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Entrevista:JORGE SEMPRÚN | 2010 | UN REFERENTE EUROPEO

"Lo único que he traicionado es a mí mismo"

Seis meses antes de fallecer, Jorge Semprún nos regaló esta entrevista. Se sinceraba como nunca y repasaba sus más íntimas heridas: desde las torturas y su paso por un campo de concentración hasta sus tensas relaciones con el Partido Comunista.

Es tan serio Jorge Semprún, tan circunspecto, que cuando lanza una carcajada te dan ganas de agradecérselo. Hace casi un año fuimos a hablar con él de Europa, un asunto que le resulta capital, en su apartamento de dos pisos cerca de la torre Eiffel. En un momento determinado se dispuso a salir para almorzar y fue a su cuarto a ponerse una chaqueta; cuando volvió, se inclinó sobre la silla más vieja de su sala de estar y de su mirada se desprendió una señal de insoportable dolor. "No puedo, no puedo". No hacía falta que lo dijera. Aquel hombre elegante y fuerte que burló a la policía de Franco cuando él era Federico Sánchez, comunista clandestino en Madrid, está ahora azotado por una osamenta que denuncia la edad, 87 años recién cumplidos, y que certifica el resultado de todas sus correrías, que comenzaron cuando era un chiquillo preso y torturado por los nazis en Francia. Luego vendría el campo de concentración en Buchenwald.

La Gestapo lo sometió a 'la bañera', método de tortura que anda en sus pesadillas y del que nunca ha escrito

"Gran parte de mi vida ha consistido en dejar de ser buen comunista para ser buen demócrata"

Ahora, los huesos son parte de las pesadillas. Esta vez lo hemos visto de nuevo en ese apartamento, vestido con una elegante camiseta marrón, se acababa de cortar el pelo, ese cabello blanco que es distintivo también de su personalidad, como sus ojos serios, a veces secos, escrutadores. (...).

Entre los objetos que nos rodean y que Millás busca perpetuar con su cámara está aquella silla en la que Semprún descansó de su dolor hace un año; ahora ya, la mueca va con él; quisieron operarle, pero no fue posible porque hubo otras complicaciones. El dolor está, pero Semprún es también privado en eso. ¿De qué vamos a hablar? Directo, al grano. Él fue preso, clandestino, dirigente comunista, e incluso, ministro socialista de España: está acostumbrado a decidir, a no perder el tiempo. Hablemos de memoria, pues. (...) ¿Cómo se puede escribir memoria siendo tan reservado?

Es una contradicción aparente, me dice. "Si te fijas, mis memorias son un poco victorianas. No hay nada íntimo, prácticamente. Son tan poco íntimas, que no hablo jamás de Colette [su esposa, recientemente fallecida], por ejemplo, y he pasado 55 años con ella de compañerismo y matrimonio. La mayor parte de mi vida. Y jamás he dicho nada de ella".

(...) Ochenta y siete años y una biografía de más de 400 páginas sobre la mesa, y muchos libros suyos (memoria, persecución y clandestinidad) en las estanterías. (...)

Hay un episodio de la vida de Semprún, cuando fue torturado por la Gestapo, que se cuenta en esta biografía de manera muy detallada. Él nunca aludió a ello. Ahora le gustaría contarlo, "pero de otro modo". (...)

La Gestapo lo sometió a la bañera, un método de tortura que aún anda en sus pesadillas y de lo que nunca ha escrito. "Es una experiencia terrible que durante años me impidió ir a piscinas donde fueran jóvenes amigos de las bromas, de las aguadillas... Esas bromas a mí me volvían literalmente loco. Una vez estaba yo en la piscina que Yves Montand y Simone Signoret tenían en Normandía; me lancé a la piscina, una de los jóvenes que había allí hizo esa broma y nadie entendió que yo respondiera con aquel furor. La única que lo entendió fue Simone Signoret. Ella estaba en una tumbona al lado de la piscina, vio la escena y solo horas después, ya en el salón, me dijo: 'Esa reacción tan brutal que has tenido en la piscina, ¿tiene algo que ver con la bañera de la Gestapo?'. Ella conocía muy bien las historias de la Resistencia, porque tenía muchos amigos que habían sido detenidos y torturados por la Gestapo. Y lo adivinó. Antes de la entrevista con Augstein, probablemente esa fue la única vez que hablé con cierto detalle de la experiencia de la bañera".

