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Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El abismo fiscal de las derechas

La furia de rebajas de impuestos conduce a la desigualdad. La campeona de esta aventura es Liz Truss

Liz Truss abandona la sede del Gobierno en Londres, el pasado 23 de septiembre.
Liz Truss abandona la sede del Gobierno en Londres, el pasado 23 de septiembre.MAJA SMIEJKOWSKA (REUTERS)

La furia de rebajas de impuestos generalizadas e indiscriminadas conduce al abismo económico y agrava la desigualdad social.

Es lo que está sucediendo en varios países europeos, a manos de derechas ultraideologizadas. La campeona de esta aventura es la nueva líder británica, Liz Truss. Se ha pulido todos los aumentos fiscales que planeó su predecesor y padrino, Boris Johnson, a lo que se ve, un izquierdista enmascarado.

De una sola tacada, Truss ha anulado el alza del Impuesto de Sociedades al 25%, y lo devuelve al 19%. Ha rebajado el IRPF: el tramo más alto, del 45% al 40%; y el más bajo, del 20% al 19%. Ha cancelado el aumento de las cotizaciones sociales. Ha anulado el impuesto a los beneficios extraordinarios, caídos del cielo, de las energéticas. Y ha rebajado el de transmisiones patrimoniales a la vivienda.

Sus reducciones son antirredistributivas. Las rentas altas, las de las 630.000 personas que ganan al año más de 170.000 euros, se benefician mucho más (cinco puntos) en el impuesto sobre la renta, que las bajas (un punto). Llueve sobre mojado en el país que tras EE UU ostenta la mayor desigualdad por renta disponible de los más desarrollados, según la OCDE.

Y la experiencia dice que asimismo son ineficaces. Sostiene Truss que la rebaja en Sociedades fomentará la inversión y el crecimiento y aumentará la recaudación. Pero la anterior carrera conservadora a la baja (del 30% al 19% entre 2007 y 2019) no lo logró. La inversión privada es “la más baja del G-7 y de las más bajas de la OCDE”, constata el Institute for Public Policy Research (Cutting corporation tax is not a magic bullet for increasing investment, 20 de septiembre).

Y es que el fondo de armario fiscal de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, aupado por la fantasiosa curva de Laffer, se mostró ineficaz para mejorar la cosecha fiscal: desembocó en déficits y deudas astronómicas y en aumento del desempleo. “40 años después, el thatcherismo es una idea zombi”, ha concluido el liberal Martin Wolf (Financial Times, 20 de septiembre)

Pero eso ya se volverá a comprobar. De momento, la previsión en los mercados de que la receta fiscal paradisíaca acabe en el peor infierno, ha disparado el pánico, ha ahuyentado a los inversores, ha desarbolado a la libra y ha provocado ya que el Banco de Inglaterra tenga que salir al rescate: mediante una compra de bonos gigantesca de 65.000 millones de libras (que podrá debilitar aún más la divisa), una medida expansiva a contrapié de la línea restrictiva que iba siguiendo, como segundo gran halcón de los tipos.

Y es que la rebaja fiscal provocará en lo inmediato un agujero presupuestario de 50.000 millones de euros. A los que se suman los 150.000 millones comprometidos en ayudas a empresas y familias para afrontar la crisis energética provocada por la invasión rusa de Ucrania. Un total de 200.000 millones, en torno al 24% del total del presupuesto (de 2019/2020) y un 7% de la deuda: del 85,4% sobre el PIB en 2019 y del 95,35% en 2021. Así que el FMI acaba de urgir a Truss, en un áspero comunicado oficial (27 de septiembre), a “reevaluar” el plan de recortes de impuestos. No solo porque “incrementará la desigualdad”. También porque “dadas las elevadas presiones inflacionistas en muchos países, incluido el Reino Unido, no recomendamos paquetes fiscales amplios y no focalizados”.

En la misma onda de censura, el economista jefe del BCE, Phillip Lane, recomendó en el periódico austriaco Der Standard que “desde un punto de vista macroeconómico los gobiernos deberían sostener los ingresos y el consumo de aquellos hogares que están sufriendo más”, y no de los que menos.

Y aconsejó introducir “impuestos más altos a los que tienen mayores ingresos o a aquellas industrias y empresas que son muy rentables pese al shock energético”, una alternativa “menos inflacionaria que ampliar los déficits para financiar la ayuda”. Pues como estima la agencia Moody’s, “los recortes de impuestos”, al recaudar menos, “llevarán a mayores déficits estructurales”.

También el consorcio de las derechas y la ultraderecha italiana opta por rebajas fiscales generalizadas. Aunque sea más preocupante su pretensión separatista de reformar la Constitución para residualizar el derecho europeo, renegociar el Plan de recuperación Next Generation y el sesgo nacionalista de sus propuestas proteccionistas sobre ayudas de Estado. Y aunque los impuestos hayan generado menor debate público en las elecciones, tanto el programa de Fratelli d’Italia —los ultras de Giorgia Meloni— como el pacto de coalición también se apuntan al “paraísismo fiscal”.

Así, el Accordo quadro di programma per un governo di centrodestra (sic) propugna una “reducción de la presión fiscal para familias, empresas y autónomos”; se opone a los impuestos patrimoniales, de sucesiones y donaciones; postula la rebaja del IVA, un tipo plano hasta 100.000 euros, y la abolición de los “microtributos”. Sin entrar en mucho más detalle.

En el caso de España, la abanderada de la reducción casi universal de impuestos es la oposición, el PP. Sin inquietarle que la presión fiscal española sea 5,7 puntos inferior a la comunitaria (datos de un año “normal”, 2019) ni que la desigualdad haya aumentado un 6,9% entre 2007 y 2017 (según el índice de Gini), directa o indirectamente propone rebajar la carga del IRPF, del IVA, y aumentar los incentivos (o sea, los agujeros) en el Impuesto de Sociedades (aunque sus resultados hayan bajado de 44.000 millones en 2.007 a 26.000 millones en 2021), lo que supone “tocar” los tres grandes impuestos por capacidad recaudatoria (ver su Plan de medidas urgentes y extraordinarias, de 22 de abril; y sus Propuestas para un pacto energético, de 12 de septiembre).

Todo ello, sin incluir las improvisaciones más tácticas, como la supresión del Impuesto sobre el Patrimonio (vía exención autonómica al 100%). O espectaculares errores de bulto, como el de que “el impuesto de patrimonio no existe en la UE, salvo una pequeña tasa en Noruega”, como resbaló Alberto Núñez Feijóo, en FAES el día 23. Ese país no forma parte de la Unión, lo ha rechazado en referéndum por dos veces, en 1972 y 1994.

En la otra acera, la del Gobierno, también se registran vaivenes (en buena parte a consecuencia de que se ha aplazado la reforma fiscal integral), como el que ha redundado en la rebaja al tramo inferior del IRPF.

Pero un mayor equilibrio entre realidad e ideología propicia que sus retoques encajen mejor en las recomendaciones del FMI, la OCDE y el BCE: mantenimiento de la recaudación, conservación o aumento de la progresividad del sistema, limitación de las rebajas solo a las selectivas y compensadas con alzas a las mayores rentas o ganancias extraordinarias, apoyo a los vulnerables más por la vía de ayudas específicas y focalizadas que por la impositiva. Quizá provoquen menos ondas expansivas. Pero las cosas del dinero son enemigas del ruido excesivo.

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