LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

Bares, ya no tan lugares gratos para conversar

Dueños de locales de hostelería sobreviven"descolocados" entre los ERTE y se encogen de hombros ante el paisaje de verjas bajadas: “El dinero sigue saliendo, pero no entra nada”

Locales de restauración cerrados en el centro de Madrid.
Locales de restauración cerrados en el centro de Madrid.Claudio Alvarez / EL PAÍS

William Gibson escribió en 1984 Neuromante, obra maestra de la ciencia-ficción e influencia de Matrix, la película. En Neuromante funda un término (ciberespacio) y en la novela dice sobre su protagonista, Case: “En los bares que frecuentaba, la actitud distinguida implicaba un cierto y desafectado desdén por el cuerpo. El cuerpo era carne. Case cayó en la prisión de su propia carne”. El “cierto y desafectado desdén por el cuerpo” no es propio de bares, aunque en los bares del pasado y el presente no falten personajes así. Lo habitual es consagrar el contacto, la emoción, el cariño. De todos los negocios contra los que atenta el coronavirus, el de la hostelería es uno de los más sensibles; un virus que obliga a protegerse de los demás es un virus que destruye los lugares en los que la gente va a echarse a los brazos de los otros. El sistema nervioso de la vida social española lo forman bares y restaurantes. A ese sistema nervioso le han echado la verja.

“Desde los atentados de 2017, la noche de Barcelona vive una época complicada. Y el procés nos ha tocado profundamente”, dice Quim Díaz, propietario del emblemático Mut, el Entrepanes Díaz y Muti Club en la Ciudad Condal. 52 trabajadores entre los tres a los que ha aplicado un expediente de empleo temporal (ERTE), con el que el Estado asume el 70% de su sueldo, durante el tiempo que los locales estén cerrados. Locales por los que sigue pagando aunque los propietarios han tenido comprensión: “Algunos nos los han rebajado, otros no han cobrado. Mi preocupación es ahora por mis empleados, porque hay pisos y pisos, y son camareros y cocineros que viven en una ciudad muy cara. Por ellos estoy jodido. Y estoy jodido porque no sé lo que va a pasar después. Somos locales pequeños, la gente está cerca, el Muti tiene incluso pista de baile. Y funcionamos por la cercanía con el cliente, de confianza. Estamos descolocados. Y piensas que a lo mejor la vida no vuelve a ser como antes”.

“Seremos lo último en abrir”, dice desde A Coruña Xalo Muñiz. Lleva la Taberna da Galera, un establecimiento que funciona muy bien y eso, dice, les pemitiría aguantar unos meses. “¿Pero y los demás?”, pregunta. “Es un desastre y una ruina”, dice otro Quim, éste Quim Márquez, propietario de El Quim de La Boquería de Barcelona: “La vuelta será muy dura. Nadie quiere sacrificar a ningún trabajador”, dice. Márquez ayuda cooperando con varios hosteleros en un centro de producción establecido en Casa Leopoldo para sanitarios y centros de acogida. “Lo primero”, dice Xalo desde A Coruña, “es resolver la crisis sanitaria: que la gente esté bien, que se cure, que esta pesadilla acabe”. Y después, la crisis económica. “Esto no va a pasar y todo no va a ponerse a funcionar como estaba funcionando en febrero. Habrá medidas restrictivas y en esas medidas entramos nosotros, que reunimos a la gente en nuestros locales. No solo se va a reducir el consumo, sino que la ocupación de los bares bajará”. Cuenta con 13 empleados que tienen ahora un ERTE; su casero, de buena fe, le cobrará la mitad en los meses que esté el negocio cerrado.

Cervezas por gin tonics

Que el consumo va bajar lo dice también Santi Carbones, propietario en Madrid de El Amante, Válgame Dios y Sácame por Dios, además del Carbones 13 en Tarifa (Cádiz). “Si antes te pedías cuatro gin tonics ahora te pides tres cervezas”, dice. Con la experiencia de una vida dedicada al sector hostelero, Carbones sitúa el pistoletazo de salida de España tras la pandemia en junio. “Yo vendo copas, alegría, música, baile, fiesta. ¿Y el país está para esto y lo estará dentro de poco? Pero volveremos. Lo estamos haciendo bien, llenaremos otra vez las calles y los bares. Somos un país que juntos podemos hacer lo que sea”. Y Madrid en concreto, la ciudad más herida, se recuperará. ¿El turismo? “El interior lo habrá y mucho, creo. El extranjero es normal que caiga, mira cómo está el mundo. Pero viajar por España, ¿por qué no?”. “Nuestra generación", concluye al otro lado del teléfono desde su confinamiento, “no ha vivido esto jamás. Estar encerrados, mucha gente sola, las calles vacías. Por supuesto que cuando se pueda no tendremos miedo y volveremos a abrazarnos y a besarnos, y con más ganas”.

Tiene razón. El verano va a ser complicado, pero en este pueblo tenemos muchísimas ganas de vernos, de abrazarnos, de llenar los sitios”, dice David Nieto. En las antípodas de locales de moda de Madrid y Barcelona, o de tabernas como A Galera en capitales como A Coruña, el Café-Bar Manolo’s lleva dos semanas con la puerta cerrada en A Pobra de Trives, un pueblo de 2.000 personas en el interior de la provincia de Ourense. Manolo’s lo lleva David Nieto. El viernes 5 de marzo, tras permanecer atento todo el día a la televisión, decidió cerrar tras hablar con el resto de bares del pueblo. “Se veía feísimo todo”. El tsunami que crecía desde enero en Wuhan amenazaba, tras su paso por medio planeta, con arrasar este pequeño pueblo de Ourense.

Cayeron las verjas y hasta hoy, el silencio. Salvo el pasado 3 de abril, cuando un camión de los bomberos paró a felicitar el cumpleaños con sirenas y honores frente a la casa del veterinario vacuno, Manolo Araúxo, una profesión gracias a la que sobrevive la economía de esta zona, el ganado. “Teníamos cosas listas para la Semana Santa, teníamos productos perecederos…”, dice Nieto, que hizo un ERTE para su único empleado. Mientras este periódico habla con él, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, dice que no volverá el mundo de ayer. “Económicamente es un desastre”, admite el hostelero. “Yo vivo porque tengo un remanente. El problema es sencillo: el dinero sale, pero no entra. Sigue saliendo igual, cuotas de autónomos, etcétera. ¿Pero qué dinero entra?”, pregunta.

Ni el dinero ni la clientela. ¿Y el mañana de todo esto? Responde William Gibson, el autor de Neuromante en EL PAÍS (2002, entrevista de Jacinto Antón) que advertía en otro contexto que somos prisioneros de nuestra propia carne: “Nada envejece más deprisa que un futuro imaginado”.

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