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OPINIÓN

Un segundo rescate en nueve meses: el ajuste sin fin

El problema a estas alturas es la ausencia de salidas desde una política impuesta y equivocada

Cuando nos disponemos a entrar en el quinto año de crisis económica y financiera, una crisis convalidada e intensificada tras la quiebra de Leman Brothers en septiembre de 2008, es difícil huir de la tentación a la hora de calificar de decisivos los momentos que hoy viven España y el conjunto de Europa.

La crisis se adueñó de ambas en un tiempo en que —ahora sabemos que solo aparentemente— habían atravesado una extraordinaria evolución económica.

El espejismo para España se derivaba del contraste entre el nivel de desempleo más bajo en 30 años —incluso en presencia de un fortísimo nivel de emigración que se había intensificado tras la salida de la anterior crisis a mediados de la década de los noventa del siglo pasado— y la constatación de que buena parte del empleo creado en el periodo entre 1994 y 2008 era producto de un crecimiento absolutamente insostenible en la construcción que arrastraba una parte no despreciable del empleo creado en las ramas de la industria y los servicios vinculados a la actividad inmobiliaria. Un crecimiento financiado por la banca europea en la que los países centrales —Alemania y Francia de manera especial— ostentaban el papel protagonista.

Y mientras tanto, Europa vivía la ilusión de la supervivencia exitosa del euro en pleno auge económico: una moneda que había nacido sin Estado, sin un Tesoro único, sin política fiscal ni única ni adecuadamente coordinada. Una zona monetaria con un sistema financiero muy fragmentado, sin apenas vínculos institucionales comunes y con un solo Banco Central, sí, pero un banco fuertemente restringido en la capacidad de acción de su política monetaria y financiera.

En este contexto será imposible mantener el nivel de apoyo social que el euro necesita

Por supuesto, la crisis se ha llevado por delante esta suerte de estrabismo colectivo en España y en Europa. Ni era posible sostener a plazo una economía como la española, cuyo crecimiento se basaba en el auge inmobiliario, con un sector de la construcción que llegó a superar en tamaño al de países que nos duplican en población y nos triplican en PIB, como Alemania, y con una parte significativa de su sistema financiero afectado por una aventura de consecuencias letales. Ni tampoco puede mantenerse en pie una moneda única con los defectos en su diseño antes descritos. Unos defectos que habían permanecido borrosos en medio de la fase de crecimiento en que se desarrolló su etapa inicial.

Entre los desequilibrios económicos —más allá de la casi esotérica situación que todavía presenta la principal economía de la zona euro, Alemania, que en medio de la crisis más intensa padecida por el continente desde la Gran Depresión y la II Guerra Mundial presenta un excedente comercial mayor que el de China y un práctico superávit en sus cuentas públicas con los datos conocidos de 2012—, el acontecimiento más llamativo es la fragmentación financiera europea, con Alemania y, más recientemente, Francia financiándose a tasas de interés real negativas a cualquier plazo.

Pero además, las inconsistencias de la política monetaria y financiera europea están afectando gravemente a una buena parte de sus economías, llevándonos a la paradójica situación de que países ajenos al euro, con fundamentos económicos o niveles de endeudamiento muy similares, cuando no francamente peores, se financian a tipos más bajos que los que comparten la moneda única. Polonia, República Checa, e incluso Hungría hasta hace unas semanas, se financian a tipos más bajos que España o Italia (y por supuesto ostensiblemente menores que Portugal, Irlanda, Chipre, Grecia o Malta).

En el norte y en el sur, los ciudadanos europeos se manifiestan de manera cada vez más divergente respecto de la forma que se plantea la estrategia de salida de la crisis de la eurozona. Los del norte porque una política ciega y malinformada insiste en la imposibilidad de seguir financiando una solidaridad con los menos desarrollados (pese a ser sus entidades financieras las que han financiado, entre otras cosas, la locura inmobiliaria en Irlanda o España) o consideran inconveniente cualquier actuación activa o expansiva de la política monetaria del BCE, por una mal entendida aversión a la inflación cuando Europa vive los peores momentos en el último siglo si se excluyen las guerras mundiales.

Y los del sur por lo que consideramos el fracasado empeño en mantener una política que ha tenido en la austeridad a toda costa o, dicho de otra forma, en el ajuste sin fin su casi única bandera, que primero condenará a la insolvencia a media Europa y después acabará con lo que quede de la unión monetaria. Una estrategia que no ha obtenido, y que sigue sin ganar, el respaldo suficiente de la política monetaria —al menos en su versión más obtusa y anticuada, como la que mantiene el Bundesbank— para contar con el tiempo necesario a la hora de hacer social y políticamente viable la estrategia de reformas y de reducción del endeudamiento acumulado antes y durante la crisis.

Todo esto podría superarse si los ciudadanos europeos, en el norte y en el sur, visualizaran una ruta de salida razonable y consistente. El problema a estas alturas no es solo el nivel de esfuerzo y sacrificio social exigido o las demandas de un reparto justo de los costes de la crisis (esa suerte de integración solidaria que recientemente planteaba el ministro de Economía francés), sino la ausencia de salidas desde una política impuesta y profundamente equivocada.

Si tras más de dos años de aplicación de una política de rigor y ajuste, lo que le espera a buena parte de Europa es una etapa aún más larga de sufrimiento para la mayoría sus ciudadanos; si lo que se contempla es que no hay tampoco grandes mejoras —en realidad, ni grandes ni pequeñas— en las economías de los países rescatados: si no hay una auténtica unión bancaria y es prácticamente imposible cualquier forma de mutualización de la deuda soberana; si hasta la intervención del Banco Central Europeo para garantizar la estabilidad financiera —algo que forma parte de su mandato, como bien resaltó su presidente Mario Draghi hace unas semanas— exige una nueva forma de acuerdo de rescate como la que se quiere aplicar a España y, seguramente, a Italia, entonces no habrá salida.

En este contexto será imposible mantener el nivel de apoyo social que el euro, dadas sus características, necesita incluso en mucha mayor medida que cualquier moneda. De ahí que sea más urgente para Europa el cambio en la estrategia seguida a lo largo de los últimos años que lo que para España pueda ser un hipotético rescate, esta vez sí, global para el conjunto de su economía.

Ahora ya sabemos que, seguramente mucho más que la herencia recibida, han sido los inmensos errores de este Gobierno los que nos han conducido a esta situación dramática. Pero a estas alturas esto nunca puede ser un consuelo. No tiene sentido continuar este camino erróneo que se nos impone. Podemos pedir el rescate. Pagar el precio. Pero también podríamos continuar secuestrados en medio de la recesión y el sufrimiento.

Valeriano Gómez es portavoz de Economía del Grupo Parlamentario Socialista en el Congreso de los Diputados.