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Morir de hambre en la era de la inteligencia artificial: por qué 839 millones de personas no pueden comer dignamente

Los conflictos armados, el cambio climático y el encarecimiento de los insumos ejercen gran presión sobre la cadena alimentaria

Mujeres Pakistan
Una mujer llevaba un saco de harina de trigo en Islamabad (Pakistán). El país sufre una fuerte crisis económica y política agravada por las recientes inundaciones.AAMIR QURESHI (Getty)

Cuando haya terminado de leer las líneas de este párrafo, al menos 10 personas en el mundo habrán muerto de una de las causas más crueles que nos hayamos permitido nunca: de hambre. Porque cada 4,25 segundos, según el cálculo de 238 organizaciones humanitarias en 2022, alguien pierde la vida por la falta de alimentos. En pleno siglo XXI —el de mayor desarrollo tecnológico que jamás hayamos visto, en el que hemos enseñado a las máquinas a hablar, en el que se ha descubierto la existencia de agua en Marte, en el cual hemos podido observar planetas gigantes fuera de nuestro sistema solar—, aún no hemos dado con la tecla para evitar que millones de seres humanos se vayan a la cama con el estómago vacío.

Unos 839 millones de personas en el globo no pudieron alimentarse dignamente el año pasado, y son 10,7 millones más que en 2021, según las primeras previsiones de la Agencia de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). El aumento solo contempla el impacto que ha tenido la invasión rusa en Ucrania, pero, según los expertos consultados, se espera que vaya a más cuando se agreguen al cálculo los efectos venenosos de las sequías y las inundaciones, las restricciones a las exportaciones, los altos niveles de deuda de los países más pobres, el aumento en las tasas de interés, los costes energéticos y el mazazo de otros conflictos bélicos presentes en el mundo. “La situación no está mejorando, por el contrario, va a peor”, afirma Máximo Torero, economista jefe de la FAO. “Cada vez estamos más lejos de un mundo sin hambre”, recalca el experto.

El escenario ya era desolador antes de que estallara la pandemia de coronavirus. En 2019, había más de 618 millones de personas que pasaban hambre en el globo. Pero con la llegada de la covid, la cifra se disparó hasta colocarse entre los 702 y 828 millones, según la FAO. El panorama empeora si se considera a todos aquellos que viven con la incertidumbre de conseguir alimentos o que no pueden permitirse una dieta saludable, es decir, que están en inseguridad alimentaria. En esta condición vivían más de 2.300 millones de personas en 2021: una de cada cuatro en el mundo. De todas estas, unos 205 millones de personas (en 45 países) se enfrentan a una situación de alta gravedad, con poco acceso a alimentos y medios, por lo que su vida corre peligro, según el Banco Mundial.

La previsión es que todas estas cifras fuesen al alza en 2022, un año que Jason Channell, responsable de finanzas sostenibles de Citi Global Insights, describe como el de la " tormenta perfecta en la lucha contra el hambre”. Pues mientras el mundo, de forma sincrónica, se recuperaba de la covid-19, los problemas medioambientales, sociales, políticos y económicos se abrían paso en el mapa, dejando su impronta en el precio de los alimentos (que acumulaban una serie de máximos históricos o niveles que no veíamos desde hace una década), y una estela de gente con cada vez más dificultades para acceder a la comida.

La invasión rusa en Ucrania fue la guinda en la tarta. “El mayor impacto en los precios actuales de los alimentos se debe a la guerra”, afirma Hiral Patel, directora global de Investigación Sostenible en Barclays. El órdago de Moscú a Kiev ha echado más leña al fuego. “Complicó los esfuerzos de reequilibrio del mercado agrícola que probablemente se habrían materializado en algún momento de 2022″, dicen los expertos de Citi Global Insights en un informe publicado recientemente. En marzo de 2022, inmediatamente después de que se iniciara la invasión rusa, el índice de precios de los alimentos de la FAO —que incluye la media ponderada de los importes de exportación de carne, productos lácteos, cereales, aceites, grasas y azúcar— alcanzó su máximo histórico: 159,7 puntos. Los aumentos más significativos se dieron en aceite de girasol, trigo y maíz.

