CIRUGÍA ESTÉTICA

Queremos seguir siendo jóvenes y guapos pese a la pandemia

Los españoles se gastaron más de 2.600 millones de euros en 2020 en tratamientos estéticos en pleno confinamiento y con crisis económica

Yulia Reznikov / Getty Images

Más de 25 millones de personas en el mundo se someten cada año a una cirugía o a un tratamiento estético. Las más practicadas son el aumento de pecho, la liposucción y la blefaroplastia para retirar el exceso de piel en los párpados, así como las inyecciones faciales de toxina botulínica y de ácido hialurónico.

El interés de la sociedad por estas intervenciones se ha disparado en los últimos años por el culto a la imagen que potencian, hasta la extenuación, las redes sociales. Millones de personas de todo el mundo buscan aumentar la autoestima, la confianza y la salud psicofísica a golpe de talonario. Recurren a estas prácticas, que pueden ser más o menos invasivas, para mejorar su imagen, corregir algún defecto físico y retrasar (o borrar) las huellas que ha dejado el paso de los años. Resulta complicado calcular el valor de una industria tan colosal y, de hecho, hay pocas estadísticas. La consultora Fortune Business Insights afirma que el tamaño mundial del mercado de la cirugía estética fue de 50.670 millones de dólares (42.900 millones de euros) en 2018 y prevé que alcance los 66.960 millones de dólares (más de 56.700 millones de euros) en 2026.

Los españoles no son ajenos al fervor por las cirugías (quirúrgicas) y los tratamientos estéticos (no quirúrgicos). Cada vez hay más demanda y a edades más tempranas. Un ejemplo: hace unos años la edad de entrada a la medicina estética eran los 35 años. Ahora, chicas de 20 años se inyectan ácido hialurónico para rellenar labios y toxina botulínica para alisar la frente.

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La oferta de tratamientos es extensísima: injertos de pelo, estiramiento de rodillas y muslos, aumento de glúteos, cirugías íntimas como la labioplastia, el mommy makeover (recuperar el tono muscular a través de operaciones como la abdominoplastia tras dar a luz), rellenos con grasa... Cualquier parte del cuerpo que imagine es susceptible de ser mejorada o reparada. Y no siempre hay que pasar por quirófano.

En torno a 400.000 personas contrataron una intervención el pasado año en España. Más de ocho de cada diez fueron mujeres, aunque los hombres suponen ya el 15% y creciendo (hace muy pocos años solo representaban el 2%). Las españolas demandan, sobre todo, cirugías de aumento de pecho (también de elevación y reducción) y liposucciones, prácticamente lo mismo que las mujeres del resto del mundo. Los hombres se decantan por corregir la ginecomastia, la liposucción de alta definición (marca los abdominales), el injerto capilar, la blefaroplastia, la otoplastia (corregir y remodelar las orejas) y la eliminación de papada.

La demanda no flojea

La fortaleza del sector español se viene forjando desde hace algunos años. La industria “ha registrado un crecimiento de entre el 15% y el 20% en la última década”, señala Francisco Gómez Bravo, cirujano plástico y presidente de la Asociación Española de Cirugía Estética Plástica (Aecep), organización que aglutina a 155 cirujanos de prestigio.

Pero su robustez ha quedado al descubierto precisamente con la pandemia, que apenas ha impactado en sus cuentas. Ni en su demanda. La facturación del sector (englobando procedimientos quirúrgicos y tratamientos estéticos) alcanzó 2.660 millones de euros en 2020, tan solo un 5% menos que en 2019, cuando fue de 2.800 millones de euros, según la Aecep. Si se tiene en cuenta solo la cirugía plástica estética —más costosa: entre 3.000 y 6.000 euros de media—, “la facturación cayó un 30% en 2020”, añade Nélida Grande, vicepresidenta de la Sociedad Española de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética (Secpre). Estos descensos se circunscriben a los dos meses y medio de confinamiento estricto en los que las clínicas permanecieron cerradas. Así, el sector, que genera en torno a 100.000 puestos de trabajo, pasó el examen con cierta holgura: pensemos que, por ejemplo, los ingresos de la moda textil en España cayeron un 25%, que la restauración perdió el 42% de su facturación y que el cine registró un descenso del 72%.

Incluso se podría decir que la pandemia ha sido un revulsivo para este sector porque, además de la demanda acumulada de pacientes ya convencidos, atrajo a nuevos clientes que nunca habían pisado una clínica, que por vez primera se acercaron a este mundo de rellenos, prótesis, cánulas y jeringuillas. De hecho, en la primavera de 2020 hubo saturación en muchos centros estéticos y largas listas de espera. “A partir de junio empezó un bum, fue una cosa espectacular. La gente se operó de forma más alegre, el dinero en esta ocasión no ha sido el factor decisivo para tomar la decisión, cosa que sí ocurría en años anteriores”, constata César Casado, responsable del servicio de Cirugía Plástica, Estética y Reparadora del Hospital Ruber Internacional.

