20 años de Bachar en la república hereditaria siria

El Asad cumple dos décadas en el poder, tras suceder a su padre, que estuvo al frente del país durante casi 30 años

Bachar el Asad, en el desfile militar del 14 de julio, en 2008 en París. Gamma-Rapho (Getty)
Bachar el Asad, en el desfile militar del 14 de julio, en 2008 en París. Gamma-Rapho (Getty)Pool BENAINOUS/HOUNSFIELD / Gamma-Rapho via Getty Images

El 17 de julio de 2000, un hombre de 34 años juraba su cargo como presidente de Siria. Bachar el Asad se dirigió a su pueblo en el discurso inaugural haciendo promesas de reformas administrativas y económicas, modernización del país y lucha contra la corrupción. La muerte de su padre y predecesor, Hafez el Asad, le propulsó como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y líder del partido único Baath tras ser elegido en referéndum popular con un 97,27% de síes.

Única república hereditaria que se ha materializado en la región, Bachar heredó un régimen policial construido con mano de hierro durante tres décadas por Hafez el Asad, junto a una maltrecha economía consumida por el sistema de subvenciones estatales. “No busco un puesto, el cargo no es el fin sino el medio para lograr el fin”, dijo entonces un dirigente que fue recibido doméstica e internacionalmente como un joven laico reformador, educado en Occidente, y capaz de romper con el aislacionismo de su padre.

El ala dura que rodeó a Hafez durante la Guerra Fría temía que el joven oftalmólogo fuera “demasiado blando” para el cargo. Hoy, sus detractores aseguran que ha seguido los pasos de su padre y reforzado el sistema policial a la par que se ha aferrado a la máxima de “O yo o el caos” desde que en marzo de 2011 estallaran las primeras protestas populares exigiendo reformas.

El Asad asegura que ha ganado la guerra siria contra una miríada de potencias extranjeras y grupos terroristas en una contienda cuyo balance asciende a medio millón de muertos, cerca de la mitad de ellos civiles, de los que el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos (con sede en el Reino Unido) responsabiliza en su vasta mayoría el Ejército regular sirio. Por su parte, la comunidad internacional le acusa de haber empleado armas químicas contra su población así como bombardeado deliberadamente hospitales en zonas insurgentes, mientras que la justicia alemana ha abierto una investigación en la que se acusa al Gobierno sirio de la muerte bajo tortura de más de 13.000 personas en cárceles del país. En cuanto a los civiles, la mitad de los 23 millones de habitantes que tenía antes de la guerra se han visto desplazados de sus hogares por la violencia —5,7 millones se han refugiado en otros países—, y más del 80% han caído bajo el umbral de la pobreza.

Presidente por accidente

En 1994, y apenas transcurridos dos años desde que se mudara a Londres para hacer practicas de oftalmología, una llamada habría de cambiar la vida de Bachar y el destino de Siria. Su hermano mayor, Basel, había muerto en un accidente de tráfico en Damasco. Bachar tuvo que abandonar de imprevisto la medicina y retornar al país para escalar aceleradamente en la carrera militar durante los siguientes seis años. Con un abuelo campesino perteneciente a la minoría alauí —12% del país— fue el golpe de Estado que su padre Hafez protagonizó en 1970 el que catapultó a la familia Asad (León, en árabe) al poder. Y con él, a su familia materna, los Makhlouf, para formar parte del pacto socio-económico que el dirigente diseñó en los años setenta con el fin de incluir a la burguesía urbanita cristiana y suní del país.

“Bachar prometió un modelo al estilo chino con una apertura económica hacia el sistema capitalista, pero manteniendo el control completo de lo político y militar”, valora por teléfono Joshua Landis, de la Universidad de Oklahoma. “Pero Siria no es China y no pudo alcanzar un crecimiento económico del 8% que le habría permitido mantener el sistema y evitar el descontento social”, acota.

Desde su llegada al poder, la economía del país protagonizó un cambio notable con la apertura de comercios y el estallido del sector turístico. Internet también llegó a los hogares de los jóvenes sirios y de una población que disfrutó de un sistema educativo y sanitario públicos. Expectantes por la dinámica de cambio, 99 intelectuales y opositores tanto religiosos como laicos pidieron la apertura política en lo que se conoció como La primavera de Damasco. “Bachar decidió entonces cerrar todos los salones de debate que habían surgido en la capital y encarcelar a toda voz disidente”, cuenta por teléfono desde Texas Sam Dagher, experto en Siria y autor del libro Assad or we burn the country (El Asad o quemamos el país).

