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Giro (retórico) en Bruselas

La Comisión da más tiempo a varios países, pero impone una larga lista de reformas

El pasado contiene veneno. El pasado reciente de España habla de una década y media de burbuja, a la que han seguido cinco años de ajuste, de momento. El pasado de Europa habla también de excesos en el sistema financiero, de burbujas en varios países, y últimamente de una cura de caballo tras la Gran Recesión que ha llevado a todo el continente a nuevas caídas del PIB. Bruselas decretó con toda la fanfarria un giro en su estrategia: menos austeridad, más reformas, ese es el nuevo mantra. Se trata, básicamente, de palabras: hay un cambio de retórica, pero lo más sustancioso que puede decirse de ese cambio es que Europa prepara un plan de empleo juvenil de 6.000 millones para siete años y 27 países, y que la Comisión Europea va a dar más tiempo a varias capitales (dos años a España y Francia, un año a Portugal y Holanda) a cambio de pisar el acelerador de las reformas. Algunas reformas, por cierto, van en la misma línea: en España, por ejemplo, Bruselas quiere una reforma de pensiones (la segunda en muy poco tiempo) que bajo el complicado paraguas del factor de actualización (el método de cálculo de las pensiones) supondrá una bajada inmediata, quizá para 2014, de las prestaciones por jubilación.

El presidente de la Comisión, José Manuel Durão Barroso, explicó hace unas semanas que la austeridad ha traspasado ciertos límites. Uno de los economistas del equipo de Olli Rehn, Martin Verway, asegura en la misma línea en el Financial Times que “lo que puede lograrse con la austeridad tiene un límite”. De ahí el cambio de tono con los déficits: Bruselas concede que quizá se ha pasado de frenada y ha dejado de mirar con lupa las cifras nominales (que son de órdago: el déficit español superó el listón del 10% del PIB el año pasado a pesar de los recortes) y se centra ahora en los estructurales: no cuenta ni el dinero público gastado en salvar bancos (unos 30.000 millones solo el año pasado), ni el agujero directamente achacable a la recesión. Además, la Comisión prepara cambios adicionales en la cocina de las cifras, de manera que no se contabilicen algunas inversiones productivas en el déficit: no hay espacio para el estímulo, ni ningún tipo de medida en el tintero que pueda tener verdadero impacto sobre los datos reales, pero sí un poco de alquimia para ayudar a sobrellevar la travesía del desierto: al menos cinco años más de ajustes, si hay que creer el vaticinio de la mujer más poderosa de Europa, Angela Merkel.

No puede haber un giro radical con las políticas económicas constreñidas por una cuádruple camisa de fuerza: el Two Pack, el Six Pack, el Fiscal Compact y el Pacto de Estabilidad aprobados por los Veintisiete, a lo que se suman las limitaciones constitucionales contra el déficit acordadas en varios países. Pero al menos sí hay un cambio de lenguaje, que se sustancia en varias medidas y que podría reforzarse en función de los resultados de las elecciones alemanas de septiembre, decisivas para el futuro inmediato de Europa más que ningún informe con ese lenguaje imposible de Bruselas. Esta es una guía apresurada de lo que puede esperarse de las recomendaciones especificas de la Comisión para los Veintisiete (aunque no las habrá en el caso de los países rescatados: Grecia, Portugal, Irlanda y Chipre).

Más tiempo para el déficit. España y Francia obtienen dos años más. También Holanda, que a pesar de ser uno de los adalides de la política de austeridad se enfrenta a una recesión peligrosa y ha decidido retrasar algunos ajustes (como la reforma laboral) al menos hasta el otoño. Se especula con la posibilidad de que la Comisión multe a Bélgica, cuyo Gobierno está ya tan cerca de las próximas elecciones que no ha cumplido con sus objetivos, en parte por el rescate a Dexia, uno de los grandes bancos del país.

Rajoy y Hollande.
Rajoy y Hollande. EFE

Más reformas: larga lista de deberes para España. España y Francia, a cambio de esos dos años adicionales, son los dos países más señalados en ese ámbito. París lleva varios meses prometiendo que va a hacer reformas, y pese a eso Bruselas (y Berlín) ya han lanzado duras advertencias sobre la necesidad de ajustes, que cogen a François Hollande con el pie cambiado: pésimas cifras de aprobación en las encuestas y un electorado con ganas de hacer ruido si, como parece, el Gobierno socialista empieza a tocar el meollo del Estado del Bienestar, con una reforma de pensiones. Francia es tal vez lo que más preocupa en Bruselas y Berlín. Inmediatamente después, España: una parte de la Comisión, y sobre todo las grandes capitales europeas y el BCE, están muy molestos con el Gobierno de Mariano Rajoy por las promesas incumplidas. Tanto que se ha llegado a especular con la apertura de un expediente sancionador por desequilibrios macroeconómicos excesivos. Según media docena de fuentes consultadas, finalmente no se abrirá expediente, pero sí hay un serio aviso (uno más) y una larga lista de deberes, acompañado de mayor vigilancia. Rajoy tiene que reformar las pensiones. Tiene que poner en marcha en dos semanas la autoridad fiscal independiente. Tiene que poner en marcha la mil veces prometida reforma de las Administraciones Públicas. Tiene que presentar una evaluación de la reforma laboral, que comportará alguna vuelta de tuerca si, como es previsible, ese examen certifica que la reforma no ha cumplido con algunos de los objetivos. Y sobre todo Bruselas ha perdido la paciencia con las reformas de mercado: liberalización de servicios, mercado único, profesiones reguladas, esa ley de emprendedores que nunca llega.

