¿Es la reducción de ratios la solución a los problemas educativos?

La pandemia ha materializado en parte de la escuela la reivindicación histórica de la comunidad educativa de reducir las ratios. La medida tiene, según las investigaciones, un impacto positivo aunque desigual

Alumnas en un colegio público de Zaragoza, en mayo.
Alumnas en un colegio público de Zaragoza, en mayo.Carlos Gil-Roig

Cuando José Giner entró por primera vez en clase este curso y miró a su alrededor, pensó: “Esto es otra cosa”. El maestro del colegio público Bertomeu Llorens i Royo de Catarroja (Valencia) tenía ante sí a 13 alumnos de primero de primaria, cuando un año normal habrían sido 26. “Ha ido muy bien, sobre todo por la atención más personalizada que he podido darles. Hay niños que desarrollan con más rapidez la competencia lectora y escritora y son más autónomos, y otros necesitan más tiempo y dedicación. Esta vez he tenido la sensación de darles a todos una respuesta educativa más adecuada. Es difícil saberlo, pero puede que haya servido para que niños que habrían tenido dificultades en el futuro no las tengan o sean menores”.

Las normas para prevenir contagios en la escuela han reducido este curso las ratios de alumnos por clase a niveles históricos, si bien ha habido grandes diferencias entre comunidades autónomas en función de los recursos adicionales que han recibido los centros, explica Vicent Mañes, presidente de la federación de directores de colegios públicos Fedeip, y también del espacio con el que contaba cada escuela. “Allí donde la reducción ha podido hacerse, se ha notado mucho”, añade.

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FOTO: MÒNICA TORRES/EL PAIS
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Este curso se han creado 9.004 clases más en primaria, hasta sumar un total de 142.137 grupos, pese a que el número de alumnos ha descendido un 2,3%. En la ESO se han formado 7.727 unidades adicionales, hasta las 87.081, en paralelo a un aumento en el número de estudiantes en la etapa del 1,3%. La creación de nuevas unidades ha respondido en casi todos los casos a desdobles y ha producido como consecuencia la reducción en las ratios de alumnos por aula en los grupos divididos. Una mejora que ha tenido una distribución geográfica muy desigual. En general se han concentrado en las zonas más densamente pobladas, donde partir las clases ha sido necesario para cumplir los protocolos sanitarios.

Entre las cuatro autonomías con mayor población escolar ha habido grandes diferencias. Madrid y la Comunidad Valenciana han reducido el número de alumnos en las aulas de infantil, primaria y secundaria (en esta etapa en combinación con la semipresencialidad en parte de los cursos). En Cataluña solo se han reducido ratios en los colegios, y no siempre. Y en Andalucía ha ocurrido al revés: los institutos las han bajado (en primero y segundo de la ESO) y las escuelas, en general, no.

La comunidad educativa reclama que las reducciones se mantengan, pero es difícil que las condiciones que se han dado este curso se repitan. Las autonomías volverán a contratar profesores adicionales en septiembre, pero no tantos como este curso, cuando el aumento de docentes ha superado los 35.000. La prioridad de las autoridades educativas pasa ahora por garantizar que todo el alumnado pueda ir a clase de forma presencial, lo que hará los desdobles mucho más difíciles en buena parte de los institutos, tanto por razones de personal como de aulas disponibles, a pesar de que la distancia que deberán mantener entre sí los estudiantes de secundaria se reducirá a 1,2 metros.

Mari Carmen Morillas, presidenta de la federación de familias Giner de los Ríos, mayoritaria en la escuela pública de Madrid, cree que si se vuelve a los niveles de siempre será una lástima. “Se ha demostrado que las bajadas de ratio, en las etapas que han tenido una presencialidad completa, ha mejorado los resultados académicos y la convivencia escolar. Nosotros lo pudimos ver con datos hace unos días en el consejo escolar [donde están representados los profesores, los padres y los alumnos] del instituto de mi hija. Y el curso que viene va a ser crucial para enganchar a muchos niños y niñas a la vida escolar después de como han sido estos dos años”.