(...) "Me mentalicé: tenía que resistir, no debía hablar". Decidió contarles un cuento a los policías: "Un cuento que no pusiera en peligro a ninguno de los compañeros del grupo de la Resistencia. Una novelita rosa que esos días era posible leer en la propia prensa de los colaboracionistas: yo era el pobre estudiante que no tenía dinero, que oye una conversación y que es encargado de llevar unas maletas cuyo contenido desconoce. Cree que está metido en el mercado negro y un día descubre que en realidad está metido en el transporte de armas, que no puede dejar porque lo amenazan de muerte".

No lo contó de buenas a primeras; no le hubieran creído, demasiado preparado. "Pero si lo contaba en el momento que parezco derrumbarme, entonces me creerían. Así que aguanté días de interrogatorio, palizas, jornadas enteras en la bañera, un día me metían vestido, otros, en calzoncillos. No sé por qué aquel día me metieron vestido... Y ese día, sofocado, mientras me gritaban, me insultaban y me metían una y otra vez en aquella tortura, me dije: Es el momento". (...)

Hay un episodio escalofriante en la vida del campo de concentración que se pone de manifiesto en la biografía que ahora nos ha llevado a hablar con Semprún: cuando en Buchenwald se producían listas de prisioneros que debían ser trasladados, y Semprún estaba al cargo de las listas. "Yo quitaba de las listas. Y quisiera precisar, dar mi versión. Es una discusión eterna que a la gente le cuesta comprender... Había una posibilidad de quitar prisioneros de las listas de los que habrían de ser desplazados. La posibilidad venía a través de una relación clandestina con la Resistencia. Aquel era un campo comunista; había sido construido en 1937 para reeducar a los alemanes adversarios políticos del régimen, y allí estaban concentrados los presos políticos alemanes, primero, para construirlo, y luego, para administrarlo".

A Semprún le perturba que ahora vuelva a decirse que él elegía a unos o a otros. "No, no. Elegías a los que salvabas. Luego, la puta casualidad o la puta mala suerte hacen que en esa lista vaya gente, pero tú no los has elegido. Positivamente, elegías a los que salvabas. No mandabas en los que iban... Es difícil entender la complejidad del asunto, lo comprendo... Pero mira lo que decía el filósofo católico Jacques Maritain... Decía, en su libro Los hombres y el Estado, que hay momentos en la vida en los que no se puede aplicar la moral habitual, en los que hay que inventar una moral de excepción. Y da el ejemplo de los campos de concentración y, en concreto, del campo de Buchenwald".

EugenKogon, democristiano que estudió también esa moral en Buchenwald, también señalaba, cuenta Semprún, "cómo cosas que en la vida normal son malas o criticables pueden convertirse en justas y válidas en la vida de los campos. Da el ejemplo de acabar con los confidentes, cosas así, que son brutales. Y es un pensador católico quien lo dice. A veces se dice que tuvimos la posibilidad de elegir a los que iban en las listas. No. Podíamos limitar algo el efecto de la orden sobre los que tenían que ser deportados. Y se acabó. No había más poder".

Se siente extraño Semprún siendo objeto de una biografía. "Es mi vida. Pero no soy yo. No sé cómo decirte".

Hay una palabra tremenda en el título, Traición (Lealtad y traición). Semprún no sabe muy bien si esa expresión tan terrible tiene que ver con lo que sucedió entre el Partido Comunista Francés (PCF) y Marguerite Duras, expulsada de la organización. Según se deduce, durante años se mantuvo que fue un informe de Semprún el que la condujo a esa tiniebla. Él no lo cree, por tanto, no siente que la palabra traición vaya con él en este caso. "Hubo una expulsión de Duras y su entorno; se quejaron, escribieron cartas pidiendo que se anulara la expulsión. Como yo era muy amigo de ellos, me encontré metido en este asunto sin saberlo".

