Estados Unidos
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Cómo puede EE UU perder la nueva guerra fría

Hasta que no hayamos demostrado que merecemos liderar, no podemos esperar que el resto de países nos sigan

TOMÁS ONDARRA

Parece que Estados Unidos ha iniciado una nueva guerra fría con China y Rusia a la vez. Y el Gobierno estadounidense la presenta como una confrontación entre la democracia y el autoritarismo, lo cual resulta sospechoso, sobre todo cuando esos mismos líderes cortejan activamente a un violador sistemático de los derechos humanos como Arabia Saudí. Esta hipocresía hace pensar que, al menos en parte, lo que está en juego aquí es la hegemonía global más que una cuestión de valores.

Tras la caída del telón de acero, Estados Unidos fue durante dos décadas el número uno indudable. Luego llegaron las desastrosas guerras en Oriente Próximo, el derrumbe financiero de 2008, el aumento de la desigualdad, la epidemia de opioides y otras crisis que parecieron poner en duda la superioridad del modelo económico estadounidense. Además, sumando la victoria electoral de Donald Trump, el intento de golpe en el Capitolio, las numerosas matanzas en tiroteos, los intentos de supresión de votantes por parte del Partido Republicano y el auge de cultos conspirativos como QAnon, hay pruebas más que suficientes para pensar que algunos aspectos de la vida política y social de Estados Unidos se han vuelto profundamente patológicos.

Por supuesto que Estados Unidos no quiere que lo destronen. Pero que China lo supere en lo económico es sencillamente inevitable, cualquiera que sea el indicador oficial que se use. No sólo su población es cuatro veces mayor a la de Estados Unidos, sino que su economía también creció al triple durante muchos años (de hecho, ya superó a Estados Unidos por paridad del poder de compra en 2015).

Aunque China no haya lanzado un cuestionamiento estratégico directo a Estados Unidos, las señales son claras. En Washington hay consenso entre los dos partidos respecto de que China puede plantear una amenaza estratégica, y que lo mínimo que debe hacer Estados Unidos para mitigar el riesgo es dejar de colaborar con el crecimiento de la economía china. Según esta visión, se justifica tomar medidas preventivas, aunque eso implique violar las normas de la Organización Mundial del Comercio, en cuya redacción y promoción Estados Unidos tuvo una importante participación. Este frente de la nueva guerra fría ya estaba abierto mucho antes de la invasión rusa a Ucrania. De hecho, altos funcionarios estado­uni­denses exhortaron a que la guerra no debe desviar la atención de la amenaza real a largo plazo: China. Puesto que la economía de Rusia es más o menos igual en tamaño a la de España, su alianza “ilimitada” con China no parece tener mucha importancia económica (aunque su rapidez para generar actividades disruptivas en todo el mundo puede resultarle útil a su más grande vecino del sur).

Pero un país en guerra necesita una estrategia, y Estados Unidos no puede ganar una nueva carrera entre grandes potencias solo; necesita amigos. Sus aliados naturales son Europa y las otras democracias desarrolladas de todo el mundo. Pero Trump hizo todo lo posible por alejarlas, y los republicanos (que todavía están completamente atados a él) han dado amplios motivos para dudar de que Estados Unidos sea un socio fiable. Además, Washington también tiene que ganarse la buena voluntad de miles de millones de personas en los países en desarrollo y emergentes; no sólo para tener los números de su lado, sino también para garantizarse acceso a recursos críticos.

Para congraciarse con el mundo, Estados Unidos tendrá que recuperar mucho terreno perdido. Su larga historia de explotar a otros países no ayuda, como tampoco su profundamente arraigado racismo (una fuerza que Trump canaliza con pericia y con cinismo). El último ejemplo es la contribución de las autoridades estadounidenses al “apartheid vacunal” global, por el que los países ricos consiguieron todas las dosis que necesitaban, mientras la gente de los países pobres quedó librada a su suerte. Mientras tanto, los adversarios en la nueva guerra fría estado­unidense pusieron sus vacunas a disposición de otros países a precio de coste o por debajo y los ayudaron a desarrollar capacidad de producirlas por sí mismos.

La falta de credibilidad se magnifica en lo relacionado con el cambio climático, que afecta en forma desproporcionada a los países del sur, que son los menos preparados para hacerle frente. Aunque los principales mercados emergentes hoy son la fuente principal de gases de efecto invernadero, la emisión acumulada por Estados Unidos sigue siendo la mayor con diferencia. El mundo desarrollado no deja de sumar emisiones, y lo que es peor, ni siquiera ha cumplido sus exiguas promesas de ayudar a los países pobres a manejar los efectos de una crisis climática que causaron las naciones ricas. Por el contrario, los bancos estadounidenses contribuyen al riesgo de crisis de deuda en muchos países, exhibiendo a menudo una perversa indiferencia respecto del sufrimiento resultante.

Europa y Estados Unidos son muy buenos para dar lecciones a otros sobre lo que es moralmente correcto y económicamente razonable. Pero el mensaje termina siendo “haz lo que yo digo y no lo que yo hago” (algo que la persistencia de los subsidios agrícolas de Estados Unidos y Europa pone de manifiesto). Es más, después de Trump, Estados Unidos ya no tiene ningún derecho a la superioridad moral, ni credibilidad para dar consejos. El neoliberalismo y la economía por goteo jamás gozaron de mucha aceptación en los países del sur, y ahora están perdiéndola en todas partes.

Al mismo tiempo, China se ha destacado por su capacidad para proveer infraestructuras físicas a los países pobres en vez de dar lecciones. Es verdad que a menudo esos países terminan muy endeudados, pero viendo cómo se han portado los bancos occidentales como acreedores en el mundo en desarrollo, Estados Unidos y otros no están en posición para lanzar acusaciones.

Podría seguir, pero creo que mi argumento ya está claro: si Estados Unidos se va a embarcar en una nueva guerra fría, tiene que comprender qué necesita para ganarla. Las guerras frías se ganan en última instancia con el poder blando de la atracción y la persuasión. Para salir airosos, tenemos que convencer al resto del mundo de que nos compre no solamente nuestros productos, sino también el sistema social, político y económico que vendemos.

Estados Unidos sabrá hacer los mejores bombarderos y sistemas misilísticos del mundo, pero en este pulso no nos servirán de nada. Por el contrario, tenemos que ofrecer a los países en desarrollo y emergentes ayuda concreta; comenzando con la suspensión de derechos de propiedad intelectual sobre todo lo relacionado con la covid-19, para que esos países puedan fabricar vacunas y tratamientos por sí mismos. Igual de importante, Occidente debe lograr que su sistema económico, social y político vuelva a ser la envidia del mundo. En Estados Unidos, el primer paso es reducir la violencia con armas de fuego, mejorar la regulación ambiental, combatir la desigualdad y el racismo y proteger los derechos reproductivos de las mujeres. Hasta que no hayamos demostrado que merecemos liderar, no podemos esperar que otros nos sigan.

Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, es profesor distinguido en la Universidad de Columbia e integrante de la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Corporativa Internacional.

© Project Syndicate 1995-2022.

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