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El misterio del pollo frito en Oriente Próximo

Judíos y árabes han acogido con desigual entusiasmo la llegada de franquicias de Kentucky Fried Chicken desde los años ochenta

KFC Palestina
Restaurante de KFC en la ciudad palestina de Ramala.Craig Stennett (ALAMY /CORDON PR
Antonio Pita

En 2013, en lo más duro del bloqueo israelí y egipcio a Gaza, cientos de túneles daban un respiro a la Franja, conectándola subterráneamente con el Sinaí. Todo entraba por allí de contrabando: desde alimentos y tabaco hasta armas, material de construcción, ganado y coches (sí, coches). A un joven de Gaza se le ocurrió entonces montar Yamama (paloma, en árabe), una especie de predecesor de Glovo en versión física con el que traer Kentucky Fried Chicken (KFC) desde el local accesible más cercano... en Egipto.

Cuando juntaba unos 30 pedidos, un mensajero recogía el pollo recién salido de la freidora, hacía 50 kilómetros en taxi, cruzaba bajo tierra la frontera, tomaba otro taxi y lo entregaba. Un conocido me contó que, cuatro horas después, las patatas fritas estaban ya revenidas y el pollo, frío, pero la sensación de libertad era impagable. Un cubo de 12 piezas valía unos 120 shekels, 30 euros al cambio actual. Ahora que apenas hay túneles, algunos pedidos los traen los 18.000 gazatíes con permiso de trabajo en Israel al terminar el día.

La anécdota da cuenta de la popularidad de KFC en Palestina y, en general, del pollo frito en el mundo árabe, donde proliferan las tiendas de imitación, como la también verde y blanca cafetería de Ramala Stars & Bucks (sic). KFC fue, precisamente, el primer restaurante estadounidense en Siria, en 2006, con la apertura económica de Bachar El Asad. Cerró dos años más tarde.

Cisjordania tampoco es precisamente sinónimo de inversión segura. Además de los puestos militares de control y un sistema de carreteras complejo, los soldados israelíes hacen a veces redadas en ciudades con presencia de KFC. La multinacional lleva allí, sin embargo, desde 2011, con casi una veintena de locales, pese a que intentaron boicotearla por el apoyo ―político, económico y militar― de Estados Unidos a Israel. Más recientemente se ha sumado Popeyes, con franquicias en lugares que ocupan más titulares en la sección de Internacional que en el suplemento de Negocios, como Nablus o Yenín.

Ese mismo 2013 en el que KFC ya había puesto un pie en Ramala y su pollo iba de Egipto a Gaza a precio de oro, sus franquicias acababan de echar el cierre en Israel en números rojos. Solo sobrevivía una, justo en una ciudad árabe, Umm El Fahem. La multinacional ya fracasó en dos asaltos previos a ese mercado, en los ochenta y los noventa, igual que Dunkin’ Donuts o Starbucks.

Rebozado con soja

En 2020, inició un cuarto intento que resuelve ―en parte― el misterio del pollo frito. Y el ama de llaves parecen ser las normas de la alimentación judía, la kashrut, que prohíben mezclar carne y lácteos. KFC había sustituido previamente en el rebozado los polvos a base de leche por unos de soja, además de comprar pollos sacrificados según el ritual judío, para obtener el certificado del Rabinato. Fue entonces cuando “las ventas empezaron a desplomarse y el negocio dejó de ser económicamente viable”, confesó el dueño de la franquicia, Udi Shamai, al diario económico israelí Globes. “El producto era menos bueno”. La cifra de negocio pasó de 4,6 millones a un millón, según la empresa de investigación de mercados Euromonitor.

Por eso, esta vez ha optado por atenerse a la receta original, aunque suponga renunciar al 40% de la población que come kosher fuera de casa. No parece irle mal. Lleva ya 15 sucursales, con planes para abrir 100 antes de 2025 en un mercado pequeño (casi 10 millones de personas) y complejo (burocracia, oligopolios, especificidades culturales…). Los emplazamientos no son casuales. La conquista comenzó cerca de la Basílica de la Anunciación de Nazaret, la mayor ciudad árabe del país. Es decir: palestinos igual de locos por el pollo frito (solo que con ciudadanía israelí), peregrinos cristianos y turistas.

El resto de franquicias están mayoritariamente en otras localidades árabes o en las que pueblan judíos seculares, muchos de los cuales ven aburrida la comida kosher. El director general de KFC en Israel, Omer Zeidner, ha dejado claro que no ha sido una decisión “ideológica”, sino que el acuerdo de cielos abiertos entre UE e Israel (con la entrada de aerolíneas de bajo coste) ha acostumbrado a cada vez más israelíes a la receta original durante sus viajes.

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Sobre la firma

Antonio Pita
Corresponsal para Oriente Próximo, tras cubrir la información de los Balcanes en la sección de Internacional en Madrid. De vuelta a Jerusalén, donde ya trabajó durante siete años (2007-2013) para la Agencia Efe. Licenciado en Periodismo y Máster de Relaciones Internacionales y Comunicación por la Universidad Complutense de Madrid.

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