Los mismos asesores que acompañaron a Hafez en la represión de las protestas a las que se sumaron tanto los movimientos laicos de izquierda como los islamistas de la rama de los Hermanos Musulmanes en Siria —que se saldó en 1982 con más de 20.000 muertos solo en Hama, según el recuento de activistas—, son los que aconsejaron a Bachar a la hora de usar la fuerza en las protestas que estallaron en marzo de 2011, sostiene Dagher. “Otros consejeros también le recomendaron entablar un diálogo con los manifestantes y hacer concesiones. Bachar eligió su propio camino como lo hizo en 2001”, remacha.

Los expertos también señalan el legado de padre e hijo en tanto que ambos han forjado un reducido círculo interno para controlar las instituciones del país y segado de raíz a todo competidor como hizo Hafez al exiliar a su hermano Rifaat cuando en 1984 sacó los tanques a las calles de Damasco en un fallido golpe de Estado. Algo que se repitió unos meses atrás en menor escala, cuando Rami Makhlouf, una de las mayores fortunas sirias, confrontó públicamente en las redes sociales las decisiones de su primo Bachar el Asad, para ser rápidamente acallado.

“Asad vivió sus primeros 10 años de presidente en una luna de miel”, opina el profesor Landis quien hace hincapié en los acontecimientos de la Primavera de Damasco y el progresivo descontento social que provocó el desarrollo de las urbes frente a una campiña más empobrecida como “síntomas prematuros de lo que se avecinaba bajo unas aguas aparentemente tranquilas”.

Del ostracismo al cortejo internacional

El ascenso al poder de El Asad padre se vio marcado por el contexto de la Guerra Fría mientras que el del hijo llegó en los prolegómenos de la lucha global contra el terrorismo que siguió a los atentados terroristas contra las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001.

El magnicidio del ex primer ministro libanés Rafik Hariri, con coche bomba en febrero de 2005 en Beirut, y las posteriores masivas manifestaciones en el país provocaron la retirada de las tropas sirias de Líbano tras casi tres décadas en el país. Sin embargo, la alianza conformada por el “eje de la resistencia” entre Damasco-Irán y Hezbolá no solo no se vio quebrantada, sino reforzada en su oposición unida frente al “enemigo sionista y el imperialismo de EE UU”.

Acusado de apoyar el terrorismo con el envío de yihadistas a la también baathista Irak tras la invasión de EE UU en 2003, Damasco cayó en el ostracismo internacional en una acción política que lideró el presidente francés Jacques Chirac, amigo personal del difunto Hariri. Fue paradójicamente su sucesor, Nicolas Sarkozy, el que en 2008 reinsertó a Siria en el círculo occidental cuando caminó junto a Bachar el Asad por los Campos Elíseos. De ahí le siguieron los desfiles e instantáneas con líderes internacionales, incluidos los de España, que siempre mantuvo estrechas relaciones con Siria. El estallido de las protestas populares en Siria en 2011 supuso el fin de la luna de miel entre Bachar y Occidente y devolvió a Siria al aislamiento.

El único superviviente de la primavera árabe

En diciembre de 2010, un joven vendedor ambulante tunecino de nombre Mohamed Bouazizi se inmoló en protesta por el humillante trato recibido por dos policías. Su muerte fue la chispa que desató la llamada primavera árabe en enero de 2011 insuflando un efecto dominó en la región bajo el que cayeron cuatro sempiternos dirigentes árabes en Túnez, Libia, Egipto y Yemen. Una década después, Bachar el Asad sigue en el poder.

Fue en la sureña provincia de Deraa donde el 15 de marzo de 2011 estallaron las primeras protestas que después se extendieron al resto del país y fueron progresivamente reprimidas. Junto al dirigente cerraron filas su núcleo cercano y muchas de las minorías —drusa, cristiana, alauí y palestina— en busca de protección frente a la expansión del yihadismo del Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) y de Al Qaeda en el país. Promocionando la protección de las minorías —que suman cerca de la mitad de la población—, El Asad pudo mantenerse en el poder, apunta por correo electrónico David Lesch, profesor en la Trinity University de Texas y autor de una de las raras biografías sobre Bachar el Asad: The new lion of Damascus (El nuevo león de Damasco).