Al cierre de 2022, el índice terminó en un promedio de 143,7 puntos, con una subida de 18 puntos o del 14,3% respecto a 2021. “Los temores de un periodo de altos precios mundiales sostenido de los alimentos han disminuido un poco”, comenta Rob Vos, director de la División de Mercados y Comercio del Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias (IFPRI). Todos los componentes bajaron al cierre del año pasado. En particular, el aceite vegetal, que mostró el descenso más fuerte en la segunda mitad de 2022: un 33% entre junio y diciembre, pero aún está un tercio por encima de los niveles anteriores a la pandemia. “Los precios están en los niveles de preguerra”, dice Torero. “Pero aún no llegan a los niveles de precovid”. El acuerdo alcanzado en julio de 2022 entre los países en conflicto, Turquía y la ONU, para reanudar las exportaciones de alimentos desde los puertos ucranios del mar Negro contribuyó a contener la escalada. Ucrania —­sus cereales proporcionan las calorías necesarias para más de 400 millones de personas en todo el mundo— pudo aumentar sus ventas foráneas a 4,6 millones de toneladas en septiembre, frente a los 1,2 millones obtenidos en junio. El 80% salió por el mar.

Malas cosechas

La iniciativa se renovó en noviembre, lo cual ha alargado la tregua en las cotizaciones internacionales. Antes de la invasión rusa, el acceso a los alimentos ya era complicado. El mundo estaba haciendo frente a las malas cosechas en América del Sur —donde Brasil y Argentina son grandes jugadores en el mercado de soja, maíz, trigo y arroz—, a una creciente demanda mundial de semillas, a un incremento en los costes de los combustibles y a los problemas de la cadena de suministro, que habían reducido los inventarios de cereales y oleaginosas. La incertidumbre se acrecentó cuando la disponibilidad de alimentos de dos de los grandes graneros se puso en duda. Unos 50 países importan de Rusia y Ucrania al menos un 30% de sus cereales, en 20 de ellos el porcentaje es más del 50%.

Así que aquellos que pudieron se guarecieron frente a la tormenta que estaba por llegar. Para garantizar sus suministros, algunos de los principales productores de alimentos impusieron un freno a sus ventas a otros países. Argentina, por ejemplo, prohibió la exportación de harina y aceite de soja. Egipto y la India limitaron las ventas de trigo. Malasia hizo lo mismo con el comercio de pollos en los mercados foráneos, lo cual ha reducido en un tercio la oferta avícola de Singapur. China, el segundo exportador mundial de fertilizantes, después de Rusia, extendió una serie de restricciones a las exportaciones de insumos que ya había puesto en marcha en 2021, ante un contexto de subida de los precios del crudo y el gas natural. Esta tendencia, a la limitación o prohibición del comercio, alcanzó su punto más álgido a finales de mayo, con casi el 17% de las exportaciones mundiales de alimentos y piensos afectados por las medidas aplicadas por 23 países, según las cifras del IFPRI. El dato registrado ha sido similar al de la crisis de los precios de los alimentos de 2007-2008, que llevó al mundo a elevar las cotizaciones de los productos básicos entre un 50% y un 200%.

Muchos países revirtieron parcialmente las medidas a lo largo de 2022. A mediados de julio, el volumen de comercio afectado había descendido al 7,3%, y así se mantuvo durante el resto del año pasado. En diciembre, según el Banco Mundial, todavía había 19 países con 23 prohibiciones de exportación de alimentos y 8 más que habían implementado medidas de limitación de ventas al extranjero. “Las restricciones aumentan el coste de los alimentos y los países más pobres son los que más sufren”, explica Vos. La situación se agrava aún más en un entorno de alzas de tipos de interés por parte de las principales economías del mundo (con lo que buscan paliar la inflación), pues las monedas de las naciones menos favorecidas económicamente pierden fuerza frente al dólar estadounidense.

La participación de esta última divisa es relevante en el comercio mundial: 4 de cada 10 productos exportados se hace con el billete verde. Dicha proporción no ha cambiado en los últimos 20 años, según el Fondo Monetario Internacional (FMI). Además, para muchos de estos países que luchan por bajar la inflación, el debilitamiento de sus monedas con relación al dólar es un quebradero de cabeza. “En promedio, el traspaso estimado de un 10% de apreciación del dólar a la inflación es del 1%”, dice el organismo internacional.