Un aula de infantil en Sevilla, este curso.
Un aula de infantil en Sevilla, este curso.PACO PUENTES (EL PAÍS)

Docentes y alumnos coinciden en que el impacto de la bajada de ratios se ha percibido verdaderamente allí donde el descenso ha sido significativo. Donde ha sido menor, con por ejemplo tres o cuatro alumnos menos, ha pasado casi desapercibido. David y Sergio son hermanos, han estudiado tercero y sexto de primaria en el colegio público José María de Pereda de Leganés (Madrid) y este curso en vez de ser 25 en clase han sido 18. “Las clases han sido muchísimo más tranquilas que antes y los profesores han estado más atentos con nosotros”, comentan.

Alejandra, que ha terminado primero de Bachillerato en un instituto de Paiporta (Valencia) ha vivido tanto la versión intensa como la suave de la reducción de ratios. En el primer trimestre, cuando iba al instituto en jornadas alternas, los días que tenía clases presenciales eran 14, y el cambio respecto a lo que estaba acostumbrada, comenta, fue enorme: “El tiempo se aprovechaba mucho más. Los profesores podían parar a hablar contigo y resolverte los problemas, y en clase de inglés hablábamos bastante”. Pero hacia Navidades su curso empezó a ir a diario al instituto, la ratio aumentó hasta ser solo tres alumnos menos de los que habían sido en cuarto de la ESO y todo, dice, volvió a ser más o menos como siempre.

Soluciones más humanas

En Baleares, una de las comunidades donde más ha crecido la población escolar en las últimas décadas, Antoni Salva, director del instituto Binissalem, destaca sobre todo el cambio en primero de la ESO, donde han tenido 20 alumnos en lugar de los 32 habituales. “Los resultados académicos han mejorado claramente. Y también ha habido una reducción drástica de los conflictos que se han tenido que resolver por vía disciplinaria. Al ser menos hemos podido resolverlos mediante el diálogo. En general se han podido dar soluciones mucho más humanas a los problemas”, asegura.

No todos los docentes tienen, sin embargo, una visión tan positiva de la bajada de ratios. Una directora de un colegio público de Madrid, que pide que no se la identifique, comenta que la bajada de ratios, moderada en la mayor parte de clases de su centro, no han compensado el hecho de haberse quedado sin profesorado de apoyo. En muchas escuelas los docentes que cumplían dicha función han sido reconvertidos en tutores de clases. Y Lierni Lizaso, directora del instituto Miguel de Unamuno de Bilbao, añade: “Para el profesorado siempre es más cómodo trabajar con pocos alumnos que con un grupo enorme. Pero si sigues dando las clases del mismo modo, todo muy magistral, con gran parte del alumnado te va a seguir funcionando mal, porque no consigues llegar a ellos”.

Entrada al CEIP Lopez Ferreiro de Santiago de Compostela este curso.
Entrada al CEIP Lopez Ferreiro de Santiago de Compostela este curso.OSCAR CORRAL (EL PAÍS)

Una medida con impacto desigual

Las investigaciones muestran que la reducción de ratios tiene efectos positivos, dice Antonio Cabrales, catedrático de Economía en la Universidad Carlos III, aunque también apuntan a que los efectos “son heterogéneos”: el beneficio en términos de rendimiento académico es mayor en alumnado que procede de entornos socioculturalmente menos favorecidos que cuando se aplica a estudiantes cuyas familias tienen mayor nivel educativo. “Es una herramienta que tiene un impacto, pero es diferenciado. Y por otro lado es carísima”, advierte el catedrático. Reducir el número de estudiantes por clase lo bastante para que su efecto se note requiere un fuerte aumento del número de profesores y, además, incrementar el espacio escolar suficiente.

“Eso no significa”, prosigue el catedrático, “que no haya que usarla, pero hay que mirar el coste-beneficio, destinarla a aquellos centros donde vaya a resultar más útil y ser conscientes de que no es la única herramienta”.

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Sobre la firma

Ignacio Zafra

Es redactor de la sección de Sociedad del diario EL PAÍS y está especializado en temas de política educativa. Ha desarrollado su carrera en EL PAÍS. Es licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia y Máster de periodismo por la Universidad Autónoma de Madrid y EL PAÍS.

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