Un cirujano plástico inyecta toxina botulínica a una paciente en una clínica de Sant Cugat (Barcelona).
Un cirujano plástico inyecta toxina botulínica a una paciente en una clínica de Sant Cugat (Barcelona).Miquel Benitez / Getty Images

Que en aquellos meses tan complicados de contagios —aún hoy lo son— tantísimas personas acudiesen a las clínicas estéticas es algo que sorprendió incluso a los médicos. “No habíamos previsto que esto pudiese ocurrir, que los pacientes después de la primera ola se animasen a dar el paso”, arguye Francisco Gómez Bravo. El cirujano Antonio de la Fuente, que lleva 45 años realizando cirugías plásticas y estéticas, recuerda que los pacientes “acudían con la decisión tomada, algo que no es habitual, puesto que suelen visitar a varios especialistas antes de decidirse”. Aunque en su consulta hay una clientela muy estable, sí notaron “un ligero aumento de mujeres jóvenes, de entre 20 a 30 años”, añade. Algo que corroboran en la Secpre: “Se operaron muchas más pacientes jóvenes que solicitaron intervenciones mamarias”.

Varios fueron los motivos de este bum de retoques en medio de oleadas continuas de contagios. El principal fue el colchón de ahorro acumulado por los hogares españoles: la tasa se disparó hasta el 14,8% en 2020, la más alta de la serie histórica, según el INE. “Aunque muchas personas se vieron afectadas económicamente durante esta crisis pandémica, otras tantas mantuvieron su nómina sin poder gastar en vida social, de manera que tuvieron recursos para afrontar una cirugía”, afirma Gómez Bravo.

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También influyó la reducción de los viajes de trabajo por parte de pacientes ejecutivos, que tuvieron más tiempo para la recuperación y el postoperatorio. Además, la mascarilla permitió ocultar las cicatrices y la inflamación. Y el teletrabajo facilitó no tener que dar explicaciones a los curiosos.

Otra causa fue el efecto dismorfia que producen las videollamadas en la percepción de uno mismo. “La perspectiva y forma de la lente de las cámaras deforma los rostros y cuerpos con efectos poco favorecedores, lo que significó un aumento de la demanda de intervenciones faciales”, confirma el presidente de la Aecep. En definitiva, “hemos sido más conscientes de los efectos del envejecimiento”, añade Grande. Y de la fatiga pandémica. Había una necesidad creciente de verse y sentirse mejor —en este punto conviene recordar que, aunque la cirugía busca la salud psicofísica de los pacientes, sobre todo cuando hay anomalías físicas que merman la autoestima, no en todos los casos la solución pasa por una clínica estética—.

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En esos meses pandémicos una de las cirugías más solicitadas, tanto por hombres como por mujeres, fue la blefaroplastia, que creció en torno al 30%, según la Aecep. “Es la cirugía de corrección de exceso de piel en los párpados y la reducción de las bolsas de los ojos porque los pacientes se fijaban más en la zona facial y, sobre todo, en los ojos”, comenta Grande. En la clínica Guilarte señalan otra operación estrella: la rinoplastia. “Llevar una mascarilla genera una relativa insuficiencia respiratoria. Si a esto le sumas que por la nariz no respiras bien, esto hace que estudies una posible obstrucción nasal y te sometas a una rinoplastia”, dice el cirujano plástico Rubén Guilarte. Y en medicina estética, las reinas indiscutibles fueron las inyecciones de toxina botulínica (conocida popularmente como bótox, un nombre comercial) y de ácido hialurónico en el tercio facial superior —que deja al descubierto la mascarilla— para conseguir el rejuvenecimiento de la mirada.

No se puede decir que este auge por mejorar el aspecto exterior sea solo consecuencia del encerramiento pandémico. El buen ritmo no ha parado durante este año. De hecho, “en 2021 la demanda ya ha aumentado aproximadamente un 10% respecto a la época precovid”, calculan en la Aecep. De ello dan cuenta algunas clínicas. “La demanda sigue y tenemos la fortuna de tener la agenda de 2021 ya cerrada”, dice Rubén Guilarte. En su clínica han detectado que el gasto medio por cliente ha pasado de los 7.000 euros en 2019 a los 8.000 de 2020. Este año ronda ya los 10.000 euros.

