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Reportaje:

Delacroix salda su deuda española

La sede madrileña de CaixaForum acoge la muestra más grande dedicada al pintor en medio siglo - Cuenta con la colaboración del Louvre y el Prado

Si hay un hilo, poderoso y visceral, que une a Goya con el arrebato impresionista, ese fue el que tejió Eugène Delacroix (Charenton-Saint-Maurice, 1798-París, 1863). Artista romántico de impredecible y agreste gusto por el color, visitó España en 1820. Y de aquel viaje, como se verá, una peripecia paradójica, volvió plenamente obsesionado con todas las gamas del negro de las que era capaz el genio aragonés. La influencia, decisiva, serviría a su propósito último: la búsqueda de la esencia de la pintura, la materia y la luz. Tales son las audaces conclusiones que se extraen de la antológica Delacroix. De la idea a la expresión, que hoy se abre al público en CaixaForum Madrid envuelta en el aroma del acontecimiento; es la muestra más grande dedicada al pintor en medio siglo y cuenta con la colaboración del Louvre y el Prado.

La exposición viajará a Barcelona enriquecida con obras de Goya

La pinacoteca parisiense aporta entre otras muchas joyas el óleo Mujeres de Argel en sus habitaciones, una de sus características piezas de inspiración historicista, obra que nunca había salido de las salas del museo. Y en febrero, cuando las 130 piezas de la exposición viajen a la sede barcelonesa de CaixaForum, lo harán enriquecidas por una selección de obras de Goya prestadas por el Prado. La excursión será también por tanto un estimulante viaje a los orígenes de un artista escasamente representado en las colecciones españolas.

Sébastien Allard, conservador jefe del Departamento de Pintura del Museo del Louvre, amén de comisario de la exposición, subrayaba ayer ufano que si bien "en Europa se le han dedicado a Delacroix numerosas exposiciones", la importancia de esta "solo es comparable a la del Louvre en 1963 con motivo del centenario de su muerte". "Con esta colaboración queremos saldar la deuda de Delacroix con España".

No parece asunto de poca importancia. Después de todo a Delacroix le costó deshacerse de los recuerdos de lo contemplado en el Prado. De ahí parte el proceloso viaje de su obra a través del color, que en ocasiones alcanza casi a esculpir. "Al final aguardan las pinturas que hablan de sí mismas, sin camuflarse tras un tema", explica Allard. Así sucede con Boceto de la caja de León con la que el artista reflexiona sobre la dificultad de fijar el momento exacto en el que un artista decide dar por terminada una obra. El lienzo deslumbró a Cézanne y está considerado como precursor de la técnica moderna.

Pero ese descubrimiento de la pintura en estado puro llegará después. Antes, la exposición se adentra con pasión cronológica en los hitos biográficos del pintor francés. Y su dedicación a la geografía humana se recoge en las tres versiones del retrato de Aspasia, una joven mulata de la que se sirvió para experimentar con la luz y el color.

El trabajo como litógrafo está presente en las 17 planchas que realizó para ilustrar el Fausto de Goethe, en un inevitable abrazo de resonancias románticas. Aunque su inspiración literaria más conocida fue la brindada por Lord Byron. De su mano, Delacroix tomó partido a favor de la independencia de Grecia del imperio otomano, como vienen a demostrar dos de sus obras maestras más conocidas: La masacre de Quíos (1824) y Grecia expirando sobre las ruinas de Missolonghi (1826).

A partir de ahí, Delacroix se debatió entre la decoración de edificios públicos, la eterna seducción del clasicismo, la reconfortante familiaridad de los temas mitológicos y religiosos y la serenidad de los paisajes. Todo ello, en una veloz fuga de sí mismo con destino al grado cero de la pintura que siempre ansió.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 19 de octubre de 2011