Ellos, Duras y Semprún, reconstruyeron la relación, pero ahí está la sombra. Robert Antelme, compañero de Duras, aseguró que Semprún estuvo presente en la reunión en la que se decidió la expulsión. "Pero que yo no dije una palabra... ¡Eso es imposible en las prácticas comunistas! Si yo estoy en una reunión en la que va a haber estas expulsiones y soy, como ellos dicen, uno de los acusadores, me obligan a hablar. Es la vieja táctica leninista. Sin embargo, Antelme dice: 'Estaba, pero no habló, lo vi allí silencioso'. ¡Tan silencioso que no estaba!".

El episodio le llevó finalmente a abandonar el PCF y a concentrarse en el Partido Comunista de España. "Lo que yo reprocho", dice ahora Jorge Semprún, que de vez en cuando suelta tacos bien españoles, "y diría que es una cabronada, es que se haya utilizado ese asunto solo unilateralmente. Lo que yo pretendo es que se vea que el documento de Antelme, en el que se me acusa, es un documento típicamente estalinista en el que él se cubre de inocencia, como en otros documentos estalinistas a otros se les cubría de culpabilidad...".

Se convirtió, dice, "en el chivo expiatorio". "Quizá fui imprudente; cuando comenzó todo tenía que haber cortado por lo sano. En todo caso, eso aceleró mi disgusto, mi náusea, y mi disposición a ir a España clandestinamente".

-¿Siente usted ahora que traición es una palabra para definir lo que hizo? (...)

-Creo que gran parte de mi vida ha consistido en destruir todo eso. No en traicionarlo, sino en destruirlo, en el sentido de dejar de ser buen comunista para ser buen demócrata. De ahí mi interés por Europa, porque es una de las cosas que me han ayudado a distanciarme del comunismo y del leninismo y a comprender las virtudes de la razón democrática... Cuando has sido comunista de verdad durante 20 años, en cargos de responsabilidad, no es para presumir de haber estado en los salones con Louis Aragon. No, es otra cosa. Y abandonar eso para ser un demócrata radical, un anticapitalista radical, pero no comunista... ¿Traición? Cuando veo en el libro ese título, me digo: 'La lealtad ha desempeñado un papel, ¿pero la traición? Lo único que he traicionado es a mí mismo.

-¿Por qué?

-Cuando me critico como comunista traiciono mis ideales de juventud. No lo considero traición, lo considero una consecuencia de lo que yo pensaba de verdad, lo que de verdad quería. Nunca he querido el estalinismo; es algo que ha venido añadido, un valor, o un desvalor, añadido. Y lo he sido, he sido estalinista. Pero la palabra traición no la entiendo. (...)

-¿Se arrepiente de algo?

-¿Me arrepiento o reniego de haber sido militante del comunismo estalinista? No. Creo que en aquel momento había una justificación para ello. ¿Me arrepiento de no haber salido del PC en 1956, el año de los movimientos antiestalinistas populares antisoviéticos en Polonia y Hungría? No. Porque soy español; si hubiera sido francés, habría sido el momento de romper. Pero en España, cualesquiera que fueran los crímenes de Stalin, luchar con el Partido Comunista contra Franco valía la pena.

El último interrogante

Adiós. Semprún murió en su casa de París con 87 años, a los seis meses de la publicación del reportaje.

La mueca. Juan Cruz, su autor, recuerda aquella visita al escritor y superviviente de la barbarie: "El momento más dramático del último encuentro con Semprún fue cuando, hablando de la biografía que se acababa de publicar, él emplazó a Santiago Carrillo a decir de veras qué había sucedido en los años posteriores a la Guerra Mundial. Su cara terminó siendo como un interrogante dramático".

El Prado. El exministro apátrida, el preso 44.904 de Buchenwald, el escritor, el viejo comunista, recibió el homenaje más cercano en el Museo del Prado. Su último adiós contó con la presencia de Felipe González y Eduardo Arroyo, entre otros muchos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 27 de noviembre de 2011

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