ido consiguiendo, aunque siempre con condiciones. En España, por ejemplo, aunque es un derecho consagrado que nadie cuestiona gracias a la lucha de nuestras predecesoras, siguen estando los estereotipos sexistas presentes en todo el sistema educativo a través de la infrarrepresentación de las mujeres en libros y materiales, a través de los currículos y de sus desarrollos e incluso de las salidas profesionales que se le ofrecen como más convenientes a mujeres y hombres. Como resultado de esta situación observamos una diferencia cada vez mayor entre lo que eligen estudiar las chicas y lo que eligen estudiar los chicos, diferencia acorde con el retroceso brutal que estamos teniendo a nivel social hacia posicionamientos políticos misóginos. Y es que como nos advirtió Simón de Beauvoir: “No olvidéis nunca que bastará con una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres se cuestionen. Estos derechos nunca son adquiridos. Deberéis permanecer alerta durante toda vuestra vida”. Y esa advertencia sigue siento válida tanto para las mujeres occidentales, como para las mujeres afganas.

Uno de los mitos contemporáneos de occidente que avala el no intervencionismo en casos como éste de daño hacia las mujeres, es que la diversidad cultural se ve como algo positivo per se, algo que en cualquier circunstancia hay que apoyar aunque se lleve por delante derechos y libertades, como si respondiera solamente a una cuestión de estética y no tuviera un significado profundamente injusto en muchos de los casos.

En el vídeo publicado por la BBC queda claro que la diversidad cultural afgana implantada por los talibanes, representa la esclavitud de las mujeres en todos los órdenes además del educativo, y occidente no debería ignorarlo. El pensamiento posmodernista occidental que avala tal diversidad sólo fomenta el retroceso de los derechos de las mujeres, confunde la tolerancia con el avasallamiento y blanquea el patriarcado con el mantra de que “todas las culturas son respetables”. Las niñas afganas con su llanto nos muestran dónde está el límite de lo moralmente aceptable en el terreno de la diversidad, aunque pueda estar sostenido por una cultura o por su homónimo religioso-político.

Es cada vez más frecuente en nuestros días parar cualquier debate moral utilizando el sufijo “fobia”. Así cada intento de argumentación o denuncia de situaciones de injusticia social es frenado mediante palabras como islamofobia, homofobia, transfobia, etc., pronunciadas con el único objetivo de silenciar todo aquello que se oponga a unos intereses determinados. Como afirma la filósofa Amelia Valcárcel, cuando alguien frente a una exposición de argumentos contrapone como única reflexión el uso del sufijo fobia en cualquiera de sus acepciones, lo que en realidad pretende es silenciar al oponente para que no siga hablando, no siga pensando y sobre todo, no pueda “despertar” a nadie con sus razonamientos.

Es momento de despertar y ver que las niñas afganas, las mujeres afganas, necesitan que occidente responda a su sufrimiento e indefensión tan bien como se está haciendo con la guerra de Ucrania. No debemos ceder ante ninguna de las ideologías totalitarias que impiden el progreso humano vengan del país que vengan. Los valores de justicia y dignidad deben pasar por delante de intereses económicos y de estrategias políticas, también en el caso de las niñas y mujeres afganas. Todo aquello que impida el desarrollo de las mujeres como seres humanos de pleno derecho, venga disfrazado de diversidad cultural o de inclusión tolerante, no es otra cosa que barbarie y como tal, debería hacer actuar a los estados que se denominan democráticos.

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