“Los obstáculos para implementar reformas eran simplemente demasiado grandes y muchos grupos poderosos se habrían visto afectados. En lugar de cambiar el sistema, el sistema autoritario acabó por cambiar a Bashar el Asad que aprendió a sobrevivir en el poder y jugar según las reglas”, sostiene Lesh. “Bachar no es un despiadado Sadam Hussein ni un loco como Gadafi. No habría resistido al ataque de potencias extranjeras y de grupos terroristas tantos años si no contara con el apoyo de gran parte de la población”, defendía meses atrás en Beirut una fuente cercana al mandatario sirio.

Si en 2012 fueron las botas iraníes quienes acudieron en defensa de El Asad, fueron las alas rusas las que en 2015 invirtieron la balanza en el campo de batalla en su favor. La dinámica de guerra ha tornado las históricas relaciones de los El Asad con Teherán y Moscú en una de dependencia de Bachar hacia ambos. Entre medias, la proclamación y expansión del autoproclamado califato del ISIS en junio 2014 fue el detonante para la intervención militar tres meses más tarde de la coalición internacional liderada por Estados Unidos.

En el bando contrario, el apoyo en armas de las potencias del Golfo provocó una progresiva islamización y radicalización del bando insurgente. En junio de 2011, la oposición ya contaba con un ejército armado en Siria y un Gobierno en el exilio reconocidos y apoyados por la comunidad internacional al tiempo que el país se vació de una cuarta parte de sus ciudadanos en busca de refugio.

La ONU ha responsabilizado al Gobierno de El Asad del empleo de armas químicas en al menos dos ocasiones durante el conflicto y la oposición le acusa de haber torturado y ejecutado a decenas de miles de presos, así como le responsabiliza de la mayoría del medio millón de muertos. La respuesta de Europa y EE UU se ha materializado con la imposición de un paquete de férreas sanciones económicas contra El Asad y todo colaborador del Gobierno sirio.

La guerra siria ha quedado encallada en sus fronteras donde luchan media docena de actores internacionales y regionales, mientras que en el plano interno el país ha quedado partido en tres: con las milicias kurdas al noreste; soldados turcos y las milicias salafistas y yihadistas en el norte y noroeste; y El Asad a cargo de la denominada “Siria útil” que engloba las principales urbes y arterias del país. Cinco millones de refugiados malviven en asentamientos informales o precarias condiciones en los países vecinos como Turquía, Jordania y Líbano frente a los 18 millones que aún permanecen en Siria se ven arrastrados por la aguda crisis económica tras sobrevivir a una década de contienda.

El diálogo entre Siria y sus detractores en Occidente ha llegado a un impasse sin que se avisten alternativas a corto plazo. Veinte años después de pronunciar aquel discurso de investidura donde apuntaba a reformas, Bachar el Asad controla el 70% de un país sumido en la crisis económica y con una factura de la guerra estimada en 350.000 millones de euros por el Banco Mundial. Con la puerta europea cerrada, hoy el dirigente mira hacia el Golfo y Asia en busca de inversores para la reconstrucción. Atenazados entre la crisis económica y las férreas sanciones internacionales, el sur del país protagonizó el pasado mes inusuales protestas en las que los manifestantes exigieron reformas económicas pero también políticas, tal y como sucediera en 2011. El Asad ha respondido cesando al primer ministro, Imad Khamis.

Este domingo, los sirios en zona bajo control gubernamental están llamados a votar en los comicios parlamentarios entre la pandemia y la ruina económica, mientras que las presidenciales habrán de celebrarse el próximo año. Voces detractoras confían en que Rusia opte por una transición política con un candidato más consensuado por la comunidad internacional y así acelerar la recuperación económica del país. Opción poco plausible dice el investigador Thomas Pierret, del centro CNRS-Ireman en Francia: “Reemplazar a El Asad por otro candidato que no sea un clon alauí y militar entrañaría el colapso del régimen. Rusia no va a tomar semejante riesgo”. No quedan rivales para aquel joven oftalmólogo que llegó de forma accidental al poder, reiteran en Beirut diplomáticos y funcionarios europeos: ni entre la oposición interna “entre la que El Asad ha acabado con todo contrincante válido”, ni entre la oposición en el exilio “desconectada de la realidad en el terreno”.

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