Para aquellos con elevada deuda comprometida en divisas, la situación es más que desafiante, pues la mitad de todos los préstamos transfronterizos y títulos internacionales están denominados en dólares estadounidenses. Así que muchos países tienen poco margen para pedir un préstamo, ante sus elevados compromisos financieros. “Si ya no tienes capacidad de endeudarte, se limita tu capacidad de compra de alimentos… No podemos separar el problema financiero de la crisis alimentaria. Creo que están bastante vinculadas hoy en día. Este es el problema más serio que vamos a vivir en 2023″, recalca Torero. La FAO ha contabilizado unos 62 países que ante todos estos factores no solo están comprando menos alimentos, sino pagándolos más caros. La factura de importación para ellos ha subido unos 25.400 millones de dólares en 2022, afectando a unos 1.700 millones de personas. Se estima, por ejemplo, que África subsahariana gaste 4.800 millones de dólares más en importaciones de alimentos, pero que los volúmenes disminuyan en 700 millones de dólares. Y no solo compran menores cantidades, también se centran en lo más básico.

Insumos agrícolas

Mientras que los países de renta alta siguen adquiriendo toda la gama de productos, el gasto de las regiones en desarrollo se concentra cada vez más en la importación de aquellos más básicos (arroz, trigo, maíz, mijo). Al coste de los alimentos se suma el de los insumos agrícolas: fertilizantes, semillas, pesticidas y energía. La factura de importación de estos productos se ha disparado un 50% en 2022, hasta 424.000 millones de dólares. El coste de los combustibles y los fertilizantes pudo haber llegado en 2022 a un récord del 86% de la factura mundial global de insumos, según la FAO.

Los fertilizantes —en los que Rusia ocupa un lugar importante en la palestra: es el primer exportador de los nitrogenados, el segundo de los potásicos y el tercero de los fosforados— y la energía son elementos especialmente importantes, pues la reducción o falta de estos se traduce en una menor productividad agrícola. “Este año, veremos en qué medida el aumento de los precios de los fertilizantes afectó a la toma de decisiones en las explotaciones agrícolas y qué repercusiones tendrá en las próximas cosechas, por ejemplo, ¿se plantaron menos cultivos?”, se cuestiona Patel, de Barclays. La guerra ha exacerbado los diversos problemas en el mundo alimentario. “El conflicto ha dejado en evidencia dos claras cosas: el control sobre los alimentos e insumos que tiene un grupo reducido de países y los cuellos de botella del comercio para el transporte de productos básicos”, añade Channell.

Más del 40% de la ingesta calórica mundial procede de solo tres cultivos (trigo, maíz y arroz), que se producen en unos pocos países y que dominan cada paso de la cadena de valor. Entre ellos: la India, Indonesia, Canadá, China, Estados Unidos, Brasil, Argentina y Rusia. Ucrania, y otros como Uruguay y Tailandia aparecen siempre en el top 10 en la venta foránea de estos alimentos. La desigualdad es tan grande que solo cinco países tienen más de dos tercios de las exportaciones mundiales de trigo y carne de res. En el caso de la soja, la cuota es del 95%. Brasil copa el 45% de las ventas mundiales de azúcar, Canadá controla el 54% de las semillas oleaginosas y Tailandia acapara el 56% de las raíces y tubérculos.

La ventaja competitiva es abismal. Eritrea, por ejemplo, compró en 2021 el 100% de su consumo de trigo a Rusia y Ucrania. Armenia, Georgia, Azerbaiyán o Bielorrusia adquirieron el 90% solo a Moscú. Somalia —donde, según las estimaciones de Oxfam, hay más de 300.000 personas al borde de la hambruna— importó más del 90% de este cereal a las dos naciones en guerra, que ya controlaban un cuarto de las ventas foráneas de trigo antes de que se iniciara el fuego. Rusia y Ucrania son exportadores netos de otros productos agrícolas, como maíz y cebada.

