Crisis del coronavirusOpinión
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Repensar el modelo

La transformación no solo pasa por políticas más justas e innovadoras, también por el cambio de actitud individual

Tomás Ondarra

El enorme impacto de la pandemia que afecta a todo el mundo ha hecho que lo que apenas hace unas semanas parecía indiscutible hoy haya dejado de serlo. En estos momentos, los esfuerzos de personas e instituciones se deben centrar en el objetivo prioritario, que no es otro que evitar todas las muertes posibles. Una segunda tarea es tratar de dar una respuesta adecuada a la compleja combinación de dificultades sociales y económicas derivadas de este shock, ampliando la cobertura de las necesidades de los hogares vulnerables e impulsando estrategias de ayuda a las industrias y las empresas.

La atención a lo urgente, sin embargo, no debe impedir la necesaria reflexión sobre el impacto de esta crisis en la propia concepción de nuestro modelo de producción y consumo. Una lección inmediata de lo que está sucediendo es la quiebra de las seguridades que parecía garantizar ese modelo. El globo se ha pinchado y parece evidente que las sociedades de mercado no son el mejor de los mundos posibles, incuestionables y sin riesgos.

La crisis que estamos viviendo nos ofrece algunas consecuencias relevantes. Por un lado, se ha confirmado, de forma categórica, el papel irreemplazable del sector público en la cobertura de los riesgos sociales. Las quejas de los ciudadanos parecen demandar una actuación más intensa y eficaz de los poderes públicos. Por otra parte, esta crisis también ha generado efectos positivos sobre las actitudes individuales. Algunos analistas dicen que saldremos de ella más fuertes, más unidos y tal vez más sabios. Tal como sucedió al terminar la Segunda Guerra Mundial, cuando el impulso de solidaridad forjado durante el conflicto bélico consolidó el apoyo mutuo entre el capitalismo desarrollado y el Estado de bienestar, el contexto actual puede ser una gran oportunidad para recomponer la cohesión social.

Habremos de reflexionar, por tanto, sobre la arquitectura del modelo económico. Hemos llegado a esta crisis cuando la exaltación de la ideología del mercado ha alcanzado cotas máximas. La rendición a sus principios como guía ordenadora de nuestras formas de convivencia básicas ha sido incondicional, pese a sus muchas carencias en términos de equidad y eficiencia. Se apostó por la desregulación de la economía y la idea de que los mercados por sí solos podían dar cuenta de todos los problemas organizativos y sociales.

Es verdad que resulta absurdo negar las aportaciones de la economía de mercado a la mejora del bienestar. La apertura y la expansión de los mercados ha sido una causa fundamental del crecimiento económico en casi todos los países del mundo. La economía de mercado se ha consolidado a lo largo del tiempo como un sistema que puede favorecer el desarrollo, reducir la pobreza en ciertas circunstancias, incrementar la productividad y fomentar la iniciativa empresarial. Podría decirse, incluso, que los mercados han hecho posible que mucha gente se sienta con capacidad de decidir sobre su propia vida.

Cuando el paradigma del mercado impregna, sin embargo, el conjunto de las relaciones sociales, esos logros se contraponen a una amplia variedad de valores cuestionables, como la defensa excesiva del propio interés, la inmoderación del deseo o el consumismo, la urgencia por satisfacer en el plazo más breve las necesidades materiales o la absolutización del trabajo remunerado como el único con capacidad para generar valor. Todo cuanto surge del mercado y sus consecuencias tiende a interpretarse como algo natural, poco discutible y en cuyo ámbito carece de sentido aplicar las categorías de justicia. La medida óptima del bienestar de una sociedad la daría, desde esta perspectiva, el crecimiento económico. Este fetichismo, en palabras de Stiglitz, lleva a que cualquier incremento de la producción se valore positivamente, con independencia de sus efectos sobre la desigualdad o el medio ambiente.

El crecimiento, sin embargo, no siempre ha implicado más bienestar para todos. La cesión al mercado de mayores cuotas en la producción de servicios de bienestar social y la progresiva erosión del sector público han hecho que incluso en las mareas altas muchos hogares no participaran del crecimiento agregado. La progresiva mercantilización de los espacios sociales genera, además, frustración en amplias capas de la población, que ven cómo con sus limitados recursos no pueden acceder a los patrones de consumo esperados. En la práctica, la multiplicación de elecciones que parece procurar el mercado ni es real ni se corresponde siempre con estados superiores de bienestar.

Especialmente preocupante es la creciente subordinación de los criterios de justicia distributiva al objetivo de mejorar la eficiencia. Desde la ideología defensora a toda costa del mercado, ese último logro parece incompatible con la reducción de la desigualdad, hipotética causante de la disminución de los incentivos de los agentes económicos y, por tanto, del crecimiento de la producción. La ideología de mercado parece ignorar motivaciones más profundas de los individuos, que la economía del comportamiento nos está ayudando a descubrir. El ejemplo reciente de las respuestas solidarias ante la pandemia encuentra su fundamento en algo que, sin duda, va más allá de la interdependencia de las utilidades con las que se ha pretendido cosificar el altruismo en buena parte de las representaciones de la economía. La realidad choca sistemáticamente con el universo estable y repetitivo en que estas últimas se basan y donde se presume que el riesgo es calculable.

La transformación del modelo en el que estamos instalados no solo pasa por la implementación de políticas más justas e innovadoras, sino también por el cambio en las actitudes individuales. Será difícil progresar si no somos capaces de reconocer nuestra vulnerabilidad compartida ante un mundo lleno de límites. Es posible que la superación de esta pandemia pueda dar lugar a nuevos contratos sociales. La clave en la gestación del necesario consenso para promover los cambios no será tanto cuestionar de raíz la economía de mercado cuanto identificar cuáles son sus límites como sistema de organización social. Ello permitirá redefinir los objetivos generales de crecimiento, conjugando las responsabilidades colectivas y las individuales y redefiniendo el papel del Estado y de las instituciones privadas. Por lo que respecta a los cambios individuales, la adopción de estilos de vida más sencillos y comprometidos con la respuesta a los grandes desafíos globales será una de las posibles vías para avanzar hacia un modelo más sobrio e inclusivo, a la vez que puede ser la señal con la que transmitamos a las siguientes generaciones qué es lo que más valoramos.

Luis Ayala es profesor de Economía en la UNED.

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