España hizo en torno a 70 promesas a Bruselas, con calendarios precisos, con todo lo necesario. Ha cumplido en torno a 40. El Gobierno pone el énfasis en que se ha hecho mucho: lo principal es la reforma laboral y la de pensiones, a diferencia de otros muchos países, cuya hoja de servicios es peor. Bruselas pone el énfasis justo en el otro lado: lo que no se ha hecho. En medio de esas dos visiones hay 6,2 millones de parados, casi dos años ininterrumpidos de recesión (y lo que te rondaré) y escasísimos datos que apunten al optimismo, más allá de una balanza comercial que solo mejora por el hundimiento de la demanda. En el capítulo de recomendaciones para España hay una parte positiva: la reforma financiera española es un modelo para Bruselas. Pero incluso ahí hay grandes sombras: los bancos no prestan, y Berlín tiene dudas acerca de que España vaya a necesitar más dinero público para sus bancos. “Si la recesión sigue por este camino, eso es muy probable”, explica una fuente en Bruselas. Incluso hay ya números encima de la mesa: hacen falta 10.000 millones más en provisiones, que se traducirían en unas necesidades de capital de 2.000 millones, según fuentes del Gobierno. Las mismas fuentes descartan que España vaya a acudir al rescate europeo no utilizado: el granero del FROB está lleno (en torno a 11.000 millones) y el Tesoro puede acudir a los mercados.

Bruselas estima que el déficit de este año será del 6,5% del PIB (frente al 6,3% del Gobierno, más ambicioso en ese capítulo y por ende más duro con el margen para las comunidades autónomas) y en torno al 7% el año próximo si no hay medidas de ajuste adicionales. Que las habrá.

José Manuel Durão Barroso y Herman Van Rompuy.
José Manuel Durão Barroso y Herman Van Rompuy. EFE

Eslovenia y los desequilibrios graves. Junto con España, solo Eslovenia se enfrenta a la posibilidad de la apertura de un expediente sancionador. Y como España, Eslovenia se ha esforzado durante las últimas semanas en presentar una agenda reformista ambiciosa para evitar ese expediente, que podría ser un empujoncito más hacia alguna de las modalidades de rescate europeo. Bruselas cree que Eslovenia necesita un rescate; el nuevo Gobierno prometió a sus electores que no habría salvavidas europeo (con las condiciones asociadas de la troika) El problema de Eslovenia es un sector público empresarial con graves dificultades, que está arrastrando a su sistema bancario. No es probable el expediente. Pero una vez más como en el caso de España, sí habrá un mensaje duro por parte de la Comisión hacia Liubiana. “El miedo es que con Eslovenia pase como en Chipre: que pese a que todo el mundo sepa que necesita un rescate, se vaya retrasando por razones políticas y la situación vaya empeorando lentamente”, advierte una fuente europea. En las próximas semanas puede haber alguna sorpresa: el Two Pack, que acaba de entrar en vigor tras la aprobación en el Europarlamento, da a la Comisión la posibilidad de “invitar” a Liubiana a pedir un salvavidas.

Algo positivo, por favor. El vicepresidente Antonio Tajani ha dado esta mañana la primera noticia positiva del día: Italia sale del procedimiento de déficit excesivo. El nuevo Gobierno de Enrico Letta quiere eliminar varias subidas de impuestos aprobadas por el anterior Ejecutivo, del tecnócrata Mario Monti. Al salir del procedimiento de déficit excesivo, Roma tal vez pueda acometer estímulos que están vetados para los países con déficits.

Alemania. A Bruselas le preocupan los déficits; nuca ha mostrado el menor grado de preocupación por los superávits. Hace un año, lo máximo que hizo fue recomendar, con la boca pequeña, reformas en el sector servicios y la posibilidad de dejar subir los salarios para facilitar así el ajuste en el Sur. Los sueldos están subiendo. Lo que no se ve por ningún lado es la posibilidad de que Berlín se embarque en algún tipo de estímulo: su inversión pública está en torno al 1% del PIB, inferior incluso a la española. En plena precampaña electoral, Berlín ha combatido el aluvión de críticas del Sur de Europa anunciando a bombo y platillo un plan de empleo europeo que está aprobado desde hace meses: 6.000 millones para 27 países y en siete años (España gasta cinco veces más en un solo año en el pago de subsidios de desempleo). El presidente Rajoy puso ayer el dedo en la llaga en París al afirmar que Europa “es la única región del mundo que no crece tras seis meses en recesión, y es natural que la gente se pregunte qué ha ido mal”. Madrid señala desde hace tiempo a Berlín y Fráncfort: no hay estímulos en los países que pueden permitírselo, y el BCE tampoco ayuda con una política monetaria que ha perdido tracción en el sur y un Mario Draghi que no puede apretar el acelerador si no quiere un enfrentamiento con Alemania en año electoral. Europa, en fin, ha cambiado de retórica. Pero en realidad está petrificada a la espera de las elecciones legislativas alemanas del próximo otoño. Berlín hace lo justo para que no suceda un accidente, pero Merkel no quiere ni oír hablar de las políticas que podrían empezar a cambiar las cosas, al menos hasta después de los comicios. Y veremos si tampoco después.

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