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¿Nos hace felices el dinero?

La riqueza aumenta nuestra satisfacción, pero apenas influye sobre el estado de ánimo. “No podemos descartar que su efecto sea nulo”, dice un estudioso del tema

Empleados y dueños de Doña Manolita celebran en Madrid el Gordo de la Lotería de Navidad en 2017.
Empleados y dueños de Doña Manolita celebran en Madrid el Gordo de la Lotería de Navidad en 2017.

Hay incógnitas que poco a poco dejan de serlo. Un ejemplo es la relación entre la felicidad y el dinero, que durante años pareció una cuestión indescifrable y sinsentido, pero que los científicos han ido esclareciendo acumulando estudios y nuevas evidencias. Ahora, tres economistas han dado otro paso adelante con un experimento natural: se han fijado en la felicidad de miles de suecos después de ganar la lotería. ¿Nos hacen felices 100.000 euros caídos del cielo? La respuesta es que sí, al menos en cierto sentido: los ganadores de la lotería estaban más satisfechos con su vida que el resto de la gente. “La riqueza aumenta la satisfacción con la vida a largo plazo”, nos confirma al correo David Cesarini, profesor de la Universidad de Nueva York y uno de los autores del estudio.

Hace años que sabemos que existe una conexión entre riqueza y bienestar subjetivo. En los países más ricos las personas declaran una mayor satisfacción, y dentro de cada país observamos lo mismo: que la gente con dinero está más satisfecha con su vida. También sabemos que estas dos variables suelen evolucionar al mismo tiempo, de manera que el bienestar sube y baja al ritmo de la economía. España ha sido una caso de manual durante la crisis. El porcentaje de españoles que estaban “bastante satisfechos” con su vida se desplomó durante la recesión, pasando del 89% en 2006 al 69% en 2013, según Eurobarómetro.

Se trata de una relación de causa-efecto. Es decir, la vida de alguien mejorará si le damos dinero, especialmente si es pobre. Para demostrar eso los investigadores han ido buscando trucos, como el estudio de la lotería o este otro que se fijó en los inmigrantes que llegaban a Canadá. En ese trabajo los autores encontraron que el nivel de felicidad de los inmigrantes era más parecido al de sus vecinos canadienses que al típico en sus países de origen (lugares, por lo general, más pobres y menos felices). Aquel resultado venía a confirmar una estupenda noticia: que las personas que cambian de país buscando una vida mejor a menudo la encuentran.

El estudio de la lotería también es relevante porque ha encontrado efectos a largo plazo. Las personas que ganaron la lotería siguen declarándose más satisfechos con sus vidas cuando se les pregunta pasados 10 o 15 años. La felicidad del premio no es un fenómeno pasajero, sino que afecta al juicio que hacen de su propia vida una década después, cuando quizás ni recuerdan aquella inyección de dinero. Este descubrimiento debilita una teoría popular últimamente, la “adaptación hedónica”, cuyo argumento es que las personas adaptan sus aspiraciones después de una desgracia (como enviudar) o un golpe de suerte (como ganar lotería) para regresar rápidamente a su nivel de felicidad “normal”. Llevada al extremo esta teoría es una condena, porque cada uno de nosotros tendría un nivel de felicidad predeterminado por naturaleza. Sin embargo, este estudio de la lotería, como el de los inmigrantes canadienses, demuestra que esa visión extrema es una exageración. Como parece lógico, nuestras circunstancias sí influyen en nuestra satisfacción a largo plazo.

La realidad es compleja

Estamos respondiendo una pregunta complicada con aparente sencillez: «el dinero sí nos hace felices». Pero la realidad es, como ocurre siempre, un poco más compleja. Los ganadores de la lotería estaban más satisfechos con su vida, pero hay otras formas de sentirse feliz y en ellas los premiados no se distinguían tanto del resto de la gente.

Los expertos que estudian el bienestar subjetivo suelen medirlo con dos dimensiones diferentes: distinguen entre bienestar valorativo y bienestar emocional o experimentado. Una cosa es sentirte feliz y satisfecho cuando juzgas tu vida, y otra, experimentar a lo largo del día más momentos felices. Lo primero es un juicio racional fruto de pensar sobre tu vida, mientras que lo segundo es una sucesión de emociones y estados de ánimo positivos (alegría, calma, risa) o negativos (tristeza, ansiedad, estrés o depresión). Esta distinción la popularizó el premio Nobel Daniel Kahneman, en su libro Pensar rápido, pensar despacio (Debate).

Pues bien, la lotería aumentó la felicidad valorativa de los premiados suecos, pero no está claro que hiciese lo mismo con su felicidad emocional. Los ganadores solo se declaran un poco más contentos, y cuando se les pregunta por sus experiencias recientes, recuerdan casi tantos momentos de ansiedad, depresión o tristeza como los no ganadores. Cesarini no descarta que la lotería tenga un efecto ahí también, pero su estudio no es concluyente: “El efecto estimado sobre la felicidad [emocional] es positivo pero más pequeño —nos explica—. No podemos descartar que sea nulo”.

El consenso científico apunta algo parecido. El dinero está asociado más fuertemente con el bienestar valorativo que con las emociones positivas o negativas, como explica un artículo de revisión publicado recientemente en Nature Human Behaviour. Además, el poder del dinero tiende a extinguirse pasados ciertos umbrales. La riqueza se asocia con las dos formas de felicidad —la evaluada y la emocional—, pero la intensidad de esa asociación es decreciente: el dinero nos hace felices cuando tenemos poco, pero cada euro adicional nos aporta menos que el anterior. La satisfacción con la vida alcanza un máximo alrededor de los 80.000 euros de renta anual, mientras que el bienestar emocional deja de crecer entre los 50.000 y los 65.000 euros.

Este resultado lo observaron primero Kahneman y Angus Deaton en 2010 —cuando todavía sumaban solo un premio Nobel— en un trabajo que publicó PNAS. Resumieron su hallazgo con el estilo claro y directo del psicólogo israelí: “Concluimos que una renta alta compra satisfacción con la vida pero no felicidad, y que una renta baja está asociada tanto con una baja evaluación vital como con un bajo bienestar emocional”.

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