Crisis del coronavirus

Nicholas Stern “Hace falta un acuerdo similar al de Bretton Woods”

Economista. Stern se hizo famoso en 2006 con el informe que lleva su nombre en torno al coste del cambio climático. Hoy defiende una acción coordinada de reconstrucción similar a la de la posguerra

El economista británico Nicholas Stern, fotografiado en Edimburgo.
El economista británico Nicholas Stern, fotografiado en Edimburgo.Roberto Ricciuti (Getty Images)

Según sir Nicholas Stern, nada como las lecciones del siglo XX para decidir la salida a la crisis del coronavirus. En un extremo, el “nacionalista, cortoplacista y vengativo Tratado de Versalles” con el que Europa terminó la I Guerra Mundial, “incapaz de gestionar el desempleo y de frenar el nacionalismo”. En el otro, las Naciones Unidas, el incipiente proyecto europeo y las instituciones de Bretton Woods que siguieron a la II Guerra Mundial. “En el ejemplo clásico de Keynes”, resume Stern, “lo que hubo fue una acción fuerte inmediata de reconstrucción junto a una señal clara de hacia dónde íbamos en el medio plazo para tener inversión, empleo y consumo sostenidos”.

Para el economista y presidente del Instituto de Investigación Grantham sobre Cambio Climático en la London School of Economics, el riesgo de una salida al coronavirus sin esa visión de medio plazo no es solo empeorar el retroceso económico, sino volver a la “forma marrón de hacer las cosas”, en alusión a los hidrocarburos, y agravar así la catástrofe climática. Un regreso que el mundo no supo evitar tras la crisis de 2008 y que, según Stern, hoy debería ser más fácil de eludir: “Nuestro nivel de comprensión sobre los riesgos del cambio climático es mucho mayor y conocemos mejor cómo puede ser esa forma alternativa de producir y consumir”.

Stern, que en 2006 se hizo muy conocido por el informe que lleva su nombre sobre las consecuencias económicas del calentamiento global, está hablando estos días sobre la necesidad de un nuevo orden económico internacional con ampliación de las instituciones financieras multilaterales para evitar la crisis de deuda en las economías emergentes. Como explica a EL PAÍS durante una entrevista por Skype desde su casa de Inglaterra, esta crisis es verdaderamente global y “hace falta un acuerdo similar al de Bretton Woods que ayude a fijar una posición en temas como el precio de las emisiones de carbono”.

Sabemos más sobre calentamiento y energías renovables, pero estamos peor organizados que en 2008. Recuperar el espíritu internacionalista que en 1944 impregnó a la Conferencia de Bret­ton Woods, donde se fijaron las reglas comerciales y financieras que ordenaron el mundo tras la II Guerra Mundial, parece hoy más difícil que hace 10 años, con Donald Trump sacando a EE UU del Acuerdo de París como una de sus primeras medidas presidenciales. En opinión de Stern, no es un obstáculo insalvable. “Europa sí puede, y China también: China está armando su decimocuarto plan quinquenal de producción y tengo muchas esperanzas en que incluya esta nueva perspectiva”.

El primer desafío, subraya Stern, es evitar que la gente pierda su empleo, “pero en cuanto entremos en la fase de recuperación, es extremadamente importante definir una senda de progreso en la que la gente pueda confiar”. “Los empleos sucios del siglo XX se han convertido en trabajos inseguros, pero hay muchos trabajos limpios en los que podemos centrarnos muy rápidamente si sube el desempleo”, explica, “como reforestar, construir redes de recarga eléctrica, aislar nuestros hogares o sustituir el gas como forma de calefacción”.

El poco entusiasmo de Trump por el internacionalismo no es la única traba para revivir el espíritu de Bretton Woods. Como el propio Stern admite, el tipo de intervención que pide remite a las propuestas de John Maynard Keynes, figura central en aquella conferencia. El problema es que las ideas del economista británico llevan décadas siendo cuestionadas por los defensores del neoliberalismo. El margen político para implementar hoy políticas fiscales que en los años de posguerra seguían Gobiernos de derecha y de izquierda es mucho menor.

“Creo que la gente está volviendo a entender la sabiduría de la respuesta keynesiana ante un derrumbe en la demanda”, dice Stern, “pero si el adjetivo ‘keynesiano’ ya no gusta, no importa, basta con no usarlo; yo no estoy comprometido con esa palabra, lo que me interesa es el argumento de que hace falta una acción decisiva ahora para rescatar y un plan claro para las innovaciones del futuro que dirija el empleo, el consumo y las inversiones”.

Una las medidas económicas que Stern defendía ya desde su informe de 2006 era ponerle precio a las emisiones de gases de efecto invernadero, algo que se puede hacer con impuestos o con permisos para emitir que luego se venden, como hace la Unión Europea. Para Stern, es uno de los temas que justifican la necesidad de un entendimiento internacional, por más que otros promotores de la idea sostengan que se puede llegar al mismo resultado sin acuerdo y con aranceles a los productos de países donde no se grava el dióxido de carbono.

Evitar el dumping medioambiental con aranceles suena lógico, dice Stern, pero también peligroso: “Algunos países podrían estar consiguiendo la reducción de emisiones con regulación en vez de con un precio para las emisiones, por un lado; por otro, se abre la puerta a posibles abusos de Gobiernos que lo aprovechan para proteger su mercado”. Además, dice, salvo excepciones como la industria siderúrgica o la petroquímica, la competitividad de los países no tiene que ver con gravar o no las emisiones de carbono.

Contaminación

Para lo que en su opinión sí serviría un acuerdo internacional es para subir el precio de las emisiones. “EL FMI estima que para mantenernos en un mundo donde las temperaturas no aumenten más de 1,5 grados deben estar en torno a los 75 dólares por tonelada de CO2, asumiendo que además de eso se imponen regulaciones sobre vehículos eléctricos, calefacción, aislamientos, etcétera”. Según un informe del año pasado del Banco Mundial, un 20% de las emisiones mundiales están sujetas hoy a imposición, aunque con tasas demasiado bajas como para cumplir con el Acuerdo de París.

En opinión de Stern, “es crucial que Europa no repita el error de después de la crisis financiera, cuando se provocó una caída en el precio de las emisiones porque se siguieron dando permisos para emitir como si la economía no se hubiera ralentizado”. Y añade: “Las decisiones de inversión necesitan la máxima claridad posible en el precio de las emisiones, por eso es tan importante mantenerlos estables con un acuerdo suscrito por una mayoría de países”.

Lo que ha dejado claro esta crisis, dice Stern, es que pararlo todo no es la mejor medida para evitar el calentamiento. Por su gigantesco coste humano y porque no alcanza. Un estudio de la británica Universidad de East Anglia estimó que las emisiones de gases de efecto invernadero caerán entre el 4% y el 7% en 2020. Parece mucho, pero el Acuerdo de París pide un 7,6% de reducción anual para evitar la catástrofe. “No vamos a lograrlo dejando de producir, sino cambiando la forma en que funcionan nuestras economías”, dice Stern. “Usar menos insumos para producir lo mismo o más; cambiar a productos que no requieren tanta energía, como el transporte público en vez del privado, y producir la energía de una forma diferente. Ahora mismo ya es más barato generar electricidad sin carbono que de la manera tradicional, incluso sin gravar las emisiones”.

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