Andreu NavarraTribuna
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Para un control público de los datos de nuestros alumnos

La situación extrema en la que ha tenido que sobrevivir el sistema educativo se va aclarando y debemos analizar qué ha ocurrido

Una estudiante de cuarto de ESO estudia con su ordenador durante el confinamiento.
Una estudiante de cuarto de ESO estudia con su ordenador durante el confinamiento.Joan Sánchez

Parece que la situación extrema en que ha tenido que sobrevivir el sistema educativo desde el pasado 14 de marzo se va aclarando y ya se piensa en las condiciones de reapertura de los centros en septiembre. En este nuevo contexto, considero muy necesario valorar lo que ha ocurrido y no considerar el paréntesis del confinamiento obligado como una oportunidad rupturista para definir el futuro desde una óptica visionaria y poco realista. Hay quienes se han dado prisa en confundir una necesidad urgente y legítima con un sálvese quien pueda definitivo que habría llegado para quedarse. Pero podríamos llegar a la conclusión totalmente contraria, por ejemplo, la de que las clases presenciales y la instrucción explícita y directa se hayan perfilado como las opciones más deseables, precisamente por haberlas perdido durante tanto tiempo.

En la Comunidad de Madrid, no habían pasado dos semanas y ya estaban teletrabajando a través de la plataforma Microsoft Teams unos 35.000 docentes, unos 650.000 alumnos, y funcionaban allí instaladas cerca de 40.000 aulas virtuales. En Estados Unidos ha habido en el pasado problemas con la privacidad de los datos masivos volcados desde escuelas e institutos, no suficientemente protegidos. El pasado enero, 50 docentes de 40 centros distintos se reunieron en Málaga para asistir a un curso de aplicaciones educativas del videojuego Minecraft. Cada vez son más los centros que utilizan casi exclusivamente herramientas de Google. Quizás Google y Microsoft estén queriendo instalar en sus programas la formación integral de nuestro alumnado del tramo obligatorio, y nosotros no somos capaces de preguntar por qué. Simplemente eso: preguntar por qué.

No estamos negando el valor de las herramientas digitales a la hora de ayudar a educar. El problema surge cuando actuamos de forma precipitada y sin el sentido de la responsabilidad suficientemente engrasado, y en lugar de pensar en la tecnología como una oportunidad de mejora, o un acompañamiento didáctico, le otorgamos valor absoluto y entregamos la centralidad de nuestras estructuras a multinacionales privadas que sabemos que no hacen nada desinteresadamente. Es posibleque en esta ocasión se haya tenidoque actuar con una rapidez insólita, pero los efectos de algunas decisiones pueden repercutir de forma muy sorprendente en el futuro de nuestros jóvenes. Se habla constantemente del “nuevo paradigma”, como si no fuera causado por intereses totalmente ajenos a los objetivos de un sistema educativo, cuya función es transmitir conocimientos y saberes, no utilizar una red pública para generar un mercado ilimitado de datos.

Un hipotético cambio de paradigma en educación deberían comandarlo autoridades educativas, y no empresaso centros productores de fake news. En algunos aspectos, lo que se nos presenta como “innovación pedagógica” está empezando a olvidarse de los grandes porqués que han de cimentar la enseñanza pública de un país. Me pregunto si no se nos estará yendo de las manos la implantación de herramientas tecnológicas, siempre utilizadas desde un punto de vista de consumidor pasivo y no de productor o programador, mirada que podría proporcionar destrezas muy útiles a nuestros alumnos. Todo tiene que ver con videojuegos y funciones muy banales. La ciencia, la educación on lineno son esto: son algo bastante más serio y exigente. Si se ha de cambiar de paradigma,que se pase a uno más profundo y reflexivo, no a esta fiesta de actividades cada vez ajenas a la educación. Empieza a parecer que la buena educación, a través de plataformas realmente educativas y profesores presentes y sabios, empiece a ser un privilegio para pocos y no un derecho para todos. Máxime cuando, en marzo, eran centros privados o concertados los que sí disponían de tecnologías propias para que el confinamiento no pasara factura académica a los alumnos.

Volvamos a educar con todos los recursos de que disponemos: aumentemos nuestra oferta y no la confinemos a los juegos y los traspasos temerariosde información sensible. Atrevámonos a ser maduros, como sociedad. Es posible que se haya abusado de la doctrina del shock y que desde arriba se esté aprovechando cualquier brecha para introducir productos para alumnado y profesorado de muy equívocos origen y función. Catherine L’Ecuyer lo expresó con precisión en una frase suya de hace dos años: cuando hablamos de niños y tecnología, hemos de pasar de una cultura de la temeridad a una cultura de la precaución. Aulas digitales de titularidad pública garantizarían que nada o por lo menos mucho menos escapara a nuestro control. Que datos tan diversos como la frecuencia con la que está enfermo un alumno, o su nivel de comprensión de la lengua inglesa, o sus resultados en matemáticas, o su puntualidad, pasen a manos privadas para, quizás, limitar las opciones de futuro de nuestros jóvenes, a la hora de encontrar trabajo o de contratar un servicio o una póliza, es una posibilidad que debería inquietarnos a todos.

Andreu Navarra es profesor de Lengua y Literatura y escritor.

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