Cuando el salario mínimo sube… pero el sueldo no
Si no se limitan de forma efectiva la compensación y la absorción, miles de personas seguirán viendo cómo su salario sube solo sobre el papel mientras su nómina permanece igual

La subida del salario mínimo interprofesional (SMI) hasta los 1.221 euros mensuales en 14 pagas es una buena noticia y un nuevo paso en la lucha contra la precariedad y en la defensa de unas condiciones de vida dignas, reforzada además por medidas para evitar su tributación. Sin embargo, existe una realidad menos conocida que amenaza con vaciar de contenido estas subidas: a través del mecanismo de compensación y absorción salarial, muchos trabajadores ven cómo el salario mínimo sube, pero su nómina no.
Mediante este sistema, el incremento del SMI se descuenta de otros complementos ya existentes, de modo que, en lugar de sumarse, se resta. El salario total no mejora, solo cambia su composición, y lo que debería ser un aumento real acaba convirtiéndose en un simple ajuste contable que apenas se percibe en el bolsillo de quienes más lo necesitan.
Un ejemplo ayuda a entenderlo. Hasta ahora, el salario mínimo era de 1.184 euros. Pensemos en una trabajadora que cobraba esa cantidad más un plus de peligrosidad de 37 euros, lo que le permitía alcanzar los 1.221 euros. Con la nueva subida, el SMI pasa precisamente a esa cifra, por lo que la empresa puede eliminar el complemento y dejar el sueldo en el mínimo legal. La trabajadora sigue cobrando lo mismo, pero ha perdido la retribución de la peligrosidad. No ha ganado nada. Si ese plus fuera de 100 euros, antes cobraba en total 1.284 euros (1.184+100) y, tras la subida, el salario base aumenta 37 euros mientras el complemento baja en la misma cantidad, de modo que sigue cobrando exactamente lo mismo (1.221+63). La subida existe en el BOE, pero no en la nómina.
Este fenómeno no afecta solo a la peligrosidad. Ocurre también con los pluses de jefe de equipo, con los complementos por responsabilidad, con los pluses de residencia en Ceuta, Melilla o en las islas, con los incentivos por polivalencia o por condiciones especiales de trabajo. Todos ellos nacieron para reconocer el esfuerzo, la experiencia o las dificultades del puesto, pero cuando son absorbidos dejan de cumplir su función y se convierten en simples instrumentos para cuadrar cifras.
El efecto acumulado es evidente. Año tras año, muchas personas con salarios cercanos al mínimo ven cómo su sueldo se congela mientras suben los precios, el alquiler, la cesta de la compra o los suministros. Su nómina permanece inmóvil y su poder adquisitivo se deteriora lentamente, sin grandes titulares ni debates públicos, pero con un impacto real en su vida cotidiana.
Al mismo tiempo, se produce una paradoja difícil de justificar. Quienes tienen salarios más altos no se ven afectados por este mecanismo. Si una persona cobra 2.000 euros de salario base, seguirá percibiendo íntegros sus complementos, su antigüedad o su plus de responsabilidad. La subida del SMI no le afecta . Mantiene todos sus derechos salariales. Así, lo que deberían ser elementos normales de cualquier carrera profesional acaban convirtiéndose en privilegios reservados a quienes ya ganan más, mientras se recortan precisamente a quienes tienen menos.
Este sistema también distorsiona la organización del trabajo dentro de las empresas. Cuando el jefe de equipo pierde su plus, acaba cobrando lo mismo que quien está a su cargo. Cuando el encargado pierde su complemento, se iguala con el operario. Las categorías se diluyen, la experiencia deja de contar, la responsabilidad deja de pagarse y la promoción profesional pierde sentido. Cuando el esfuerzo no se recompensa, la motivación se resiente, la implicación disminuye y la productividad acaba pagando las consecuencias. No solo pierden las personas trabajadoras, pierden también las empresas y, en última instancia, el conjunto de la economía.
Precisamente por ello, en el acuerdo alcanzado para 2026 entre el Gobierno y las organizaciones sindicales se ha incorporado un apartado específico para ordenar y limitar la compensación y absorción, con el objetivo de evitar estos efectos indeseados y garantizar que las subidas del salario mínimo se traduzcan en mejoras reales. Es un paso importante del diálogo social, que asume que no basta con fijar una cifra en el BOE si después se permite neutralizarla en la práctica.
Porque, si no se corrige esta dinámica, el problema irá a más. Cada nueva subida del SMI irá absorbiendo funciones, categorías y complementos, debilitando la negociación colectiva, bloqueando la carrera profesional y empobreciendo el valor del trabajo.
El salario mínimo debe ser un suelo, nunca un techo. Subirlo es imprescindible y ha permitido mejorar la vida de millones de personas trabajadoras, pero no basta si no se corrigen sus efectos perversos. Si no se limitan de forma efectiva la compensación y la absorción, miles de personas seguirán viendo cómo su salario sube solo sobre el papel mientras su nómina permanece igual, con una especial incidencia en las mujeres, sobrerrepresentadas en el SMI y en los salarios más bajos. Un fenómeno que introduce un claro sesgo discriminatorio y alimenta una frustración silenciosa que erosiona la confianza en el sistema laboral.
Porque no hay nada más desmoralizador que trabajar más, resistir más y cobrar lo mismo. Y porque un país que normaliza que sus salarios más bajos no mejoren, aunque oficialmente suban, está renunciando a construir una economía más justa, más productiva y más cohesionada.
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