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Reportaje:

La emoción del arquitecto incómodo

Pionero de la defensa de lo verde y sostenible, el argentino Emilio Ambasz expone su obra en el Reina Sofía - La muestra se ocupa también de su producción artística

Arquitecto, diseñador, grafista y comisario del MoMA, Emilio Ambasz (Resistencia, Argentina, 1943) eligió la vía de la arquitectura verde "cuando era como ladrar a la luna". No pudo evitar que su obra, que a partir del viernes se expone en el Museo Reina Sofía de Madrid, le saliera surrealista, escenográfica, aunque algunos de sus proyectos hayan sido finalmente construidos. El arquitecto, que montó su primera muestra en Buenos Aires con 15 años -"por amistad con el hijo del alcalde"- recorrió la enorme distancia física y mental entre la ciudad interior argentina donde nació y la Universidad de Princeton (EE UU), donde se saltó los estudios de licenciatura para graduarse en dos años como arquitecto. Ambasz guardaba un as en la manga: desde los 15 años trabajó con el arquitecto argentino más reconocido de todos los tiempos: Amancio Williams. "Me pasé al turno de noche en el instituto para hacerlo". Tras ese arranque trepidante, el equilibrio inestable -con un pie en la sostenibilidad y el otro en el arte- marcaría su obra.

"Si mi trabajo fuera comercial habría construido más edificios"

"Los jardines verticales van contra la naturaleza, son para mirar"

Es un arquitecto incómodo. En su propia monografía, publicada por Electa, Terence Riley, que como él es excomisario de la sección de arquitectura del MoMA, describe sus edificios como "obras potencialmente controvertidas" y habla de la "tensión entre las finalidades artísticas y los objetivos comerciales". En el mismo libro, el diseñador del pop italiano Alessandro Mendini lo tacha de "personaje de tonos bíblicos". Él no fomenta esa disputa, se ha acostumbrado al rechazo. "Cuando empecé no cabía dentro del canon de los arquitectos tradicionales". Ambasz buscaba establecer una reconciliación entre la arquitectura y la naturaleza. "Una arquitectura que devolviese a la comunidad el terreno que el edificio le roba. Pretendo que soy el precursor de la arquitectura así llamada verde, una arquitectura fuera de la academia y de la práctica de la profesión".

Sus padres no tenían medios para pagarle los estudios. De modo que su ascenso ha sido una aventura personal. Cuenta que con la ampliación de la beca que le permitió estudiar en Princeton pudo viajar a París. "Y alojarme en el Ritz", recuerda. El dinero también le dio para hacerse "un traje en un sastrecito menudo, que nadie conocía entonces, con un pequeño negocio en la Avenue de Montaigne: Pierre Cardin". Lo cuenta en una suite de otro Ritz, el de Madrid, donde se aloja. Asegura que hay tres tipos de arquitectos: el comercial, el profesional y el artista. Él suma por lo menos dos, pero solo reconoce al artista: "Si fuera comercial habría construido más". Y aunque a un artista no se le encarga un hospital como el de Mestre, en Italia, que terminó hace tres años, zanja que "el cliente puede pensar que contrata a un arquitecto, pero contrató a un artista".

¿Cómo reivindicar el verde sin que parezca una moda oportunista? "Cuando empecé no era una moda. En Japón el terreno cuesta 15 veces más que el edificio así que devolver terreno tiene lógica. En el hospital les gustó que el paciente llegara y se encontrara con flores. Era participar en el proceso de curación". Ambasz explica que construye sobre el nivel cero y que luego una máquina "cobija la arquitectura con tierra y vegetación". Así, algunos de sus proyectos visten ese manto verde casi como un disfraz. El Centro Internacional de Fukuoka (Japón) está bañado por una cascada vegetal. La Banca dell' Occhio, en Mestre, parece en cambio encerrada en un cofre verde. El resultado es una arquitectura escenográfica en la que parte de la fuerza de la propuesta se pierde en su materialización. Con todo, dice que no le interesan los jardines verticales, tan de moda. "Están en contra la naturaleza, representan la tradición francesa del jardín para mirar". Asegura tener hijos, nietos y "bastarditos" que pretenden hacer edificios que conmueven el corazón. ¿Lo logran? "No creo", responde.

¿Sus edificios sí conmueven? "Así pretendo". Cree haberlo conseguido con la Casa de Retiro Espiritual, levantada 40 kilómetros al norte de Sevilla y ciertamente singular. La casa tiene una gran pantalla-máscara de 19 metros de altura que la separa de un lago artificial. Eso sí, se puede usar una escalera de alto riesgo para acceder a las vistas que la propia fachada tapa. "Ciertamente se ve sin subir al mirador, pero ascender es una experiencia única porque del corremanos excavado en la pared brota el agua. Llegar arriba es "llegar al silencio líquido", cuenta. Ese simbolismo convenció al MoMA de Nueva York, que hace un lustro le dedicó una exposición monográfica a la casa. "Es una obra de arte", dice Ambasz excusándose por la arrogancia. ¿Qué la convierte en arte? "Cuando la visitó el director del departamento hizo un discurso del que tuve que salir porque me resultaba incómodo escucharlo".

Del 70 al 76 Ambasz fue comisario de arquitectura en ese mismo museo. Asegura que quería el respaldo de la institución para crear un nuevo tipo de universidad que se preocupase por "gestionar este jardín artificial que estamos creando para reconciliarlo con el jardín donado". A pesar de esa preocupación por el paisaje, su muestra más memorable abordaba el interior: Italy, the New Domestic Landscape y encendió la luz sobre la gran industria que hoy es el diseño italiano. ¿Considera que la arquitectura que llega a los museos es la mejor, la más espectacular o la mejor conectada? "Todo eso. Philip Johnson estaba en el MoMA porque era hábil, inteligente, erudito y patrono. Llegó obra de Louis Kahn, un gran artista, y cuando el MoMA hizo una exposición de arquitectura española era simplemente porque había una gran presión desde el ministerio de cultura español con dinero para que eso se hiciera".

La casa sevillana no es la única que ha expuesto en un museo. Su trayectoria está plagada de muestras en trienales y en galerías de medio mundo. "Soy coqueto, como decía Juliette Greco, ¿de acuerdo?", comenta para explicar esa ubicuidad. "Será que represento una manera de ver la arquitectura que es bastante única. En el museo solo debe haber obras de arte. En arquitectura el que inventa crea un prototipo. Con el tiempo, cuando la simbología pasa a ser entendida, se convierte en un tipo, una tipología. Y luego llegan los arquitectos comerciales, que lo convierten en un estereotipo. El arquitecto artista es el del prototipo y, en mi rancia opinión, solo esos merecen entrar en el museo".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 1 de diciembre de 2011