Más de lo mismo en la clínica Bruselas: “Este año ya hemos incrementado la demanda en un 12% con respecto a niveles precovid”, señala Christopher Oyola, director médico de este centro que, desde el año 2000, ha realizado más de 12.000 cirugías y pone 70 implantes al mes de balón gástrico Elipse —consiste en tragar una cápsula— para la pérdida de peso. Y Cesar Casado, del Hospital Ruber Internacional, cree que “los nuevos clientes que se acercaron por primera vez a la medicina estética lo volverán a hacer”.

Líderes mundiales

Por todo esto, los expertos no descartan que este año España logre avanzar posiciones en el escalafón mundial. Ocupa el puesto 17 en el ranking de los países que más cirugías realizan, según los datos de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética (Isaps) relativos a 2019. En la categoría de aumento de pecho se sitúa en el puesto ocho. No está nada mal, teniendo en cuenta que se mide con gigantes como Brasil y Estados Unidos. Solo los ciudadanos estadounidenses gastaron más de 9.000 millones de dólares en cirugía plástica estética en 2020, según datos de la Sociedad Americana de Cirugía Estética. Les siguen Japón, México, Italia, Alemania, Turquía, Francia, la India y Rusia.

El sector español empezó a ganar tamaño gracias a dos hitos. Hace unos años las cirugías y tratamientos estéticos eran algo minoritario, al alcance solo de personajes del papel cuché. El coste era elevado y había pocos profesionales. En la larga fase de expansión de la economía española (desde los años noventa hasta 2008), los bancos empezaron a financiar tratamientos de cirugía estética, algo impensable hasta entonces. Y, por otro lado, la apertura al mercado común europeo permitió que llegaran a España cirujanos plásticos de otras partes de Europa con el título homologado. Y así, un mayor segmento de la población empezó a acceder a intervenciones a un precio más asequible.

Hoy no hace falta tener una cuenta corriente excesivamente boyante para hacerse algún retoque. “La idea de poder someterse a una cirugía o tratamiento se ha ido normalizando entre la sociedad”, señala Olaya, de la clínica Bruselas. En este centro dicen haber notado un ligero incremento del pago en metálico de cantidades inferiores a mil euros, aunque el 60% de sus pacientes financia las intervenciones.

La cirugía y la medicina estética se han colado en la lista de la compra de los españoles. “Podemos decir que se ha convertido en una commodity, es decir, algo que la gente busca habitualmente, a lo que ya no renuncia”, comenta Cristina Sánchez, directora general adjunta de las clínicas Dorsia, donde la demanda en 2020 se incrementó un 20% interanual. Solo en cirugía de pecho, Dorsia tiene un 30% de cuota del mercado en España.

Esta enseña, que funciona con el modelo de franquicia y está presente hasta en centros comerciales, es una muestra del tirón del sector. “Prevemos terminar 2021 con 130 clínicas por toda España, además de iniciar la andadura internacional con aperturas en Francia y Portugal. La demanda crece cada año”, señala Sánchez. Sus precios son más económicos que los que se pueden encontrar en las consultas privadas de los cirujanos, pero no les gusta hablar de low cost, sino de “lujo asequible”, apunta Sánchez. El gasto medio por paciente estuvo en 2.000 euros en 2020, un 10% más que en 2019. En lo que va de 2021 el tique medio ha aumentado un 15%.

Al auge de este negocio millonario ha contribuido, y mucho, la enorme demanda de todo tipo de tratamientos estéticos, esos que no emplean técnicas de cirugía mayor ni requieren anestesia general. De hecho, el número de centros ha crecido un 30% en menos de tres años, hasta alcanzar 5.244 establecimientos, según la Sociedad Española de Medicina Estética (Seme).

Como pagar el gimnasio

“Para muchas personas los retoques estéticos son considerados ya como un gasto de primera necesidad. Por ejemplo, para muchas pacientes la toxina botulínica y el ácido hialurónico son comparables a la suscripción al gimnasio o el pago de la peluquería, lo ven como un gasto anual más”, dice la cirujana plástica Isabel de Benito, de la clínica Porcuna & De Benito.

El impulso de los tratamientos estéticos se debe a varios factores. El primero es su coste: es mucho más bajo —de media entre 300 y 500 euros— que el de una cirugía plástica estética y, sobre todo, es reversible. De hecho, es a lo que muchas mujeres y hombres se agarran para retrasar la entrada a un quirófano.

El bum de esta rama se debe a “las mejoras tecnológicas, con tratamientos mucho más eficaces y seguros. Y no podemos olvidar la importancia que la imagen ha ido adquiriendo en el bienestar de las personas, tanto por un aumento de la longevidad (también la laboral) como por las redes sociales”, valora Petra Vega, presidenta de Seme.