En el aceite de girasol, su cuota de mercado mundial combinada de exportación ascendía a más del 70%. Además, juntas suministraban más del 50% de las importaciones de estos cereales al norte de África y Oriente Próximo. Unas 26 economías (como Uruguay, Noruega, Colombia, Albania, Brasil, México, Guinea, Congo, Mozambique e incluso la Unión Europea en su conjunto) dependen de los insumos rusos en un 20% o más de sus importaciones. Los casos más extremos están en Mongolia, Kazajistán, Moldavia, Serbia, Honduras y Ghana, que compran más del 50% de este producto a Moscú. “La asequibilidad de los alimentos sigue siendo un desafío macro, pero también entre los hogares”, recalca Vos.

La inflación interna de los precios de los alimentos continúa siendo alta, a pesar de que los costes internacionales están a niveles de preguerra. Al cierre del año pasado, de acuerdo con los datos del Banco Mundial, en el 83,3% de las naciones de renta baja, en el 90,5% de aquellos con renta media-baja y en el 91% de los que tienen una renta media-alta habían registrado inflaciones superiores al 5%, con muchos de ellos tocando el doble dígito. La proporción de los países de renta alta con un encarecimiento de los productos no se queda atrás: alrededor del 85,7% experimenta una “inflación elevada”, dice la institución en su informe Food Security, de finales de enero. Sin embargo, los países más afectados están en África, América del Norte, América Latina, Asia Meridional, Europa y Asia Central.

Mujeres y niños desplazados, sentados junto a sacos de trigo durante una distribución de alimentos en Etiopía el 10 de enero.
Mujeres y niños desplazados, sentados junto a sacos de trigo durante una distribución de alimentos en Etiopía el 10 de enero.EDUARDO SOTERAS (AFP/ Getty Images)

Pero si hay un lugar donde todos los jinetes del apocalipsis cabalgan a sus anchas es en el Cuerno de África. Los conflictos armados, bloqueos comerciales, los efectos del cambio climático y la pandemia han puesto de rodillas a la población. Allí se hace frente a la peor sequía de los últimos 40 años, provocada por una falta de lluvias durante el último lustro. En la actualidad, se calcula que 27,6 millones de personas de Somalia (5,6 millones), Kenia (4,4 millones), Etiopía (9,9 millones) y Sudán del Sur (6,6 millones) están en niveles críticos de hambre. “Estas cifras aumentarán en el primer trimestre de 2023, lo que es muy preocupante, ya que las consecuencias de la crisis del hambre son inmensas”, afirma Margret Mueller, coordinadora Humanitaria Regional para el Cuerno de África, África Oriental y Central en Oxfam Intermón.

El cambio climático está haciendo que los fenómenos meteorológicos extremos sean más frecuentes en África Oriental. “Es uno de los principales impulsores del hambre”, resalta Mueller. La zona hace frente a la tercera sequía desde 2011. En décadas anteriores se vivió una intensa en 2005, otra de 1996 a 1998 y después la de los años ochenta, cuando más de un millón de personas murieron en la hambruna de Etiopía. El hambre provocada por el clima es una cruda demostración de la desigualdad mundial. La mitad de la población, la más pobre, unos 3.500 millones de almas, es responsable de menos del 10% de las emisiones de carbono.

Conflictos armados

Diez de los peores focos climáticos del mundo —Somalia, Haití, Yibuti, Kenia, Níger, Afganistán, Guatemala, Madagascar, Burkina Faso y Zimbabue— han sufrido un aumento del 123% del hambre aguda solo en los últimos seis años, según Oxfam. En Yemen, en Oriente Próximo, la situación también es alarmante. Los diversos conflictos armados que han azotado al país desde hace décadas lo han dejado devastado. El último enfrentamiento, que tiene sus raíces en 2011, producto de la Primavera Árabe, y que fue escalando hasta convertirse en una guerra civil en 2015, ha puesto a unos 21,6 millones de personas necesitadas de ayuda humanitaria.

