Crisis económica del coronavirus

El virus embiste a los toros

La tauromaquia, que generó 4.500 millones de euros en 2019, atisba una temporada 2020 sin ingresos y con riesgo de quiebras

El ganadero Victorino Martín en su finca de la localidad de Portezuelo (Cáceres).
El ganadero Victorino Martín en su finca de la localidad de Portezuelo (Cáceres).JuanJo Martín / EFE

Nada ha quedado al margen de este virus patógeno y demoledor que embiste todo lo que se pone en su camino. La fiesta de los toros, que solo había cesado su actividad durante la epidemia de gripe de 1918, no es una excepción.

Un espectáculo que reivindica ayudas como una actividad cultural más. “La tauromaquia está amparada como espectáculo por el Ministerio de Cultura. Queremos un tratamiento igual que los demás sectores culturales y pedimos las mismas consideraciones que tienen el resto de las manifestaciones culturales ante esta situación. No queremos parecer víctimas”, explica de forma directa y casi vehemente Simón Casas, presidente de ANOET (Asociación Nacional de Organizadores de Espectáculos Taurinos) y gestor de plazas emblemáticas Madrid o Valencia. “La economía de la tauromaquia está muy afectada, como el resto de los sectores del país. No somos diferentes. Para muchas ciudades esta actividad representa una industria. La cifra de negocio de producción alcanza los 1.500 millones de euros, pero el impacto directo suma 4.500 millones”, afirma Casas.

Según cifras de la asociación, el número de espectáculos taurinos de todo tipo (corridas, novilladas, ferias en pequeños pueblos…) cancelados entre marzo, abril y mayo alcanza los 1.900, que se eleva hasta 3.400 si se incluyen los previstos para el mes de junio.

“Nuestra actividad es estacional. Discurre de marzo a octubre y durante el otoño y el invierno está parada. La crisis nos ha pillado en plena temporada taurina. También es difícil aplazar las corridas o los festejos porque van parejos a las fiestas populares y porque en octubre el tiempo lo pone complicado”, explica el presidente de la patronal de los empresarios taurinos.

La tauromaquia es una actividad concentrada en el tiempo, pero diseminada en un sinfín de sectores que han visto cómo su labor iba cesando en un constante efecto dominó. En España existen más de 900 ganaderías de lidia, de las que 248 están en Andalucía. Entre el 40% y el 70% de los becerros macho nacidos en ellas se destinan a espectáculos taurinos. Para la UCTL (Unión de Criadores de Toros de Lidia), las pérdidas estimadas para los ganaderos en un escenario sin temporada taurina superan los 77 millones de euros. “Cada animal que se cría para toro bravo tiene un coste de producción de entre 4.000 y 5.000 euros y tarda entre cuatro y siete años. Este año en mi ganadería había 100 toros destinados a estos espectáculos. Así que, si no hay fiesta, solo tengo gastos y cero ingresos. Con 20 empleados en la finca, las pérdidas se aproximan al medio millón de euros”, expone Victorino Martín, presidente de la FTL (Fundación Toro de Lidia) y ganadero de largo recorrido.

Efecto dominó

Unas pérdidas que no palía la alternativa de vender la carne de toro en el matadero. “El valor de esta carne representa únicamente el 10% del total, por tanto, la salida para carne no cubre los costes de la ganadería. El toro cuyo destino es el matadero muchas veces no llega a los 500 euros. Además, el cierre del canal de hostelería, unido a la supresión de actividades taurinas, está generando un gran stock y devaluando el precio en origen de la carne”, explica Lucía Martín, directora de comunicación de UCTL.

Toros que no llegan a las plazas y toreros que no lidian. Una situación que dibujó la cancelación de las corridas de las Fallas de Valencia. “Valencia se anuló cuando se habían realizado inversiones de más de 500.000 euros, más otro tanto que se ha dejado de ganar”, afirma Casas. Las pérdidas en Madrid, la plaza más emblemática para los aficionados a los toros, que acoge más de 600.000 espectadores en la Feria de San Isidro y factura unos 20 o 25 millones de euros entre entradas y abonos, llegarían a los dos millones de euros. Una caja que ahora se plantea el problema de la devolución de los abonos o entradas ya compradas (con una media de 35 euros por día). “Tendremos que devolver el dinero. Eso es así, es ético. Cuándo y cómo hacerlo, estamos a la espera de lo que nos comente el ministerio”, subraya el empresario taurino.

Una situación sobrevenida, como lamenta Alberto García, director general de la empresa Tauroemoción, dedicada a la organización y gestión de eventos taurinos con más de 18 plazas a su cargo, entre las que están Burgos, Jaén y Vista Alegre (Madrid). “El año apuntaba bien y se veía movimiento, tras un 2019 bueno en el que habíamos facturado cinco millones de euros entre plazas y apoderamientos de toreros”. Un momento negro que “debería servir para reestructurar el sector”, añade el empresario.

Esta reflexión muestra su lado más oscuro en el sistema de contratación de las cuadrillas que están sujetas a un sistema especial regulado por un ­real decreto de 1986. “Ni son autónomos ni pueden estar en un ­ERTE. El contrato nace y finaliza el día de la actuación”, aclara Antonio José Martínez, asesor jurídico de la asociación de picadores y banderilleros. La situación afecta a casi 750 afiliados entre ambas profesiones, para los que, en muchos casos, la fiesta taurina es su única fuente de ingresos.

El sector tiene en el punto más alto de la pirámide a toreros, novilleros o rejoneadores. Profesionales que, como el conocido maestro pacense Miguel Ángel Perera, indican que, aunque tenían siete u ocho corridas contratadas, “este año va a pasar en blanco, con cero ingresos”. Una punta de la pirámide que también acoge a profesionales más modestos como el torero sevillano Juan Ortega, que ve cómo sus cuatro corridas contratadas en grandes plazas se han esfumado. “Con lo que me hubiera quedado, alrededor de unos 4.000 euros por tarde, hubiera podido invertir en toros para practicar, en comprar trajes para otros días… y me habría abierto la puerta de otras plazas. A mí y a la cuadrilla”, añade.

Y si toreros, banderilleros o picadores no se visten de luces, las sastrerías son un sector más que engrosa la lista de afectados. Un traje de torero cuesta habitualmente entre 3.000 y 4.000 euros, y las grandes figuras suelen “gastar” unos seis trajes al año. “Nosotros solemos hacer unos 100 trajes cada temporada, más arreglos y mantenimientos. La crisis nos ha pillado en el momento de las entregas, pruebas… Ahora no sé si tengo que seguir o parar, dependerá de cada torero. Tampoco sé si voy a cobrar lo que está hecho”, cuenta Santos García, dueño de la sastrería que lleva su nombre y que calcula que su facturación (unos 100.000 euros en 2019) se reducirá un 20% solo con la parada del primer trimestre del año. “Tengo cinco empleados directos que no están en un ERTE y más de 50 indirectos. Debo pensar qué dirección tomar y decidir si me reciclo o no en otros sectores de la confección”, concluye.

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