Cuatro de cada diez españoles ya acuden a la medicina estética. “Se hacen unos 100.000 tratamientos distintos cada año”, dice Vega. Hay que tener en cuenta que muchos de ellos necesitan varias sesiones, de una a tres al año. Lo que se solicita en mayor medida son las inyecciones de toxina botulínica y de ácido hialurónico para rejuvenecer el rostro. “Las ventas de estos dos tratamientos han crecido por encima del 10% en los últimos años. La toxina botulínica fue el más demandado, seguido del relleno de labios, a pesar del uso de las mascarillas”, dicen en Laboratorios Galderma, que comercializa el ácido hialurónico Restylane y la toxina botulínica Azzalure. Solo de Restylane, que cumple 25 años desde su lanzamiento, se han vendido 50 millones de tratamientos en el mundo.

Ahora que las mascarillas no son obligatorias en exteriores ha ganado importancia la parte inferior del rostro. “Ha aumentado la demanda de tratamientos para los labios y alrededores, cuando antes los protagonistas absolutos eran los ojos”, confirma Mar Mira, codirectora de la clínica de medicina estética Mira+Cueto.

La operación de párpados ha sido una de las intervenciones con más demanda en los últimos meses.
La operación de párpados ha sido una de las intervenciones con más demanda en los últimos meses.Raúl Caro / EFE

Puede que lo cuenten menos o, directamente, que no lo digan, pero cada vez más hombres sucumben a la medicina estética. Se estima que el mercado mundial masculino crecerá a una tasa anual de un 7% hasta 2024, según Seme. “Los hombres ahora piensan de otra manera, y a nivel estético, quieren verse bien, igual que las mujeres”, indica Cristina Sánchez.

Revolución del injerto

Prueba de ello es la revolución de los injertos de pelo, sobre todo en hombres en torno a 30 años. España se ha convertido en muy pocos años en un referente mundial en trasplante de pelo y más ahora que se han reducido los viajes a países como Turquía. En España se realizan más de 2.000 injertos de pelo al mes, calcula el especialista Jaime Tufet. En su centro de Cirugía Capilar Internacional se hacen unas 60 intervenciones mensuales.

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En este campo, las mujeres siempre han sido minoría: suponen entre el 5% y el 10% de los pacientes. Aunque en los centros de Svenson las mujeres son el 52%, frente al 48% de los hombres. “Los problemas capilares y la alopecia han dejado de ser un tema tabú para ellas”, señalan en esta empresa, que se estableció en España hace 50 años y que cuenta con 40 centros propios en los que se aplican más de 120.000 tratamientos capilares al año.

La pandemia no frenó el deseo de muchos españoles de estrenar pelo, una intervención que ronda los 4.500 euros, aunque puede llegar hasta casi 6.000 euros. “El 2020 ha sido el año del máximo pico de crecimiento, haciendo que todas las clínicas capilares estuviesen con una ocupación del 100%”, dice Tufet.

Y del pelo a los dientes. O más bien al diseño de sonrisas. “La demanda de estética dental está en auge. La tecnología digital ha permitido que los tratamientos de carillas sean menos invasivos y las ortodoncias con alineadores trasparentes más rápidas y cómodas. También los blanqueamientos dentales son muy demandados”, señala Carlos Saiz, odontólogo experto en estética dental, al que algún medio de comunicación ha bautizado como el dentista de los famosos. Ha tratado a más de 16.000 pacientes con la técnica de microcarillas sin tallado del diente natural, un tratamiento que cuesta desde 650 euros por diente. “Tras el confinamiento de marzo no notamos una recesión en el número de tratamientos estéticos, sino más bien un ligero aumento”, indica Saiz.

Mucho ha llovido desde que en 1887 se realizó la primera rinoplastia estética en Estados Unidos. El sector ha tenido que sobreponerse a la mala imagen que supuso el uso abusivo y desafortunado de la silicona. De hecho, “rara es la vez que no ves a pacientes con estos productos”, indica Antonio de la Fuente. Y al llamado efecto Michael Jackson —tantas operaciones desfiguraron su rostro—.

Lo ha conseguido perfeccionando las técnicas, cada vez menos invasivas. El reto del sector es obtener resultados cada vez más naturales, a pesar de que en algunas culturas, como la latinoamericana, la moda sea la exuberancia. El presidente de la Aecep cree que España vive la tercera innovación técnica. “Hubo una primera fase en la que las cirugías eran muy notorias. La segunda fase se basó en evitar el look operado. Ahora avanzamos al siguiente nivel: que un pecho con prótesis no solo quede bien en la foto, sino que al tocarlo uno no se dé cuenta de que no es una mama”, indica Gómez Bravo. Naturalidad en el tacto y el movimiento.

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