Una tregua —que inició en abril de 2022 y que se ha extendido por nueve meses entre Arabia Saudí y los rebeldes hutíes, que cuentan con el respaldo de Irán— ha permitido un respiro. “Ha tenido un impacto positivo porque se han reducido las restricciones a las importaciones, el aeropuerto de Saná se ha abierto a ciertos vuelos y la gasolina está entrando más fácilmente. Pero la situación sigue siendo dramática”, comenta el director de Oxfam Intermón en ese país. “Hemos perdido una década en la lucha contra la pobreza”, destaca Torero, de la FAO. Este experto indica que, de prolongarse la guerra, el mundo tendría un problema de acceso y no de disponibilidad como ahora, pues Rusia y Ucrania reducirían considerablemente sus exportaciones. “En 2023, prevemos que los precios de los alimentos sigan elevados y que el riesgo de que vuelvan a subir aún es alto”, añade Patel. “Estamos ante una crisis de hambre como no la hemos visto antes”, concluye Mueller.

Arif Husain, en Nigeria, en una imagen de 2018.
Arif Husain, en Nigeria, en una imagen de 2018.Inger Marie Vennize (WFP)

Arif Husain (ONU): “Hace muchos años que no se veía una hambruna como la actual”

Arif Husain, economista jefe del Programa Mundial de Alimentos de la ONU (WFP, por sus siglas en inglés), es poco optimista sobre el futuro alimentario del planeta. Sobre todo le preocupa un nuevo ascenso de los precios internacionales de los principales alimentos. “No veo todavía las razones estructurales por las que los precios están bajando ahora”, afirma. En una entrevista por videoconferencia, Husain habla desde Roma sobre el crecimiento del hambre aguda, de la cotización del arroz (que recomienda vigilar) y de las exportaciones de comestibles, en manos de una decena de países: “Hemos puesto los huevos en muy pocas cestas”.

Pregunta. ¿Cuál es la situación del hambre en el mundo?

Respuesta. Respecto al hambre, hablamos de dos tipos. La crónica, que es cuando la gente se va a la cama con hambre, porque no tiene suficiente dinero para comprar la suficiente comida que le permita tener una dieta más o menos razonable. La segunda es el hambre aguda. Aquí está la gente que no tiene alimentos por un acontecimiento imprevisto (un terremoto, una inundación, una sequía, una guerra), que ha afectado a su economía y que de repente se volvió pobre. Este último grupo ha ido en aumento desde antes de la covid. En 2019 eran alrededor de 135 millones de personas. Cuando la pandemia golpeó al mundo el número saltó a 276 millones. Después llegó la guerra y en 2022 el dato subió a 349 millones. De ellos, entre 49 y 50 millones viven en una emergencia de hambre. Es decir, que están a un paso de la hambruna, y se han sumado al millón que ya la padecía antes del conflicto. Entre ellos, Haití, Somalia, Etiopía, Yemen…

P. ¿Estamos en una emergencia?

R. Desde hace mucho tiempo no se veía una hambruna así. Influyen varios factores: los conflictos armados [más allá de la invasión rusa]; el cambio climático; la covid. Además de eso, está la guerra en Ucrania. Así que no debería sorprendernos un aumento en la inseguridad alimentaria.

P. ¿Qué países o zonas son las más afectadas?

R. La hambruna se ha expandido por todo el mundo. Las personas tienen dificultades para comprar alimentos en diversas zonas. Hay 69 países en los que la inflación alimentaria supera el 15%, de estos hay unos cuatro en los que la inflación alimentaria es de tres dígitos: Zimbabue, Líbano, Venezuela y Sudán. Luego hay otros 10 donde supera el 50%, como en Argentina, Siria, Turquía, Sri Lanka, Cuba, Ghana, Ruanda, Myanmar, Haití.¿Cuáles han sido los más afectados? Sin duda aquellos que tienen un conflicto, importan sus alimentos, combustibles y fertilizantes.

P. ¿El control de los alimentos, en manos de una decena de economías, es un gran desafío para el futuro de seguridad alimentaria?

R. De muy pocas naciones dependen las exportaciones de todo el mundo, y son aún menos las que poseen estas grandes reservas. Podemos decir que los huevos están puestos en pocas cestas. La seguridad alimentaria mundial no está diversificada. Y lo peor de todo esto es que no se trata de un problema nuevo. Ya lo era en 2008 [en la última crisis alimentaria global]. Y lo es ahora. Menos de 10 países controlan cerca del 86% de las exportaciones de trigo, el 85% del maíz, el 78% del arroz y cerca del 87% de la soja. También es bastante aterrador cuando se miran las reservas de estos cultivos: menos de cinco países tienen las tres cuartas partes de todas ellas. Solo dos concentran el 82% de las reservas de maíz [China y Estados Unidos]. Menos de cinco tienen el 82% de las de arroz. Y menos de cuatro países controlan el 93% de las de soja.

P. ¿Cuál es la solución para esta desigualdad?

R. Hay que diversificar la seguridad alimentaria, pero no es algo que se pueda hacer en un día o en un mes, se requieren años. Los países importadores necesitan replantear sus políticas agrícolas, tener planes alternativos en caso de que el plan principal falle. Hay que hacerlo no solo desde el punto de vista de la seguridad económica y medioambiental, sino también para su seguridad nacional. Creo que la guerra en Ucrania nos ha mostrado claramente que debemos reconsiderar lo que pasa con nuestros alimentos y nuestra energía.

P. ¿Hemos visto ya las mayores subidas de precios en 2022?

R. Hay dos cosas que están sucediendo ahora mismo. La primera: los precios de los cereales (trigo, maíz, aceite de girasol e incluso fertilizantes) han bajado. Están a niveles preguerra en Ucrania. Pero no olvidemos que en 2021 los alimentos estaban en su nivel más alto en los últimos 10 años. La segunda es que se está destruyendo la demanda. Es decir, la gente está dejando de consumir, porque la inflación sigue allí. Por lo tanto, si se consume menos, los precios bajan. Para nada estamos fuera de peligro. Todavía hay mucha incertidumbre.

P. ¿A qué alimentos tenemos que seguirles la pista de cerca?

R. Al arroz. Sus precios han empezado a moverse tarde, están subiendo gradualmente. Recordemos que, en 2008, fue uno de los cereales que más aumentó [un 80%], y fue el que más golpeó a las economías africanas. ¿Por qué hay que seguirlo? Porque su producción ha sido menor [afectada por la disponibilidad de fertilizantes]. Y, en general, porque no veo todavía las razones estructurales por las que los precios de los alimentos estén bajando. La gente está consumiendo menos y eso significa que estamos avanzando lentamente hacia una recesión. Una cosa que me preocupa mucho es que hay países con una deuda alta y que no pueden comprar alimentos. Tenemos que encontrar un mecanismo con el que puedan hacerse con comida, combustible e insumos. Porque los gobiernos están gastando más dinero para comprar menos comida.

P. ¿Se les debería condonar la deuda?

R. Esto es lo que estoy impulsando. Tenemos que empezar a pensar o en aliviar la deuda o en aliviar el hambre de las personas. Hay que asegurarnos de que los gobiernos tienen los recursos para pagar sus alimentos y sus fertilizantes. Pero, obviamente, esto es para los países que se encuentran en un alto nivel de estrés.

Gestionar mejor los desperdicios

En el mundo hay comida para todos. Mientras la producción de alimentos se ha multiplicado al menos 3,6 veces desde hace 70 años, la población lo ha hecho solo 2,5 veces. “La causa del hambre y la desnutrición es la pobreza”, afirma la OCDE. Para lograr un mayor acceso, dice la FAO, hay que incentivar la movilidad de los alimentos, usar nuevas tecnologías para producir, tener un consumo más eficiente de los insumos (hasta un 50% de los fertilizantes se derrochan) y desperdiciar menos. Unos 1.300 millones de toneladas (útiles para alimentar a 3.000 millones de personas) van a la basura al año. En los países más pobres se desperdicia en la producción y el almacenamiento. Los monocultivos de una sola cosecha son muy vulnerables a las plagas. En el norte global se hace al final de la cadena. “Los consumidores esperan productos inmaculados, siempre de temporada y perfectos”, dice Raj Patel, estudioso de la crisis alimentaria. En España, cada ciudadano tira 28,21 kilos. “Esto se podría reducir cambiando el comportamiento de la gente”, comenta Máximo Torero.


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